¿Automatización de género?

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Imagen: Pixabay.
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Uno de los grandes temores que trae todo avance tecnológico tiene que ver con el impacto en el mercado laboral. La historia está llena de ejemplos en los que un nuevo avance, descubrimiento o invención sacude el equilibrio del mercado laboral y genera tensiones sociales, económicas y políticas. Los casos van desde la invención de la imprenta, el telar y el cambio de la grasa de ballena por el petróleo como combustible hasta el correo electrónico.

En este sentido, las preocupaciones acerca de la pérdida de empleos debido al reemplazo tecnológico es una realidad y agudiza algunos problemas socioeconómicos que todavía no se han podido superar, particularmente en materia de trabajo y desigualdad de género.

Como lo ha demostrado la historia, los primeros en sufrir los cambios serán aquellos que se encuentran en la base de la pirámide productiva, que están empleados en tareas repetitivas y que requieren pocas habilidades. El principal problema de esto no es solo la pérdida de puestos de trabajo, sino que, ante una mayor participación de mujeres en este tipo de tareas, son ellas las que sufrirán más la automatización de sus labores –al menos en un principio–.

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De hecho, recientes estimativos del Fondo Monetario Internacional (FMI), indicaron que de los 54 millones de puestos de trabajo (entre hombres y mujeres) que están en riesgo por cuenta de la automatización en los países de la OCDE en las próximas dos décadas, 26 millones corresponden a mano de obra femenina. Son ellas las que presentan una mayor probabilidad de ser desplazadas por las nuevas tecnologías.

Paralelamente, los cálculos del FMI para todo el planeta, identificaron al menos 180 millones de empleos femeninos con un elevado riesgo de automatización. Sin embargo, la cifra se eleva si se cuentan a las mujeres con baja educación y con más de 40 años de edad. En tales casos, la probabilidad de ser reemplazadas crece de manera importante.

La pregunta que queda en el aire es si ese panorama laboral realmente es tan desesperanzador como lo muestran las proyecciones. ¿El diagnóstico temprano permitirá que se tomen medidas para mitigar el efecto de la automatización sobre el mercado laboral femenino?

Entre la rutina y la automatización

Aunque los avances en inteligencia artificial y machine learning han demostrado que es posible que un computador lleve a cabo tareas medianamente complejas realizadas por humanos, esto no implica un riesgo alto de automatización para los trabajadores más calificados. Los riesgos reales están en aquellas labores que son repetitivas, poco flexibles y que no requieren de mayor abstracción intelectual.

Con esto en mente, el FMI construyó, para los países de la OCDE, además de Chipre y Singapur, el índice de tareas rutinarias (RTI, por sus siglas en inglés). Este indicador condensa la información acerca de qué tan importantes son las habilidades abstractas –como el razonamiento y la comunicación interpersonal– y las habilidades manuales no rutinarias, frente a las tareas rutinarias de cada trabajador. Así, el RTI fluctúa entre 0 y 1, donde los valores más altos implican trabajos más rutinarios y en riesgo de ser automatizados.

En el caso de esta muestra de países, los resultados de este ejercicio determinaron que, en promedio, el RTI fue 13 % más alto para las mujeres que para los hombres. Esto se presentó debido a que, en general, menos mujeres se desempeñaron en tareas que requerían habilidades analíticas, interpersonales o de labor física no repetitiva. De hecho, el estudio muestra que la brecha de género del RTI está explicada, principalmente, por la elección de la ocupación femenina (12,7 % de la brecha se debe a esta variable), dejando en segundo plano factores como la edad, la educación y el alfabetismo.

Ahora bien, dado que esa generalización resulta odiosa –hay un gran número de mujeres en trabajos que requieren de todas esas habilidades–. El estudio reconoce que hubo una gran heterogeneidad entre los países estudiados. Es decir, mientras en unos países la diferencia del RTI entre hombres y mujeres no era tan amplia, en otros superaba el promedio mencionado.

El ejemplo más diciente fue el de Lituania y Noruega, pues el RTI femenino en el primero fue 36 % superior al del segundo. La explicación de esto tiene que ver tanto con la estructura productiva de cada nación, pues no es lo mismo una economía enfocada en minería que en servicios, por ejemplo, la adopción tecnológica y la flexibilidad del mercado laboral.

Frente a esto último, hay que decir que en aquellos países donde la participación de la fuerza laboral femenina era más alta, la brecha de géneros del RTI fue menor. Tal resultado es una demostración de una división del trabajo más igualitaria en los lugares de trabajo, con lo que se difumina la diferencia entre hombres y mujeres.

Mujeres en riesgo

Dado que el RTI muestra que las mujeres desempeñan más tareas rutinarias que los hombres, el riesgo de automatización debería ser mayor para ellas. No obstante, el impacto de la automatización en la fuerza laboral femenina, debe considerar no solo el RTI, sino las características propias de cada mujer, como educación, edad, habilidades específicas, etc.

En un vistazo general, hay un total de 54 millones de puestos de trabajo que son proclives a ser llevados a cabo por robots o procesos digitales automatizados. Sin embargo, la probabilidad de ser reemplazado por procesos de automatización laboral fue superior, por dos puntos porcentuales, para las mujeres (40 %) que para a los hombres (38 %).

Aun así, lo más preocupante es que, si se considera a los trabajadores que tienen una probabilidad de ser automatizados superior al 70 % –es decir, a los que están en un alto riesgo de ser reemplazados por una máquina en el corto plazo–, cerca de 2.86 millones de mujeres (el 11 % de todas las que están en riesgo) están ad portas de ver cómo sus tareas las realizará un robot. En contraste, aunque no menos preocupante, el 9 % de los hombres en riesgo (2.52 millones) se encuentra en esa zona de alto riesgo.

Como se mencionó, no solo el RTI se ve inmerso en la probabilidad de automatización. En el caso de la descomposición etaria y de género del alto riesgo del reemplazo de la mano de obra humana, los resultados mostraron que aquellos que están entre los 16 y 19 años de edad son los que enfrentan un mayor riesgo. Esto se debe a que en ese grupo se encuentra la mano de obra menos calificada, pues carece de experiencia y educación. Por lo tanto, no cuenta con habilidades complejas que le permitan desarrollar actividades que no sean rutinarias.

Lo llamativo es que, incluso en este grupo, las mujeres son las que llevan la peor parte, ya que el 48 % de se encuentra en alto riesgo, mientras que ese porcentaje baja al 42 % en el caso de los hombres. En ambos géneros el riesgo decae hasta los 39 años, pero vuelve a incrementarse a partir de los 40. Pero, en cualquier grupo de edad la balanza se inclina a favor de los hombres.

Este contenido corresponde al fragmento de uno de los análisis publicados en la edición Universo TIC de La Nota Económica en abril de 2019.

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