Sostenibilidad y cadena de suministro: una relación necesaria

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Imagen: Pixabay.
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Entre la materia prima y el consumo final de cualquier bien o servicio hay todo un proceso de extracción, producción y distribución que da sustento a la sociedad actual. En los procesos de consumo, desde el de alimentos hasta el de celulares de última generación, las cadenas de suministro son las encargadas de ponerlos en nuestras manos a tiempo, con calidad y proveyendo un servicio adecuado al cliente. Muestra de ello es que alrededor del 80 % del comercio mundial pasa por cadenas de suministro.

Por supuesto, cuanto mayor sea la complejidad del bien o servicio que se demanda, así mismo será su cadena de suministro. No es lo mismo fabricar un avión que manufacturar una camisa; pero, independientemente del producto final, los eslabones generales de las cadenas se mantienen: consecución de materias primas, distribución hacia las empresas, transformación y producción de los materiales, transporte al canal de distribución y cliente final.

Sin embargo, un factor que debe ser tenido en cuenta y que es transversal a todos los procesos de la cadena es la sostenibilidad. En este sentido, las empresas han venido incorporando dentro de sus procesos y relaciones con clientes y proveedores elementos que promueven acciones sustentables en el marco de sus actividades empresariales.

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Ahora bien, cuando se habla de sostenibilidad no es exclusivamente del tema ambiental. No es extraño encontrar compañías que también se preocupen por los derechos humanos y laborales, además de la transparencia de su cadena de suministro. Todas estas son dimensiones que UN Global Compact, la iniciativa de las Naciones Unidas para que los negocios sean socialmente responsables, pone como pilares de la sostenibilidad.

Esto ha creado externalidades positivas, por lo que algunas empresas e industrias ya exigen que sus proveedores cumplan estándares ambientales y laborales que estén alineados con sus objetivos de sostenibilidad –como es el caso de Apple, que registra la responsabilidad de sus proveedores–. Incluso, los consumidores finales también han empezado a demandar productos que se ajusten a este tipo de prácticas.

Hay que decir que, según investigaciones realizadas por la firma Ventana Research, el 47 % de las empresas tiene planes de cadena de suministro que no son adecuados, por lo que surge la duda de si vale la pena pensar en procesos sostenibles. La respuesta es que sí.

Aunque solo la mitad de las empresas es eficiente desde el punto de vista de su cadena de suministro, se abre la oportunidad para incorporar en sus procesos los pilares de UN Global Compact. Esto se debe ver como una oportunidad de mejora que permite desarrollar mejores planes para aquellas empresas que están en ese 53 % restante y que termina beneficiando a todos los actores de la cadena.

Uno de los ejemplos más llamativos tiene que ver con la experiencia de la multinacional Unilever, que afirma que su línea catalogada como sostenible, tiene una tasa de crecimiento 30 % superior al resto de sus marcas. Entonces, es importante entender en qué consiste y qué genera esta nueva tendencia que se está imponiendo en todo el planeta.

¿Para qué una cadena de suministro sostenible?

Como ya se dijo, el mundo está girando hacia políticas y consumos más responsables. Esto implica que los procesos productivos ya no tienen como único fin crear un bien o servicio para dárselo al cliente. Ahora las exigencias, desde todos los frentes –políticos, consumidores, abastecimiento, tecnológicos, etc.– van más allá de suplir necesidades y tienen en cuenta el cómo se están solucionando los problemas de los consumidores.

Una muestra de esto es el comportamiento de las encuestas realizadas a los ejecutivos responsables de las cadenas de suministro. Según ellos, mientras que en 2017 los principales retos eran los concernientes a la disponibilidad de talento (14.5 %), coordinación entre diferentes canales de ventas (14.5 %) y manejo de inventarios (14.5 %); en 2018 las prioridades están en la visibilidad de la cadena (21 %) y en la fluctuación de la demanda de los consumidores (20 %). Lo interesante es que estas dos últimas dimensiones apenas llegaban al 12 % y 12,3 %, respectivamente.

Otro hecho que se destaca en estas encuestas es que garantizar la ética en la cadena de suministro dejó de estar en el último lugar del listado. En 2017, esta variable solo generaba preocupación en el 2.4 % de los ejecutivos, pero un año después duplicó su participación (5 %). Lo que también va de la mano con los cambios de las otras dimensiones.

La relación más clara tiene que ver con el comportamiento de los consumidores. De acuerdo con la consultora Nielsen, desde hace unos años, las decisiones de consumo están siendo influenciadas por temas como la sostenibilidad. Uno de los ejemplos más representativos es la venta de chocolate en EE. UU.

Los estudios dejan ver que, en comparación con el total de las ventas de este mercado, los productos que afirman ser sustentables tienen una mayor variación. Así, el chocolate que cuenta con una producción amigable con el ambiente –tanto en la obtención de la materia prima como en la responsabilidad de su manufactura– presentó un crecimiento anual del 22 % en valor y 15 % en volumen. Esto es un resultado muy favorable, si se tiene en cuenta que el crecimiento total del mercado fue de 5 % en valor y 3 % en volumen.

De manera similar, aquellos chocolates que no tenían ingredientes artificiales presentaron un mejor desempeño en valor, con un crecimiento del 16 %, aunque en unidades se mantuvieron en el promedio. Si bien esta aparente paradoja entre mayor valor e igual volumen podría ser el argumento para atacar el beneficio de la sostenibilidad –pues no hubo un incremento adicional al total general en las cantidades–, lo que realmente indica es que los consumidores están dispuestos a pagar una prima por productos que sean sustentables.

Es decir, si un bien es responsable con el ambiente –partiendo de que el no uso de ingredientes artificiales supone menos contaminación tanto en la producción de la materia prima como en el resto del proceso–, es posible cobrar más por él, sin que se vean afectadas las cantidades demandadas. En palabras más técnicas, el efecto precio compensaría el efecto cantidad, de manera que el beneficio para el productor no se vería disminuido.

Pero el asunto no termina ahí. Cuando se analizan las ventas de los productos que hacen parte de las cadenas de comercio justo –según el cual se paga adecuadamente a todos los eslabones de la cadena productiva y no se incurren en prácticas ignominiosas como el trabajo infantil y la explotación laboral–, las ganancias provienen tanto del valor como del volumen. Los datos dejan ver que el crecimiento del valor de estos productos estuvo cinco puntos porcentuales por encima del total del mercado y, en términos de unidades, el diferencial fue de doce puntos.

Por supuesto, este es solo un ejemplo en un universo infinito de bienes y servicios, por lo que generalizar a partir de un caso no es sensato. Sin embargo, estudios similares para la industria de los productos de aseo personal y del café han arrojado resultados que van en la misma línea, incluso con diferenciales mucho más marcados entre las alternativas sostenibles y los promedios del mercado.

Además, si se tiene en cuenta que alrededor del 70 % de los consumidores –incluso 80 %, si se refina la muestra a los millennials– está atento a las consideraciones de sostenibilidad de lo que compra, las extrapolaciones hacia otros sectores productivos no parece una locura.

Artículo publicado en la edición «RSE y Cultura Organizacional» de La Nota Económica.

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