¿Es viable el voto electrónico? El caso de Estonia

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Internet está inmerso en todas las actividades diarias. Sin embargo, existe un recodo de hace siglos que parece impenetrable para esta tecnología: la elección popular. Su introducción podría ser la respuesta a una masa juvenil que no tiene contacto con la democracia y permite la elección de viejos caciques. ¿Qué tan lejos estamos de esta revolución? Estonia presenta un primer peldaño hacia ella.

Resulta inverosímil pensar que las primeras dos décadas del siglo XXI van a llegar a su fin, y aún un procedimiento (aparentemente) sencillo como el voto electrónico, aún no haya sido implementado ampliamente. Y no nos referimos sencillamente a acudir a un cubículo en donde en lugar de una urna exista una máquina o una tableta registrando los votos. Esa sola idea ya suena anticuada. Estamos hablando de un sistema que integre diversos mecanismos para votar, incluyendo dispositivos móviles y tarjetones de papel.

Pero esta renuencia no es solo colombiana o de países emergentes. Tampoco es una idea nueva. Desde hace casi 70 años, diversos países han tratado de implementarlo de alguno u otro modo.

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Aun así, a 2017 solo seis países conservan como un medio viable, y principalmente a través de máquinas in situ que registran un voto presencial: India, Venezuela, Brasil, Estonia, Estados Unidos, y Bélgica.

Ensayos se han llevado a cabo buena parte de Europa occidental, y Sudamérica, pero no parece tener una tracción significativa. Incluso, potencias desarrolladas como Alemania, Holanda, Noruega, Reino Unido, Finlandia entre otros lo han declarado ilegal (en el caso de Holanda, después de usar máquinas para el registro de votos en durante 20 años) y muchas otras ni siquiera se han atrevido a intentarlo.

En este orden de ideas, del grupo de seis algunos patrones emergen. Por un lado, India, Venezuela y Brasil no son un ejemplo perfecto de transparencia, y la corrupción parece ser el pan de cada día. Por otro lado, Estados Unidos y Bélgica solo lo usan de manera parcial y múltiples denuncias de fraude han sido planteadas, especialmente en el país norteamericano.

No obstante, Estonia parece ser el piloto que el mundo ha estado esperando. Esta pequeña nación de 1,3 millones de habitantes ha venido desarrollando un programa masivo de virtualización, que no solo incluye una transición gradual hacia un sistema (aparentemente) robusto de e-vote remoto -o, ya entrados en gastos, la posibilidad de realizar casi que cualquier trámite administrativo público de manera remota a través de cualquier aparato con conexión a internet- sino que ha ido más allá y ha creado una residencia virtual, en la que inversionistas pueden registrar empresas en Estonia sin ni siquiera poner un pie en el país.

De esta manera, y de acuerdo con las fuentes oficiales, buscan convertirse en una nación digital de ciudadanos globales, todo dentro del ambiente de negocios que ofrece la Unión Europea.

¿Vale si quiera la pena una vez evaluados los costos y beneficios?

Vea la segunda parte de este artículo aquí

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