Desventajas del voto electrónico

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Las críticas acerca del voto electrónico han sido implacables y es en parte lo que infunde el miedo en muchas democracias (y maquinarias políticas que tienen el poder de tomar la decisión de implementación) e impide un despliegue amplio. Las demandas podrían ser arrolladoras y los costos económicos y políticos demasiado amplios.

Las ventajas palidecen ante la posibilidad de un ciberataque o la manipulación digital de los resultados. No solo los recursos invertidos en compra y trasteo de votos (por hablar de un fenómeno que parece común en cada elección colombiana) serían redirigidos hacia una estrategia de hackeo para aprovechar la anonimidad del voto y virar el curso de una elección de manera fraudulenta, sino que se ofrece una oportunidad inigualable para que países o grupos terroristas con un inmenso músculo financiero influyan en los resultados de super-potencias económicas.

Tal vez Estonia no sea un objetivo atractivo, pero nadie pasa por alto las actuales acusaciones que enfrenta la administración de Donald Trump por la posible intromisión de Rusia en los resultados de las elecciones presidenciales en Estados Unidos.

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Muchos coinciden en que la solución para asegurar que cada voto quede registrado sin lugar a ser modificado por terceros, es el blockchain. Por definición, para modificar un nodo transaccional de la blockchain (en nuestro caso un voto), se hace necesario modificar prácticamente toda la red, lo que es casi imposible en un escenario de miles de votos, y sin importar el poder económico o computacional del atacante.

Aunque no es aceptado explícitamente en ninguno de los documentos oficiales de Estonia, el país trabaja con una empresa líder en voto electrónico -Smartmatic- la cual cree firmemente en la blockchain como principal medio de blindaje para la seguridad y transparencia.

Recordemos que esta tecnología que soporta no solo las criptomonedas sino un sinnúmero de aplicaciones más, es prácticamente auditada en tiempo real por todos y cada uno de los usuarios, lo que lo hace tremendamente efectivo para situaciones delicadas de este estilo, ya que la información no se encuentra centralizada.

Igualmente, Estonia se ha encargado de proporcionar públicamente los códigos que subyacen detrás de su software, para que cualquiera pueda replicarlos y exponer vulnerabilidades.

Pero esto no sería suficiente, sobre todo si de propagar caos se trata. Sin influir directamente en las elecciones, experiencias recientes como la de noviembre de 2017, han demostrado que el internet puede quebrarse. Hackers pueden tratar de sobrecargar la red hasta el punto de dejarla inservible, lo que durante unas elecciones futuras donde este sea el principal medio, traería serías consecuencias para el orden institucional, minando la confianza que los electores podrían tener en el sistema.

Pero esto es solo la punta del iceberg. Junto a estos cuestionamientos, están los de orden legal. Los principios democráticos advierten sobre la necesidad de que cualquiera pueda elegir y ser elegido.

Si se sobre-tecnifica el acceso al voto y solo un puñado de expertos pueden garantizar la validez de unas elecciones, la transparencia empieza a ser cuestionada. Explicar como funciona una ‘X’ en un papel resulta fácil para cualquier votante, en contraste con lo que significaría tratar de desenredar el funcionamiento de la blockchain, por ejemplo, para audiencias no especializadas.

Estonia ha resuelto esto, dejando que el voto en papel siga siendo una alternativa. Así, cualquier persona puede acudir a una urna, incluso si ya ha votado electrónicamente, y depositar el tarjetón personalmente. De ser el caso, este voto anula cualquier otro que se haga vía internet previamente o en el futuro.

El siguiente aspecto es la anonimidad. Para que funcione, el voto debe ser absolutamente secreto, lo que para analistas informáticos es muy difícil de garantizar. Después del voto, en algún lugar de la nube debe quedar un vínculo entre persona y voto, lo que resulta muy peligroso si termina en manos equivocadas.

Esto cobra relevancia no solo al momento de evitar represalias por parte de actores irregulares que busquen influir en los resultados, sino también para garantizar que en aquellos candidatos que hayan puesto a funcionar las prácticas reprochables ventas de votos, no puedan valerse del sistema para “auditar“ a sus electores.

En el otro lado del espectro -esto es, suponiendo que efectivamente se garantiza la anonimidad- también resulta nocivo para los procesos de auditoría: ¿cómo garantiza un auditor que el voto que observa electrónicamente es realmente por quien el ciudadano quiso votar? Si bien la votación en papel no está exenta de fraude, los reconteos y una verificación que deje a todos contentos toman una cantidad enorme masiva de tiempo que pone en peligro la estabilidad institucional de cualquier país, ya que es la semilla para que brote la anarquía.

Así que en lugar de hacerlo, se tiene la excusa perfecta para que muchas elecciones pasen ‘de agache’ ante una posibilidad latente de fraude que no puede ser fácilmente corroborada. En una era completamente digital (o en un sistema híbrido como el que ofrece Estonia), la presión sobre estas auditorías sería enorme, y podría llegar a ser incluso un mayor problema para la legitimidad de las elecciones.

Y la lista podría continuar. Se tienen, por mencionar un ejemplo más, problemas de autenticación de la identidad. Para subsanar esto, Estonia implementó una cédula inteligente, que junto con una serie de claves y aplicaciones de celular se garantiza que la persona que está votando no está siendo suplantada y a lo cual se pueden agregar verificaciones faciales, retinales o de la huella digital. Así las cosas, ¿el experimento estonio está dispuesto a fracasar?

Y ¿entonces?

Es muy temprano para decirlo, pero ciertamente los ojos están encima de lo que Estonia pueda demostrar en los próximos años. Los argumentos en contra han sido duros, pero los resultados parecen establecer unas bases sólidas para una posible implementación en economías más grandes. En especial porque Estonia aún tiene el mecanismo clásico de papel como principal vehículo de participación electoral, lo que de cierto modo es un respaldo que no termina de convencer aquellos que ven con recelo una cadena completamente digital.

De todos modos, es muy recomendable seguir este proceso de manera gradual tal y como se está realizando. Combinar métodos presenciales con la blockchain y software abierto, por ejemplo, es un gran punto de partida bastante seguro para cualquier que quiera ‘darse la pela’ por su instauración.

En Colombia, existe legislación que ordena el uso de máquinas para el registro de votos. Sin embargo, la Registraduría Nacional ha encontrado su estudio bastante costoso y los avances son mínimos; y pues ni hablar de la posibilidad de tener el internet como medio principal para la votación.

De esta manera, el viejo adagio “amanecerá y veremos” aplica de manera precisa. Como avance, algunos conglomerados económicos poderosos como Nasdaq han tomado nota del ejemplo estonio para implementar procesos de votación de este estilo entre sus accionistas. En la medida que el ensayo y el error se popularice, se espera que esta práctica digital se abra camino.

Vea la primera parte de este artículo aquí

Vea la segunda parte de este artículo aquí

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