El valor de la inversión en un título universitario

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Imagen: Pixabay
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La educación se ha convertido en una necesidad y en un recurso imprescindible para los seres humanos que, motivados por el desarrollo personal y el mejoramiento de la calidad de vida a través de los ingresos monetarios, la ven como una inversión para el futuro. Más aun cuando el mercado laboral avanza constantemente y exige profesionales capacitados y competentes.

Respondiendo a esta demanda, las instituciones educativas han ampliado su oferta académica con diferentes opciones como carreras técnicas, tecnológicas y profesionales, posgrados y cursos complementarios, entre otras. Gracias a esto, hoy los jóvenes se encuentran frente a un mar de posibilidades que les promete un futuro óptimo representado, principalmente, en mejores ingresos. Por esto, atendiendo a esa motivación, cada vez son más las personas que acceden a la educación superior y obtienen un título profesional.

Entre 1981 y 2016, el porcentaje de la población estadounidense entre los 25 y los 34 años con títulos terciarios pasó del 23 % al 48 %. Una tendencia casi similar se refleja en los países pertenecientes a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), donde la cifra aumentó un 21 % desde 1991 a 2016, cuando llegó al 44 % de graduados en este nivel educativo.

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Colombia no ha sido ajena a esta transformación. Según las cifras del Observatorio Laboral para la Educación Superior del Ministerio de Educación Nacional, el número de graduados de carreras técnicas, tecnológicas y universitarias en el país incrementó un 173 % entre 2003 y 2016, con un total de 334.340 en este último año.

No hay duda de que esta expansión de la educación superior beneficia, en todo sentido, a la sociedad ya que las personas mejor educadas son más propensas a aumentar la innovación, el desarrollo económico y la productividad en sus países.

Hace unos años, obtener un título profesional solía ser una forma segura de ‘engancharse’ en el mercado laboral. Sin embargo, la expansión de la educación superior ha generado un reto para los profesionales que en la actualidad se enfrentan a una mayor competencia y a una reducción en los salarios como consecuencia de la misma. Esto se traduce en una disminución en el valor agregado esperado por los títulos obtenidos. A nivel general, esto se puede evidenciar al comparar las retribuciones de las profesiones entre países, pues no existe el mismo retorno de la inversión en educación para un trabajador con pregrado en un país subdesarrollado que en uno desarrollado.

Según un estudio de la revista británica The Economist, en África Subsahariana, donde los títulos son escasos, el retorno a la inversión para alguien con licenciatura es alrededor de 21 % por año. En Escandinavia, donde dos quintos de los adultos tienen títulos, es del 9 %. Tal comportamiento es una clara demostración de las leyes del mercado mencionadas: a medida que se incrementa la oferta de capital humano calificado, su remuneración tiende a caer, lo cual se traduce en una menor rentabilidad de la inversión en procesos de profesionalización.

Al auge de los estudios en la minimización de los salarios de muchas ocupaciones hay que añadir el impacto de la tecnología. Gracias a su incorporación en las compañías, en busca del aumento de la productividad, se han automatizado muchas labores que antes eran realizadas netamente por humanos.

El estudio de The Economist revela que alrededor de la mitad de las profesiones en Estados Unidos, cuyos trabajadores se han educado mejor desde 1970, han visto caer los salarios en términos reales y no demuestran un cambio significativo. Por ejemplo, en 1970 el 25 % de los diseñadores con un título ganaba USD 58.000 por año (en valores de 2015). En 2015, el porcentaje había aumentado al 58 % pero el pago se había reducido a USD 54.000. Un caso similar es el de los analistas de sistemas informáticos y científicos informáticos, cuya proporción de trabajadores con licenciatura pasó del 51 % al 59 % entre 1970 y 2015, pero el salario cambió de USD 78.000 a USD 74.000 por año.

Claro está que existen algunos profesionales que han obtenido el efecto contrario al crecimiento de las titulaciones y la automatización. Ese es el caso de los médicos, los abogados y los podiatras que, pese al aumento de graduados en sus respectivos campos, presentaron un incremento superior al 50 % en los salarios entre 1970 y 2015. Aun así, la relación entre el aumento de la educación y el retorno de la inversión parece ser muy débil.

A medida en que los grados se han vuelto más comunes, su importancia, como mecanismos de selección para el desarrollo de las actividades, ha aumentado. Actualmente, el mercado laboral está exigiendo títulos superiores para ocupaciones que antes no los requerían, algo que convierte al empleo en un tema aún más difícil para los menos educados.

Un estudio de la consultora Burning Glass reveló que el 25 % de las personas empleadas en el sector de seguros tenía una carrera profesional, pero el 50 % de los anuncios de trabajo para realizar esas mismas funciones exigía un título. Incluso, entre los secretarios y asistentes ejecutivos, el 19 % contaba con un grado universitario, pero el 65 % de las ofertas de trabajo lo pedía.

En la misma línea, The Economist resalta que dos tercios de los trabajadores con títulos en Estados Unidos (26,5 millones de personas) están haciendo unas labores que fueron realizadas, principalmente, por no graduados hace medio siglo.

Ahora bien, este es un hecho que no solo responde al aumento anual de profesionales en el mercado laboral, también a un objetivo de desarrollo empresarial y de mejoramiento de los procesos, con el fin de incrementar la productividad, generar conocimiento y fomentar la innovación.

Aunque el panorama para los estudiantes y recién egresados parece lúgubre, no debe interpretarse como un aliciente de dejar de estudiar ni de formarse. Los riesgos para quien se margina de la educación superior no son menores, pues los ingresos resultan siendo, en general, bajos y la incursión en el mercado laboral se torna más compleja.

De otro lado, no hay que olvidar que para un país es beneficioso tener más personas educadas. En este sentido, la universidad es un motor de innovación y desarrollo, dos factores esenciales para la competitividad y la productividad.

Este fenómeno implica un reto para los profesionales, ya que deben prepararse y estar altamente capacitados para enfrentarse a la competencia profesional y a la automatización. Cuanto más crece el impacto de la tecnología en las actividades laborales, los candidatos que cuentan con capacidades que las máquinas no pueden reemplazar se vuelven más valiosos para las empresas. Pero, para esto, es necesario que se especialicen, actualicen sus conocimientos constantemente y, sobre todo, entrenen sus habilidades blandas.

De hecho, una encuesta realizada por Manpower Group a 20.000 empleadores a nivel global reveló que la mayoría de las habilidades profesionales más valoradas, como colaboración, organización, servicio al cliente, comunicación, solución de problemas, liderazgo y gestión son difíciles de encontrar.

Por lo tanto, las instituciones educativas tienen el desafío de alinearse aún más con el entorno empresarial para saber qué conocimientos se requieren y, de esta manera, crear programas educativos o reforzar los existentes.

Análisis publicado en la edición «Universidades 2020», de La Nota Económica.

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