Desastres naturales y economía: una relación complicada

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Imagen: EFE
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En los últimos años ha habido un gran número de desastres naturales alrededor del mundo. Agosto y septiembre de 2017, por ejemplo, fueron meses difíciles por los desastres naturales que ocurrieron en el continente americano. El huracán Harvey desató su furia sobre Texas durante varios días, y dejó a Houston bajo el agua debido a la inusitada intensidad que mantuvo de manera prolongada.

Luego de Harvey, vino el huracán Irma. Su paso por las islas del Caribe destruyó municipalidades enteras en Barbudas, San Martín, Puerto Rico, entre otros, y, posteriormente, se dirigió a Florida, en Estados Unidos. Irma fue el segundo huracán de categoría cuatro en llegar a costas estadounidenses en apenas dos semanas. En total, cobró 124 vidas: 44 en el Caribe y 80 en Estados Unidos.

La cereza del pastel fue María. Las principales damnificadas fueron las islas caribeñas, en especial, Puerto Rico, que tuvo que soportar vientos de 250 km/h, lo que generó una catástrofe humanitaria. Haití, República Dominicana y Dominica también sufrieron serios daños y, junto con la isla boricua, fueron los principales contribuyentes al conteo de muertes registradas (78). Se estima que, en total, las pérdidas económicas estarían entre US$45.000 millones y US$90.000 millones, en especial, en Puerto Rico, donde buena parte de su infraestructura quedó devastada.

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México también tuvo que soportar dos terremotos. El primero fue el del 7 de septiembre, que, con una intensidad de 8,1 puntos en la escala de Richter (el segundo más poderoso registrado en el país), afectó la región de Chiapas, cobró la vida de al menos 100 personas y afectó más de 40.000 viviendas.

Luego, vino el del 19 de septiembre: el sismo, esta vez de 7,1 grados en la escala de Richter, azotó los estados de Morelos, Puebla y Ciudad de México por cerca de 20 segundos, y dejó a su paso decenas de edificios colapsados, alrededor de 400 muertos y más de 6.000 heridos.

En el 2018, las catástrofes naturales en el continente americano también hicieron de las suyas. En Guatemala, la erupción del volcán de Fuego que inició este 03 de junio, ha dejado, oficialmente 110 muertos, 57 heridos, 197 desaparecidos, 1.714.387 afectados, así como 186 casas destruidas, entre otros.

Al margen de las vidas humanas, que siempre serán más lamentables, es evidente cómo la fuerza de la naturaleza puede destruir lo que a las personas les tomó años de inversión, esfuerzo y planeación.

Pero ¿qué sucede después de un desastre natural? ¿Cómo es el proceso de recuperación económica y social de estos países? En el papel, un acontecimiento así puede traer un pequeño boom de inversión que puede impulsar el crecimiento económico y el empleo, así como fortalecer la economía en el mediano y largo plazo.

A propósito de los eventos recientes –y de los que Colombia no está exenta–, estas preguntas inspiraron el presente análisis y se responden a partir de los estudios académicos más reconocidos que se han adentrado a revisar este tipo de fenómenos.

Gravedad y trascendencia, distintos para cada país

Definir todos y cada uno de los alcances que tiene para una economía y sus finanzas un desastre natural es prácticamente imposible. Sus vasos comunicantes van mucho más allá de la destrucción material y posterior reconstrucción, por lo que pueden afectar seriamente la capacidad de crecimiento, alterar las tasas de inversión de largo plazo, los patrones de migración y de natalidad, introducir disrupciones en las instituciones que terminan por alterar las funciones del Estado, así como golpear la confianza de los diferentes agentes económicos.

Para los gobiernos, es un golpe inesperado con el que es muy difícil lidiar. Al estar por fuera de los planes y atacar de manera tan súbita, las decisiones de orden fiscal deben ser tomadas muy rápidamente para proteger a los más vulnerables, que son los que más sufren por la catástrofe. Por tal motivo, es indudable que el nivel de desarrollo del país desempeñe un papel fundamental en el efecto económico de largo plazo.

En la escalera de desarrollo de un país, muchas cosas se priorizan antes de la seguridad o de las medidas preventivas contra los fenómenos naturales. Cuando se trata de crecer, para una economía emergente, muchas veces prima pensar en el corto plazo y en los resultados inmediatos, hecho que deja de lado la previsión, a pesar de contar con una masa de la población en la pobreza, que seguramente profundizará su condición cuando el fenómeno natural llegue.

La reiteración de los eventos es lo que, a las malas, parece generar una conciencia, así todavía exista una grieta enorme entre los fondos destinados por un país industrializado comparado con otro en desarrollo. Y, aunque suene un poco incorrecto decirlo, la destrucción termina por generar una renovación edificadora que, al venir precisamente obligada por un fenómeno particular, se caracteriza por una mayor resiliencia de las construcciones.

El terremoto de México, por ejemplo, se dio exactamente 32 años después de otro de 8,0 grados en la escala de Richter. En intensidad fue más fuerte y las réplicas fueron brutales, por lo que la factura que pasó fue mucho más onerosa y por fuera de cualquier proporcionalidad si se compara con el terremoto de 2017: 10.000 muertos, más de 400 edificios en ruinas y cerca de 3.000 más en condiciones muy precarias.

No es posible decir que debido a esta reedificación fue que el saldo del último evento fue menor, pero sí evidencia cómo el desarrollo en tres décadas tiende a minimizar los efectos inmediatos. Esto contrasta con lo observado en las islas más pobres del Caribe, como Haití, que, a pesar de que se ve afectado una y otra vez por huracanes y terremotos, tarda mucho más tiempo en recuperarse y las consecuencias de los fenómenos naturales parecen peores cada vez.

Esto puede extrapolarse al resto del planeta. América no es la región que sufre con mayor frecuencia este tipo de embates. Asia es el continente que se lleva tan desafortunada distinción, lo que da un amplio campo de estudio para estas diferencias de desarrollo, ya que es una zona bastante disímil en sus niveles de progreso y confirma la facilidad con la que las economías avanzadas pueden sobreponerse en contraposición a vecinos más pobres.

Lea la segunda parte de este artículo “¿Cómo dimensionar el impacto económico de un desastre natural?” aquí

Por: La Nota Económica

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