El vía crucis de la primavera latinoamericana

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Nuestra región esta convulsionada y completamente movilizada intentando reivindicar derechos económicos, políticos y sociales. Es una búsqueda por plasmar aquel sueño republicano que aglutinó y movilizó a la gesta independentista detrás de las sociedades más justas e igualitarias. Una materia pendiente entre nosotros.

La movilización y paralización espontánea de la vida en comunidad que hemos visto recientemente está cosechando, como resultado, una represión brutal por parte de las autoridades estatales. ¿Son acaso palos de ciego de una dirigencia deslegitimada que generó una docena de muertos en Ecuador, al menos 23 en Chile, unos 30 en Bolivia y cuatro en Colombia? Mientras que en algunos de estos países se apaciguan los ánimos, en otros la situación permanece y no cede, mutando en una especie de movilización permanente a pesar de los vanos intentos de la clase política por emparchar y maquillar, con medidas tibias, el descontento generalizado. En ese mar proceloso, que las protestas unifican como patrón común, hay particularidades y señas que destacar.

El reguero de pólvora encendió a Ecuador. Lenín Moreno tuvo que dar marcha atrás con la medida de aumentos de combustibles para recuperar el control de la ciudad de Quito. Intentó acallar las protestas sociales, principalmente las indígenas, con el uso de la fuerza por parte de la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas. Fue en vano y le torcieron el brazo, pues tuvo que sentarse a negociar con los representantes indígenas aglutinados en la CONAIE. Solo así retornó la calma al vecino país.

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La mecha se prendió luego en Chile, tras el aumento de 30 pesos (0.042 dólares) decretado por el gobierno para el Metro de Santiago, una medida que desató la protesta inmediata porque llevaría a este servicio a convertirse en uno de los más caros de la región. La manifestación inicial culminó en metros quemados y estaciones destruidas producto del enfrentamiento entre los manifestantes y la fuerza pública. Tras ese estallido la ciudadanía volvió a las calles para protestar por la brutal represión sufrida por los estudiantes. El reclamo principal derivó, rápidamente, una acumulación de demandas sociales. En las redes sociales se viralizó una frase que, de modo contundente, resumió el asunto de fondo: “no fueron 30 pesos, fueron 30 años”.

El presidente Piñera, escaso de reflejos y sin tino alguno, fustigó con una sorprendente alocución, rodeado de los comandantes de las fuerzas armadas y de carabineros, en la cual sostuvo que su país estaba en “guerra”. Retrocedió el reloj de la democracia y, como en los tiempos de la dictadura, decretó el estado de emergencia, reinstauró el toque de queda y dio rienda suelta a la militarización de la protesta. A partir de ese momento, los abusos y las violaciones de los derechos humanos por parte de la fuerza pública se multiplicaron por miles. Los “excesos” en el uso de la fuerza que se denunciaron incluyeron abusos sexuales, torturas y ejecuciones extrajudiciales. La represión desatada por el gobierno se descontroló por completo, pero las manifestaciones no menguaron; contrario a esto, se intensificaron y generaron una crisis política de tal envergadura que el presidente chileno puso a disposición la renuncia de todo su gabinete ministerial.

La barbarie que trató de imponer Piñera activó las alarmas en la CIDH, la cual envió una comisión para evaluar la situación humanitaria en el país que hasta hace poco era el “modelo” que el resto de la región debía seguir en la ruta hacia el desarrollo. El supuesto camino a la modernidad se derrumbó como un castillo de naipes ante la evidencia de un neoliberalismo que murió por sus contradicciones y medias verdades. El manantial de la prosperidad parece haberse derramado sobre unos pocos.

El caso boliviano es, en términos futboleros, un partido que se juega en otra cancha, la del retroceso a los tiempos más oscuros de la región. Evo Morales fue elegido como presidente en 2006 y logró, en sucesivos comicios democráticos, su continuidad en el poder hasta noviembre de 2019, momento en el que fue “obligado” a renunciar. La causa fue un supuesto fraude que nunca existió. El error fue presentarse para un cuarto mandato consecutivo cuando había perdido el referendo y la constitución se lo prohibía. El resultado fue el exilio de Morales y la toma del poder por parte de la derecha boliviana, mediante un golpe cívico-institucional-militar con apoyo internacional y una escalofriante represión a la población indígena con numerosos muertos y heridos.

Para variar, la OEA fue cómplice de la ruptura abrupta del orden institucional en el vecino país. Primero lo hizo poniendo en duda las elecciones presidenciales (supuesta causa del golpe) y en segundo lugar, reconociendo al gobierno de facto a la cabeza de la senadora Jeanine Áñez. Sin embargo, la raíz del golpe no radica solamente en el hecho sabido del odio hacia lo que Evo representaba sino en el éxito de su modelo de económico que combinó crecimiento, inclusión y desarrollo. Un peligro para el neoliberalismo reinante en la región.

En Colombia las protestas se inician dentro del marco de manifestaciones sociales de la región, pero a diferencia de Chile, Bolivia y Ecuador no existió un disparador o una medida puntual que haya provocado la masiva salida de los ciudadanos a protestar. Más bien, se trataría de algo así como una concatenación de hechos que se fueron solapando y generando el caldo de cultivo para las mismas. Al intento del gobierno de Duque de desarmar el proceso de paz con las FARC le sucedió el rumor -por demás cierto- de una reforma laboral y pensional que llevaría al país a tener un sistema similar al chileno con menos garantías para los trabajadores, un aumento de la edad pensional y hasta una posible privatización completa del sistema. Medidas que en caso de concretarse emparentarían a Colombia con ese Chile que sus propios ciudadanos están repudiando en las calles y por el que están exigiendo cambios a la matriz desigualitaria que sostiene a su sociedad.

El paro nacional que se activó el pasado 21 de noviembre escaló hasta un “toque de queda” en Bogotá con el Ejército patrullando las calles capitalinas. La situación de protesta aún continúa, aunque, al menos, por ahora y dentro de una tensa calma, el presidente Duque sopesa sus próximos pasos. Se pone en juego, en los siguientes días, su capacidad política de dar respuesta a las demandas sociales para evitar, como ha sucedido en los países vecinos, que las protestas escalen a una crisis política.

En la región está en juego la inclusión social y económica de la mayoría de las personas. Evidentemente, hay un grupo reducido que no está dispuesto, bajo ninguna circunstancia, a perder sus privilegios a costa de la mayoría de la población. El resultado es el hartazgo de las mayorías. Es hora de darse cuenta de que así no se puede continuar más. Nadie reclama un comunismo soviético o chino, ni la eliminación de la propiedad privada o la acumulación de la riqueza. La gente solo está pidiendo un modelo de desarrollo con inclusión e igualdad de oportunidades y un gobierno que regule las desavenencias del mercado. En resumidas cuentas, un capitalismo de Estado.

Por: Rodolfo Colalongo

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