Crisis económicas. Una constante argentina.

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“Argentina está a un paso del colapso económico (de nuevo)” reza el título de un artículo de la revista Forbes México del 4 de marzo. Para los que estamos familiarizados con la situación económica, política y social de Argentina sabemos que “de nuevo” no tiene nada. De hecho, y solo contando aquellos sucesos graves (algunos analistas hablan de seis desde la primera presidencia de Perón), este país sudamericano tuvo tres grandes crisis económicas (políticas y sociales también) en 1982, 1989 y 2001, lo que indica que estaría ante el cuarto suceso. Si lo que se cuenta en este artículo fuera el desempeño en un campeonato mundial, sin dudas sería todo un logro, un evento del cual los argentinos, apasionados por el fútbol, se sentirían verdaderamente orgullosos.

Muy por el contrario, aquello que Forbes México está señalando es cómo un país con un nivel de desarrollo medio, con una de las economías más industrializadas de la región (junto con Brasil) y con niveles de desigualdad inferiores a la media regional, está nuevamente por entrar en un espiral descendente por sus niveles crecientes de inflación, endeudamiento y estancamiento. El caso argentino ya se perfila, entonces, como uno que registra, cada 10 años, una crisis nacional.

Sin querer pasar por agua tibia la responsabilidad con la que carga el gobierno actual, liderado por Macri, con su aporte para que la grave situación se acelere y empeore, lo cierto es que existen factores estructurales que explican las cíclicas crisis económicas. Esas condiciones parecieran condenar a la Argentina a un permanente ciclo de breves picos de expansión, seguidos de caídas abruptas con un resultado agregado que va mostrando cómo el país se ha deteriorado progresivamente desde hace varias décadas.

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Hay explicaciones de todos los gustos y colores sobre esta dinámica viciosa. La ensayada por Marcelo Diamand (1929-2007), un ingeniero, empresario y economista argentino parece, a criterio de este columnista, como una de las mejores a la hora de auscultar con precisión el monstruo que se ha enquistado en la estructura económica del país.

Según su visión, Argentina es un país con una industrialización incompleta –necesita de bienes intermedios y de capital para producir bienes finales–. Esto quiere decir que cuando su economía está en expansión –crecimiento– sus importaciones aumentan a una velocidad mayor que las exportaciones, causando una presión sobre el sistema cambiario.

Básicamente, lo que señala Diamand es que los empresarios necesitan más dólares de lo que el mercado puede atraer para responder al crecimiento de la demanda de productos industrializados que una economía en crecimiento necesita. A esto hay que sumarle otro factor, y es el cambio de hábitos de consumo de personas que frente a un aumento de sus ingresos, tienden a comprar más productos importados, así como también tienden a aumentar sus viajes al exterior.

Todos estos factores provocan un desequilibrio cambiario que los sucesivos gobiernos han respondido casi con la misma receta, esto es, con una devaluación y/o con endeudamiento externo. Generalmente, primero devalúan y luego piden plata. Al tener una economía semi-industrializada, que depende de los productos importados para mantener su ritmo de crecimiento y aumentar sus exportaciones (ingreso de dólares), una devaluación provoca un aumento generalizado de los precios (inflación) que a su vez impacta de manera negativa en el sector bancario que comienza a dolarizar sus ahorros para no perder ingresos, metiéndole mayor presión al sistema cambiario.

Entonces, y siguiendo la lógica de Diamand, la crisis se produce cuando existen faltantes de dólares en el mercado, algo que, a su vez, provoca un estancamiento-decrecimiento de la economía nacional. Es aquí donde el endeudamiento externo comienza a jugar su papel y como la devaluación no consigue “corregir” el desequilibrio cambiario, el gobierno no ve otra salida que pedir dólares al mercado financiero o a los organismos internacionales de crédito (FMI). Si lo que se busca mediante esa maniobra es un salvavidas, se le pide un préstamo al FMI, pero si todavía se puede nadar un poco más, se recurre a la banca internacional. En el camino a veces la suerte juega a favor y algún gobierno amigo, como en el caso del venezolano con Chávez, que compró bonos argentinos, le presta algunos dólares pero, generalmente, eso nunca sucede.

A estas alturas, con la piscina sin agua, se hace muy difícil mantener el equilibrio económico, ya que todas las variables se desajustaron y comienza a reinar el “sálvese quien pueda”. Por lo tanto, cada dólar que ingresa al mercado es salvajemente disputado, pero ya no para mantener la producción interna sino para ahorrar (salvarse ante una nueva depreciación) o fugar capitales (para resguardar los dólares conseguidos). En síntesis, como resultado de este carrusel, el gobierno se encuentra sin dólares para producir y reactivar la economía, pero con una deuda externa (en dólares) que debe pagar. La cereza de la torta es la crisis económica con potencial default (cesación de pagos) que asoma al final.

Ahora bien, algunos lectores inteligentemente apelarán al argumento de que la situación de la industrialización incompleta no es exclusivamente argentina, de hecho varios países del continente y del mundo la comparten. Sin embargo, no todos tienen recurrentes crisis económicas. A lo cual, Diamand responderá que es acá donde los gobiernos nacionales aportan lo suyo.

Los diferentes gobernantes, para el caso argentino en particular, no lograron consensuar un modelo de desarrollo económico que pudiera dar luces sobre los lineamientos macroeconómicos a seguir, contribuyendo de manera conjunta a la perpetuación de la crisis, aunque vale aclarar que algunos más que otros. Cada equipo gobernante trae su receta para responder al problema estructural. Pasamos de un gobierno proteccionista-desarrollista, que privilegia el mercado interno a través de un capitalismo estatal en donde el estado participa activamente en el mercado, estableciendo las reglas de juego y favoreciendo siempre la producción nacional (el Kirchnerismo ha seguido esta línea) a otro complemente distinto de corte neoliberal-aperturista donde se privilegia las reglas del mercado, se restringe la participación estatal, se disminuye el gasto público y se abre el mercado interno a las importaciones (el Macrismo ha seguido esta otra línea).

De esta manera, pareciera difícil concebir un modelo de desarrollo capaz de sostenerse en el tiempo y dar resultados económicos sostenidos. La diferencia con nuestros vecinos radica justamente en este punto. Chile escogió un modelo de desarrollo basado en el librecambio y Brasil en el proteccionismo, que han sostenido a lo largo de las últimas décadas. Sin entrar en la discusión de cuál es mejor, cuestión que debería ser tratada en otra columna por su complejidad, lo cierto es que en ambos casos hemos visto cómo evitaron crisis recurrentes y han ido consolidando mayor estabilidad macroeconómica con resultados algo más auspiciosos aunque desde ya diversos.

Por: Rodolfo Colalongo
Università Degli Studi di Salerno

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