Empresa privada y pobreza: ¿cuál es su responsabilidad?

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Imagen: Pixabay
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Unos de los flagelos que más impiden el bienestar de una sociedad son la pobreza y la desigualdad. En este fenómeno, las empresas, grandes o pequeñas, cumplen un papel fundamental: no solo a través de la creación de empleos, sino con los impuestos. Si su poder es tan evidente, ¿por qué es tan difícil encontrar estas sinergias que favorezcan a la población vulnerable?

Cuando se piensa en estrategias para la reducción de la pobreza, usualmente es al gobierno al que se considera como el único responsable. Está en el top de sus prioridades asegurarse de que su población goce de bienestar y mantener un camino continuo y estable hacia la movilidad social de cada una de sus generaciones.

Aunque su rol en esta tarea es incontrovertible, cuando se piensa detenidamente, resulta evidente que en la raíz del problema existen una infinidad de factores que alimentan una espiral que puede ser virtuosa o viciosa, y que no depende de un solo ente. En una sociedad capitalista, como la que rige en buena parte del planeta, la empresa privada es la principal generadora de valor, no solo a través de productos y servicios innovadores que mejoren la calidad de vida, sino por medio del empleo y el pago de salarios y beneficios.

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Igualmente, si sus resultados de crecimiento son buenos, estos generan mayores recursos tributarios, que los gobiernos usan para un objetivo fundamental: la redistribución de la riqueza y la reducción de la inequidad. Así se completa el ya comentado (simplificado) círculo y las comunidades pueden prosperar: las empresas se vuelven más sofisticadas, la inversión se multiplica y los ciudadanos gozan de derechos básicos. En un sentido escueto, esta es la imagen que proyectan los reconocidos ejemplos escandinavos o europeos de países bien organizados.

De esta manera, la relación entre las empresas y la pobreza es mucho más estrecha de lo que se piensa. En su capacidad de expansión se esconde una buena parte del potencial de un país para reducir las brechas entre ricos y pobres. Si la respuesta es tan sencilla, ¿qué estamos haciendo mal?

Una palabra: codicia

Durante siglos la acumulación de la riqueza ha tendido a acumularse en tan solo un puñado de personas con el ingenio empresarial lo suficientemente desarrollado para anticipar las necesidades de las masas en el futuro cercano. Es esto lo que ha garantizado el éxito de las industrias petrolera, automovilística, de publicidad y hasta las criptomonedas. Y aunque las bolsas de valores han estado presentes por igual cantidad de años, la democratización de la tenencia de las empresas a gran escala es un fenómeno relativamente reciente.

La recolección de capital de inversión a través de la emisión de acciones fue un paso fundamental para que ese primer peldaño en la generación de riqueza fuera posible. Pero con él, algunas consecuencias negativas se apoderaron del deber ser de las compañías. En la medida que los intereses iban creciendo, los poseedores de acciones empezaron a presionar a los ejecutivos para que se enfocaran en un solo objetivo: maximizar el valor de la acción, cueste lo que cueste.

Tanto fue así, que los salarios de los presidentes y principales tomadores de decisiones de las firmas empezaron a estar atados al comportamiento de la acción. Por décadas, el cortoplacismo se apoderó de las administraciones y rediseñó la forma en que se generaban las utilidades.

La forma en que la acción de una compañía varía, depende a su vez de múltiples factores. Unos son de largo plazo: inversión productiva, innovación de nuevos productos, apertura de nuevos mercados, etc. No es difícil ver cómo son estas decisiones las que en realidad tienen un impacto positivo sobre sus empleados y son los que tienen una influencia verdadera en los niveles de pobreza. Esta aproximación no solo exige más empleo, sino que mejora la productividad y fortalece las cadenas productivas de todo el país.

Pero este camino es largo, riesgoso y a veces hasta tortuoso si los planes se desalinean. Y si el salario o la estabilidad laboral depende de tomar estos riesgos de muy largo plazo, es casi seguro que se querrá buscar una manera más expedita para que el valor de la acción suba, sin que en el corto plazo se sacrifique la sostenibilidad de la empresa (al menos en el papel).

Una de las estrategias más efectivas –pero realmente inocua en lo que respecta a generar valor en la economía– es la recompra de acciones. Como en todo mercado, si hay una oferta amplia de un producto, este tiende a ser más barato. Al contrario, si se vuelve escaso y existe una clientela sólida, el precio se dispara inmediatamente. Cuando se trata de acciones de una empresa, ella y solamente ella controla la cantidad que circula. En este orden de ideas, si queremos una rápida subida, basta con retirar grandes porciones de la acción en el mercado y así generar una sensación de escasez. Pero estas acciones no pueden ser eliminadas así como así, ya que están en manos de inversores. En tal virtud, las empresas deciden utilizar sus utilidades para comprarlas y conservarlas.

Un estudio liderado por un profesor de la Universidad de Massachussets Lowell, detectó que entre 2007 y 2016 el listado de 500 empresas más importantes indexadas por el S&P en la Bolsa de Nueva York y Nasdaq, en Estados Unidos, utilizó el 55% de sus ganancias para hacer estas recompras y un 39% para pagar dividendos –esto es transferir directamente a los accionistas parte de sus utilidades y así mantener un interés por la compañía–. Esto deja solo un 6% para inversión, pago de salarios, desarrollo de productos y todos los aspectos relacionados con la generación de valor para la economía en el largo plazo.

Pero, ¿el valor de la acción subió y los dividendos están siendo repartidos? ¿Esto no genera riqueza de todos modos? En este punto hay que apuntar que el mercado de valores, aunque ha ganado importancia en la estrategia de inversión de los hogares, sigue siendo un terreno nebuloso y muy riesgoso que pocos se atreven a navegar, en especial después de las espectaculares pérdidas que suceden las crisis bursátiles, los circos mediáticos que solo se concentran en las malas noticias, o la sobrecomplicación burocrática de algunos intermediarios que mantienen aislados a pequeños inversionistas.

Como resultado de este juego, el precio de una acción ha dejado de ser el reflejo de una compañía exitosa o prometedora, sino el de la habilidad especuladora de inversionistas poderosos y hasta la misma firma que emite los títulos; lo que no deja de ser peligroso para la creación de burbujas y una pérdida de confianza sistemática en el sistema.

¿Cómo se replica este comportamiento a economías en desarrollo sin un mercado de valores avanzado? Es casi seguro afirmar que esta misma psicología empresarial del corto plazo se apodera de la mayoría de los empresarios, en especial las pymes, en donde el fracaso y la toma de riesgos es fuertemente castigada y se prefiere la zona de confort de sus propietarios, en detrimento de un alza en los salarios reales de sus empleados, o los planes de inversión que son vistos más como un gasto que minimiza los excedentes al final del año.

Si a esto le sumamos la habilidad de las grandes corporaciones para eludir impuestos, y un gobierno corrupto que, llevado por la misma mentalidad reducida, se apropia indebidamente del erario, tenemos una receta perfecta para el estancamiento de la productividad en buena parte de las economías emergentes.

Cómo romper el círculo

Así como de diverso es el problema, diversas son las soluciones. Desde el lado empresarial, y como sucedió en el pasado, las presiones deben venir desde los accionistas. Poco a poco deben mostrar a los ejecutivos que su interés no está en la creación artificial de precios, sino en un legado sostenible que los obligue a arriesgarse por una médula productiva sólida.

El reciente renacer de la Responsabilidad Social Empresarial (RSE), desde una perspectiva alejada del altruismo y más dirigida hacia su conexión con la actividad principal, es un muy buen primer paso. Pero para lograrlo su implementación debe ser a gran escala y a todos los niveles del tejido empresarial, incluidas las pymes, que en países como Colombia contabilizan la mayoría de los empleos generados.

Por su parte, el Estado, además de asegurarse de tener un esquema redistributivo de los impuestos que realmente funcione, debe generar un entorno empresarial que privilegie la productividad. Para ello, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) sugiere mantener un esquema robusto de financiación y subsidios para fomentar la investigación y el desarrollo (I+D), que elimine las excusas para no tomar riesgos en el desarrollo de ideas.

Al mismo tiempo, propone la simplificación del aparato regulatorio, que facilite la resolución de controversias comerciales. La introducción de un tribunal especializado que se soporte fuertemente en herramientas digitales puede ayudar a detectar casos de abuso o utilización indebida de recursos, lo que indirectamente mantendría alineados los objetivos empresariales.

Pero quizá más importante que todo esto es fomentar la formalización y la educación. Por un lado, el puente natural entre los esfuerzos empresariales y la reducción de la pobreza es el empleo de calidad, algo que es imposible de lograr con la informalidad. En este sentido, la OCDE recomienda reducir los costes laborales no salariales y considerar los costos y beneficios de instaurar un salario mínimo diferenciado por la edad y la región del país.

Por el otro, una escolarización adecuada contribuye a una masa trabajadora habilidosa que se convierta en la base de crecimiento para las empresas. Estas se verán mucho más inclinadas a invertir en su talento humano si observan una retribución directa en su forma de hacer negocios. Esto es un ganagana para ambas partes, ya que tanto propietario como empleado se sentirán felices y valorados.

A todas luces, esto requiere pequeñas revoluciones, con diferentes tipos de liderazgos y objetivos. Gremios, centrales de trabajadores y el mismo Gobierno deben dejar de verse como seres excluyentes de metas opuestas. En ocasiones se genera un bloqueo mental con solo saber que se está negociando con una contraparte que evidentemente piensa distinto. Si los diálogos se abren, y las concesiones se establecen con base en un derrotero claro común y no solo en quién gana más que quién, el ritmo de crecimiento puede ser significativamente mayor.

Análisis publicado en la edición «Vademécum de Mercados 2018» de La Nota Económica. Espere muy pronto la nueva edición de este libro empresarial.

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