Populismo de derecha vs. de izquierda: ¿cerca del round final?

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Imagen: Flickr
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El año 2018 ha tenido y seguirá presentando un intenso calendario electoral, en el que las vertientes populistas, tanto de izquierda como de derecha, están en plena batalla por no ceder el poder. Más allá de establecer cuál es la mejor orientación, lo que realmente preocupa es el estancamiento derivado de una América Latina polarizada y sin visión de largo plazo ante la ausencia de las rentas provenientes de bienes primarios.

Latinoamérica decide. Este será, sin duda, el eslogan que defina los titulares de noticias en la región durante 2018. Buena parte de las economías más influyentes de América Latina y el Caribe elegirán nuevo presidente, en medio de una sensación de incertidumbre económica que no termina de desaparecer desde la crisis financiera y el reacomodamiento del mercado de bienes primarios.

A esto debemos añadirle un período 2015-2017 bastante marcado por los escándalos de corrupción y la consolidación de una transición hacia un nuevo ciclo de derecha, después que segmentos de izquierda tuvieran su oportunidad con el “socialismo del siglo XXI” como punta de lanza.

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Pero este cambio entre ideologías políticas está lejos de ser definitivo. De allí que los comicios estén para alquilar balcón. Si bien Mauricio Macri, al asumir la presidencia de Argentina desde finales de 2015, significó uno de los primeros golpes al colectivo de partidos de corte populista, el pulso entre un extremo y otro sigue siendo álgido en potencias como Brasil, Chile y la misma Venezuela. Polarizaciones no idénticas, pero sí muy similares entre fuerzas electorales poderosas se pueden observar en Colombia y México.

Además de Chile, que selló la elección de Sebastián Piñera como su nuevo presidente, el calendario electoral para este 2018, que involucra a Paraguay, México, Colombia, Costa Rica, Brasil y -posiblemente- Venezuela, además de parlamentarias en Perú, tendrá profundas implicaciones económicas para el próximo quinquenio.

Pero, como si esto fuera poco, a excepción de Venezuela, en todos los casos los mandatarios han llegado a su límite de reelecciones, por lo que se abre una nueva etapa con caras completamente nuevas.

Así pues, las razones que hacen de este calendario tan especial son de diversa índole, el contexto en el que se dan estas elecciones es interesante para el crecimiento de la región como un todo, y las oportunidades de expansión mancomunada a través de la cooperación y el comercio exterior.

Coherencia política: ¿una utopía para América Latina?

Con la polarización siempre vienen el descrédito y el interés por deslegitimar los esfuerzos de los predecesores, lo que suele ser nefasto para cualquier proyecto económico. No hay que hacer un doctorado en economía para darse cuenta de que, para construir las bases sólidas de un modelo de desarrollo sostenible, se requieren tiempo y, sobre todo, continuidad.

Es nefasto afirmar que la visión de un país se circunscribe al período de cuatro, seis u ocho años de un presidente; y si se habla de colectividades políticas, en las democracias de la región es muy complicado ver la hegemonía de un partido que vaya más allá de los 20 años, a los cuales posteriormente siempre vendrá otro período que intentará acomodar su nueva visión cortoplacista, como si el “borrón y cuenta nueva” fuera la panacea para los problemas de fondo de pobreza, desigualdad y falta de oportunidades que inundan la agenda de los jefes de Estado.

A esto último debe sumarse un fenómeno cada vez más marcado en la zona: el descrédito de los partidos y el boom de los candidatos que se hacen llamar independientes. De un tiempo para acá los presidentes elegidos en Latinoamérica, si bien son viejos zorros de la política y de línea conocida, han llegado al poder mediante movimientos populares recién creados, muchos de ellos reconocidos a través de la recolección de firmas o mecanismos de refrendación similares que los desliguen de partidos tradicionales.

Lejos de decir que los partidos en la práctica mantienen una coherencia ideológica y son un vehículo eficiente para la consecución de objetivos de muy largo plazo, no deja de ser interesante cómo estos proyectos pueden converger hacia derroteros personales. Tal vez sea sólo un ciclo: en ocasiones es evidente cómo después de la proliferación de partidos vienen las coaliciones con el ánimo de regresar a viejas premisas de derecha o de izquierda.

De cualquier modo, esto no resta importancia al hecho que, para el devenir económico de cualquier nación, el encadenamiento de esfuerzos entre cada mandato sea fundamental.

Ejemplos, tanto en marcos democráticos como autoritarios, abundan y son evidentes.

Por mencionar sólo un par de casos, en Europa y Asia los paradigmas observados en Alemania -que sólo ha conocido ocho cancilleres pertenecientes a dos partidos políticos en los casi 70 años de vida de la República Federal Alemana desde el fin de la II Guerra Mundial, llevando a los germanos de la ruina a un referente de poderío económico-, y China –en cuatro décadas pasó de la miseria absoluta a ser la segunda economía más grande del mundo bajo la batuta hegemónica del Partido Comunista Chino– hablan por sí solos.

Sin embargo, en las democracias latinoamericanas, donde la pobreza y la desigualdad son pan de cada día, mantener al electorado cohesionado resulta realmente complicado. Medidas eficaces, pero impopulares, son engavetadas ante la posibilidad de perder una reelección o que un competidor asuma el poder. A pesar de ello, en la mayoría de la zona el escenario preelecciones es casi calcado: presidentes que fueron posesionados con niveles de aprobación relativamente altos se retiran con el favoritismo por el suelo. Los mercados bursátiles y de divisas tienden a ser muy volátiles y el nerviosismo es latente.

Así, el terreno es muy fértil para la eclosión de oportunistas que en medio de crecimientos débiles y una población descontenta pueden pescar en río revuelto y llegar a instancias de poder que posteriormente podrían pasar factura a la infraestructura institucional de la democracia latinoamericana. En este tire y afloje, los partidos y los políticos usan estas condiciones a su favor para aferrarse, así sea momentáneamente, al poder y obtener algún tipo de rédito en el inmediato plazo, incluso si esto significa comprometer la estabilidad financiera del país para las siguientes elecciones.

Incluso en Chile, un ejemplo tradicional que usualmente emerge cuando se quiere ilustrar cómo izquierda y derecha pueden aportar simultáneamente al fortalecimiento económico de un país, ha tenido que experimentar períodos de impopularidad que abren camino a otros modelos de gobierno.

Después del régimen de 17 años de Augusto Pinochet –que, sin pretender defender sus acciones, no hay duda de que cimentaron varios de los pilares que definirían a Chile como una fórmula a seguir en el contexto latinoamericano- y con el retorno de la democracia en 1990, las coaliciones de centroizquierda han dominado el poder y han sabido construir sobre lo heredado de la dictadura.

Ahora la derecha ha experimentado un segundo aire que, si bien también se apalanca en el inconformismo de un gasto desordenado en tiempo de vacas flacas, se materializa con un fenómeno seductor: Chile se ha podido dar el lujo de pasar de líderes de recorrido socialista como Michelle Bachelet, a epítomes de la propiedad privada y el libre mercado como Sebastián Piñera, sin que eso signifique una amenaza para la confianza inversionista, su solidez institucional o la capacidad de crecimiento.

De hecho, con la posesión de Piñera a partir de marzo de 2018, Chile sólo ha de tener dos presidentes, de dos ideologías opuestas, entre 2006 y 2022, algo que los mercados y analistas han visto como un pro en aras de la continuidad y no como un problema: contrario a lo visto en otros países, los mercados se preocupan más por aspectos estructurales de la economía chilena -es cierto que Chile no pasa por su mejor momento en términos fiscales que por la probabilidad de que la izquierda amenace las condiciones empresariales, cierre las fronteras comerciales o desestabilice los planes de desarrollo de largo plazo.

Es una luz al final del túnel en donde en lugar de una guerra fría, donde la idea sea implantar un modelo que sea mejor que otro, exista una coexistencia que tome lo mejor de ambos mundos, que construya el camino hacia lo que se busca como nación.

Por: La Nota Económica

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