Lecciones de Chile y Argentina para Venezuela

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Imagen: EFE
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En el siglo XX, Chile y Argentina superaron dictaduras militares y lograron hacer sus debidos procesos de transición a la democracia. Sin embargo, los dos países corrieron con suertes diferentes después de esos periodos. ¿Qué debe aprender Venezuela para hacer su cambio de régimen y regresar a la democracia con éxito?

En los primeros días de 2019 la esperanza de una transición política para los venezolanos se intensificó con la consolidación del liderazgo del presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Juan Guaidó, quien se autoproclamó, ante miles de manifestantes que rechazan el régimen actual, como el presidente encargado de ese país.

Gracias a este acto, el líder opositor no solo ganó el reconocimiento de diferentes mandatarios y empresarios destacados a nivel internacional, sino que le transmitió al pueblo venezolano y al mundo la ilusión de derrocar la dictadura de Nicolás Maduro.

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Desde entonces, el pronunciamiento de la población ha sido más intenso y la situación del vecino país se ha tornado más fluctuante. Tanto, que ha conducido a Venezuela hacia un cambio político que si bien es incierto, parece ser irreversible.

De ahí que la pregunta que muchos se hacen es: ¿quién y cómo debe ser el líder que saque a Venezuela de la crisis y logre reconciliar las diferencias que ha dejado la polarización en sus habitantes?

No es una tarea fácil y menos cuando es latente la incertidumbre sobre la forma en que se dará el salto hacia la democracia, que durante el mandato de Nicolás Maduro se ha desmontado gradualmente con decisiones como la cooptación de los tribunales, la persecución a líderes opositores, el cierre de varios medios de comunicación, el cambio del cronograma electoral de 2018 y la Asamblea Nacional Constituyente.

Estos sucesos, sumados a la crisis económica y social de los últimos años, han generado una ola de rechazo por parte de la comunidad internacional, que ha calificado a Nicolás Maduro como un dictador e, incluso, lo ha comparado con otros mandatarios históricos como Augusto Pinochet, Jorge Videla, Iósif Stalin, Benito Mussolini y Muamar el Gadafi, entre otros, que tras dejar el poder –por fuerza o decisiones democráticas– le heredaron a sus países graves problemas humanitarios, políticos y, en la mayoría de los casos, económicos, semejantes a los que afronta Venezuela.

Partiendo de esta premisa y con el objetivo de descifrar las cualidades del líder que lleve a la democracia y a la economía de Venezuela a una recuperación, tomamos como base el caso de Chile y Argentina, dos países que sufrieron dictaduras pero que corrieron con suertes diferentes tras el fin de sus respectivos regímenes.

El prodigio chileno

No es un secreto que Chile es una de las economías más sólidas de América Latina, cuenta con el PIB per cápita más elevado de la región y ostenta con orgullo su liderazgo en aspectos como competitividad, libertad económica, desarrollo financiero, educación y sistema de salud.

El camino para conseguir su envidiable posición en la región y el mundo no fue fácil. Chile soportó casi 17 años de ‘mano dura’ en cabeza del militar Augusto Pinochet, que asumió el poder el 11 de septiembre de 1973, tras darle un golpe de estado al presidente de ese entonces, Salvador Allende, quien había sido elegido democráticamente tres años antes.

Durante el mandato de Pinochet la población chilena sufrió graves violaciones a los derechos humanos. Según los informes de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, la cifra de víctimas directas, entre torturados, muertos y desaparecidos, asciende a 40.000 personas.

Sin embargo, uno de los puntos más polémicos sobre el paso de Chile por la dictadura, fue el efecto económico de las políticas instauradas por Pinochet. Cuando este llegó al poder, el país atravesaba un estancamiento. En diciembre de 1973 la inflación se ubicaba en 508,03 % y el PIB anual cayó 5,6 %.

Esto se desligó de las políticas económicas implementadas por Allende, que, a su vez, incrementaron la debilidad que ya presentaba esa nación con el gobierno de su predecesor, el demócrata cristiano Eduardo Frei Montalva.

Cabe aclarar que respecto a las razones del colapso desatado durante el mandato de Allende han surgido varias hipótesis. Entre ellas la teoría de que hubo un bloqueo por parte de los opositores del socialismo, auspiciados por Estados Unidos, que en el marco de la Guerra Fría luchaban contra ese sistema político.

Ahora bien, cuando Pinochet se convirtió en el máximo jefe de Chile, se dio un proceso de expansión económica, debido a la aplicación del modelo influenciado por los Chicago Boys, quienes idearon una serie de reformas que buscaban una economía no regulada, abierta al mundo, con un estado pequeño y subsidiario y de riguroso equilibrio fiscal.

En general, la economía durante la era de Pinochet tuvo un comportamiento estable, pese a la crisis ocurrida en 1982 y al deterioro de la democracia. Entre 1973 y 1989, ese país creció, en promedio, 2,9 % anual.

Pero el verdadero prodigio de Chile ocurrió después de la dictadura. Gracias al plebiscito nacional de 1988, que dio el aval para realizar elecciones al año siguiente, Augusto Pinochet dejó el poder en 1990 y dio paso a una era democrática y económicamente saludable.

Patricio Aylwin Azócar fue el presidente que inició el camino de Chile hacia la democracia y quien tuvo el reto de unir a un país polarizado políticamente. No hay que olvidar que Pinochet fue un dirigente de amores y desamores, esto se evidenció en el plebiscito de 1988, cuando el 43,01 % de los votantes le dio el “sí” al dictador para que continuara en el poder hasta 1997.

Pese a la polémica desatada por su oposición acérrima a Allende y el apoyo a Pinochet, antes de la dictadura, Aylwin se convirtió en un símbolo de la democracia del siglo XX en ese país y en un articulador de acuerdos entre sectores distantes de la sociedad. De hecho, fue uno de los cabecillas que posibilitó la peculiar alianza entre el centro y la izquierda para derrotar el régimen militar mediante el plebiscito.

Durante su mandato, entre 1990 y 1994, hizo varias acciones para restablecer la democracia y superar el conflicto entre unos y otros. Al iniciar su gobierno conformó la Comisión Retting, con el objetivo de investigar las violaciones a los derechos humanos en la dictadura. Este primer intento por esclarecer la verdad concluyó que 2.296 personas murieron en el régimen.

En términos económicos, Aylwin se destacó por promover una serie de reformas y continuar con otras que fueron impulsadas durante la dictadura militar. En su gobierno, llevó a Chile a crecer a una tasa promedio de 7,7 % anual y la pobreza se redujo de 38,6 % en 1990 a 27,6 % en 1994.

Desde que Chile dejó la dictadura, ha transitado por líderes de diferentes corrientes políticas como Aylwin, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, Ricardo Lagos Escobar, Michelle Bachelet y Sebastián Piñera, quienes han mantenido la prosperidad económica y los efectos positivos de la transición a la democracia. Entre 1990 y 2017, creció a un ritmo de 4,85 %, una cifra superior a la del régimen militar.

Indudablemente, el liderazgo jugó un papel fundamental en el proceso de transición de la dictadura a la democracia en Chile, ya que contó con mandatarios que lograron unir a la sociedad, por encima de las diferencias ideológicas, y establecer las políticas económicas e institucionales necesarias para posicionar a esa nación en la cúspide de América Latina.

Sin embargo, hay que reconocer que, a diferencia de otros países que han pasado de regímenes autoritarios a democracias, Chile, en el aspecto económico, tuvo un reto más sencillo. La nación que recibió Aylwin de Pinochet es muy distinta a la que heredó Raúl Alfonsín de la dictadura cívico-militar argentina.

El ocaso del Proceso de Reorganización Nacional en Argentina

Entre 1976 y 1983 Argentina vivió uno de los momentos más críticos de su historia moderna en manos de una dictadura militar. Durante esos años, la población fue testigo del terrorismo de Estado (desapariciones, torturas, secuestros de niños y represión contra minorías), la corrupción y la crisis económica, que desencadenó en la inestabilidad del crecimiento y aumentó el desempleo, la pobreza y la deuda externa.

El primer mandatario de ese periodo de juntas militares, conocido como Proceso de Reorganización Nacional, fue Jorge Rafael Videla, quien sucedió a María Estela Martínez de Perón, tras un golpe de estado en 1976.

La heredera de Perón recibió el país con un panorama internacional, político, social y económico complejo, que se agudizó en 1975 con el drástico ajuste que realizó su ministro de economía, Celestino Rodrigo, al realizar una devaluación del peso frente al dólar del 160 % para el cambio comercial y del 100 % para el financiero. Eso provocó una inflación de 777 % anual, una caída del PIB de 0,03 % al final de ese año, un desabastecimiento de varios productos esenciales, el aumento brusco de los precios de la gasolina, el transporte y la electricidad, y un incremento de solo el 45 % en los salarios, que no fue suficiente para mitigar los altos costos.

Ese momento, conocido como El Rodrigazo, provocó una serie de disputas, presiones y huelgas en Argentina, que intensificaban los rumores del ocaso de la democracia con un golpe militar, que finalmente se dio el 24 de marzo de 1976.

Durante la dictadura, que duró siete años, la situación social se agudizó por completo, debido a la represión instaurada por el régimen militar. Asimismo, las políticas económicas generaron una catástrofe en el país y terminaron por intensificar lo que ya venía aconteciendo.

El desbordado gasto público y la dependencia de los dólares para mantener la dictadura, provocaron que la deuda externa aumentara 478 % entre 1976 y 1983. También, durante ese periodo, el crecimiento fue intermitente. Al final del régimen, indicadores macroeconómicos, como la pobreza y la inflación, se ubicaban en 19,1 % y 434 %, respectivamente.

El fin del régimen militar en Argentina llegó el 10 de diciembre de 1983, a raíz de un proceso de elecciones democráticas convocadas por el último dictador, Reynaldo Bignone, quien se vio obligado a ponerle fin a ese periodo, tras la presión internacional por las violaciones a los derechos humanos, las protestas sociales y la derrota en la Guerra de las Malvinas.

Raúl Alfonsín fue el hombre que se encargó de dar el primer paso de un nuevo sistema democrático que se mantiene en la actualidad. Su campaña para llegar al poder se caracterizó por las intenciones de unir a las diferentes ideologías políticas que se enfrentaban en ese entonces.

En su gobierno creó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas y fueron condenados varios militares por crímenes de lesa humanidad durante la dictadura. Igualmente, realizó varias transformaciones que permitieron la libertad a muchas expresiones y acciones que habían sido reprimidas bajo el régimen.

En el plano económico no le fue bien. A Alfonsín se le juntó la desfavorable situación interna y externa, que recibió del anterior gobierno, con la crisis de deuda latinoamericana. Aunque en un principio logró detener la inflación, en 1989, a pocos meses de haberle cedido el poder a Carlos Menem, alcanzaba un nivel histórico, superior al 3.000 %. Asimismo, la pobreza llegaba al 47,3 % en octubre de ese año.

Desde que Argentina dio su paso a la democracia, ha tenido un crecimiento inestable y paradójico. Solo hasta 2003 empezó a ver una verdadera reactivación económica pero con fluctuaciones durante los últimos años. De hecho, 2018 fue uno de sus peores periodos: el PIB cayó 2,6 %, la inflación fue del 47 % y se perdieron 191.300 puestos de trabajo, consecuencia del lastre que dejó el mal manejo de las cuestionadas administraciones Kirchner y la falta de celeridad del gobierno Macri.

Si bien es cierto que Argentina recuperó su democracia, en el aspecto económico no ha tenido la misma suerte o, por lo menos, no una como la de Chile. Es una nación que después de 1983 se ha visto envuelta en diversos escándalos de corrupción por parte de sus máximos líderes, con graves problemas de gasto público (superior al 39 % del PIB) y el aumento exagerado de la deuda externa, heredado de la dictadura, que en el segundo trimestre de 2018, llegó al 77,4 % del PIB, según un informe de CEPAL.

Estos factores han puesto una importante brecha entre Chile y Argentina, pese a ser países vecinos. Mientras el primero vive una época de prosperidad, el otro no deja de vacilar.

Ahora bien, es evidente que Venezuela, hundida en una crisis económica, política y social en este momento, es un país que necesita un líder democrático, que vele por la verdad, la justicia y la reconciliación entre los habitantes y los actores externos. Además, debe implementar una política económica que impida que se cometan los mismos errores de Argentina u otros países que han transitado por autoritarismos y que no han logrado recuperarse completamente. Para esto, es necesario que aquel que tome las riendas del país vecino se comprometa de lleno a recuperar las instituciones venezolanas, corroídas tras décadas de corrupción.

Este artículo fue publicado en la edición «Universo TIC» de La Nota Económica

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