¿Cómo dimensionar el impacto económico de un desastre natural?

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Imagen: Pixabay
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La CEPAL (Comisión Económica para América Latina) reúne en tres grandes grupos las eventuales consecuencias macroeconómicas de un desastre natural: i) daños directos –pérdida de capital fijo e inventarios de materias primas, productos en proceso o terminados, y gastos directos para responder a la emergencia y atender a los damnificados–, ii) daños indirectos y pérdidas en los flujos –todos los bienes y servicios que dejarán de ser producidos después del desastre– y iii) daños secundarios –efectos de largo plazo–.

En estos últimos, hablamos de las trascendencias hacia el desempeño global de la economía, tales como sobreendeudamiento, desequilibrios en la balanza de pagos, reducción en el recaudo de impuestos debido a una menor actividad económica, niveles de reservas internacionales o interrupciones en los flujos de comercio internacional por la necesidad de importar materiales para la reconstrucción y la interrupción propia de su conjunto exportador.

Después de revisar este marco, es fácil ver por qué los países ricos salen mejor librados, pues los daños indirectos y secundarios suelen ser de menor alcance, ya que los directos son aliviados por fondos destinados precisamente para ello. Entretanto, en las economías emergentes, este tipo de choques sin aviso termina por presionar los tres frentes y, retrasa su nivel de desarrollo actual y su capacidad de crecimiento.

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Por ejemplo, algunos estudios independientes en una evaluación expost establecieron que el huracán Mitch (1998) –el segundo más mortífero de la historia, con alrededor de 20.000 muertos– retrasó el progreso de Nicaragua en 20 años: en una semana, inutilizó el 70% de su red vial –acabó con 92 puentes y 2.700 km de vías necesitaron ser reemplazadas–, más de 50.000 animales y miles de hectáreas de cultivos fueron aniquiladas, causó el desplazamiento de cerca de 400.000 personas, devastó cientos de colegios y hospitales, y obligó a la reconstrucción de la red eléctrica y alcantarillado.

La diversificación es otro aspecto importante que salta a la vista cuando tratan de absorberse estas eventualidades. La isla de Antigua, por presentar otro ejemplo, depende casi que exclusivamente de la agricultura y el turismo. En consecuencia, el huracán Luis (1995) tuvo el poder de afectar el 65% de su PIB debido la vulnerabilidad de su aparato productivo. Por su parte, en Nicaragua, a un mes de que Mitch arrasara, solo existía un 10% de ocupación en su infraestructura turística, aun cuando las zonas dedicadas a esta actividad ni siquiera habían sido afectadas. Recuperarse bajo estas circunstancias es un desafío mayúsculo.

Pero no todas las catástrofes son iguales. Por lo tanto, la intensidad y la extensión de los daños a nivel regional o nacional son distintas, lo que obliga a tener esto en cuenta en el momento de preguntarse sobre la capacidad de recuperación y los efectos sobre el crecimiento.

Los efectos de largo plazo de un desastre natural

Una vez entendido lo que las finanzas de un país deben afrontar, dadas sus posibilidades productivas y lo que implica en términos macroeconómicos, es más fácil comprender las cuatro categorías básicas en las que podrían clasificarse los efectos de largo plazo: sin impacto, con efecto positivo, con impacto o con efectos mixtos (negativos y positivos).

La hipótesis de que no existe un impacto más allá de los cinco años viene de las ideas neoclásicas que se remontan a Adam Smith: no importa lo brutal que haya sido el fenómeno, la economía encontrará su camino hacia el equilibrio. Tal vez, hubiera sido mejor si tal choque no hubiese existido y, seguramente, habrá un retraso en las tasas de crecimiento, pero en el muy largo plazo la recuperación está asegurada y el efecto podrá ser compensado con avances tecnológicos y terminará siendo ínfimo.

De cualquier modo, quienes apoyan esta línea suelen coincidir en algo: esto puede ser cierto a nivel nacional, pero, en términos regionales, la cosa puede ser distinta. Además, muchos investigadores encuentran que, incluso, si no pueden identificarse efectos económicos, los desastres naturales de gran envergadura han iniciado reformas institucionales importantes que terminan teniendo algún tipo de cambio macroeconómico.

De las cuatro teorías, esta es la más débil. Hacer análisis contrafactuales –es decir, determinar cómo hubiera sido el desarrollo en ausencia del choque– es en extremo complicado, ya que medir lo que pudo ser y ya no será tiene altos márgenes de error, en especial, a nivel país. Solo unas condiciones muy específicas permiten este tipo de exámenes.

Uno de ellos fue el tsunami de 1960 sobre la ciudad de Hilo (Hawái). Lo interesante de este caso específico es que el maremoto no solo fue inesperado (no había ninguna acción de prevención), sino, además, Hilo tenía prácticamente el mismo nivel de desarrollo que otras ciudades similares en islas vecinas que no fueron afectadas de ninguna manera por el fenómeno. Aunque a una pequeña escala, este escenario dejó un grupo de control relativamente bueno y las comparaciones en términos de migración y desarrollo económico para Hilo pudieron ser susceptibles de comprobación.

¿La conclusión? Algunos profesores de la Universidad de Hawái y de la Universidad de Victoria (Nueva Zelanda) encontraron que, incluso, 15 años después, el desempleo era todavía 32% más alto y la población un 9% menor que sus contrapartes; en otras palabras y para efectos prácticos, tiene las mismas condiciones de si el tsunami nunca hubiese ocurrido.

Por esto, el debate se concentra, por lo general, en los otros tres aspectos. Por el lado del efecto positivo, están los cambios progresivos y la reconstrucción, que llevan a una mejor infraestructura. Esta inversión obligada lleva a cambios importantes en la productividad y termina por tener un efecto multiplicador en toda la economía. Evidentemente, esto aplica de una manera más directa para países ricos o desastres de magnitud moderada.

Si bien, cuando sucede la catástrofe, los países pobres reciben cantidades inusitadas de cooperación internacional, remesas por parte de los nacionales que viven en el extranjero, capital adicional por medio de los contratos de reaseguramiento, estos flujos son efímeros, solo sirven en el corto plazo y resultan insuficientes para cubrir la totalidad de las necesidades, en especial, de aquellos que son sistemáticos y derivan en daños secundarios.

Esto, sin contar lo difícil que la burocracia puede resultar para trasladar los recursos de emergencia. A Jamaica, luego de 18 meses de haber sido golpeado por el huracán Gilbert, aún le faltaba recibir el 23% de la ayuda internacional. Esto puede extenderse a la logística para el reparto de alimentos a zonas apartadas o el simple hecho de que muchas de estas donaciones son, en realidad, préstamos flexibles que exacerban los servicios de deuda.

Llegamos, entonces, a un entorno en el que se encasilla una buena parte de los países: un efecto negativo y persistente. Por todo lo que hemos visto, es la conjetura más sencilla de defender.

Los investigadores concurren en que las principales pérdidas se dan sobre el capital humano. No solo miles de huérfanos quedan a su suerte –hecho que los destina casi que sistemáticamente a menores años de escolaridad y a limitaciones en el acceso a otros servicios sociales, en especial, a los niños mayores, para quienes es difícil encontrar un hogar de adopción–, sino, además, resulta crítico para la sociedad que la educación y la salud se vean interrumpidos, muchas veces por varios años, cuando se trata de zonas aisladas. A esto hay que sumarle el ya mencionado desplazamiento, que tiende a ser permanente, y las oportunidades de empleo que se abren en la zona una vez la mano de obra en construcción no es requerida, lo que cambia radicalmente la matriz de producción de regiones enteras.

Por su parte, los habitantes se ven obligados a acudir a préstamos con tasas exorbitantes para recuperar sus bienes, lo cual debe ser aliviado por políticas públicas creativas para evitar un descalabro en el consumo privado. Esto afecta los ingresos y la capacidad de gasto de millones de familias.

Para concluir, no deja de ser cierto que hay una línea muy delgada entre una oportunidad de generar crecimiento o desatar un círculo vicioso que estanque la actividad económica.

Lea la primera parte de este artículo “Desastres naturales y economía: una relación complicada” aquí

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