La universidad colombiana frente a las demandas sociales

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Para el futuro inmediato, el valor total de la actividad universitaria solo podrá ser alcanzado en la medida en que esta y la sociedad a la cual sirve se encuentren orgánicamente vinculadas a través de su compromiso inmediato con el conocimiento, la sociedad y la formación ético-política de sus estudiantes.

Las dificultades para esta articulación necesaria provienen del medio externo y, de modo principal, de las siguientes variables:

  • La demanda creciente por la educación de tercer nivel, que ha convertido a las universidades en centros de docencia y capacitación más que en ámbitos para la investigación, el desarrollo de la capacidad de pensar con autonomía intelectual e incrementar la capacidad para el trabajo riguroso y metódico que, a su vez, disciplina y propicia la formación de correctos ciudadanos.
  • Las nuevas demandas de los mercados laborales, cada vez más diferenciados y versátiles, que obligan a las IES a ser funcionales a sus necesidades instruyendo profesionales competentes en oficios y ocupaciones para que se facilite su inserción en el mercado laboral y se creen mejores condiciones para las empresas en materia de innovación y competitividad.
  • Las nuevas formas de producción y gestión del conocimiento que obligan a las universidades a operar en forma de redes, a cambiar sus estructuras de gestión y a vincularse a instituciones de investigación externas cuyos intereses y finalidad no se acoplan bien entre sí. A su vez, los recursos invertidos en esta actividad son replanteados en función del tamaño y la magnitud de los proyectos, así como por la urgencia de participar en rankings en los que el tamaño de la inversión en Investigación y Desarrollo cuenta de modo significativo.
  • Los efectos de la globalización en la educación superior que hacen poner la mirada en aspectos como la movilidad académica de profesores y estudiantes, la flexibilidad de los currículos y la estructuración común de patrones de formación que garanticen las homologaciones de títulos y equivalencias de materias de un país a otro.
  • El interés creciente que el sector externo está poniendo en las universidades porque después de casi cincuenta años de esfuerzos, las IES y el sector productivo están entendiendo la importancia de alianzas mutuas para avanzar en competitividad en una economía global.
  • El valor real de aparecer en los rankings internacionales y su impacto objetivo en el mejoramiento continuo de la calidad de las instituciones. La inquietud tiene que ver con la capacidad real de trabajar con estándares internacionales como los exigidos en el de Shanghai Jiao Tong, cuyas exigencias se centran en el valor de la inversión en investigación, en el número de profesores de tiempo completo dedicados a la investigación y la educación avanzada, entre otros. Por su parte, los estándares nacionales trabajan sobre presupuestos derivados de un modelo de universidad cuyas condiciones materiales de reproducción se han agotado.
  • La incorporación de nuevas tecnologías en los procesos de aprendizaje significativo, tomando la distancia crítica necesaria y aprovechándolas como recurso para incrementar el acceso y la educación a lo largo de la vida.

Estas circunstancias generan turbulencias en las universidades y se agudizan por la carencia de una política de Estado en el mejoramiento de la calidad de la educación superior, situación que se agrava por la debilidad técnica del Ministerio de Educación Nacional para intervenir, de modo pertinente, en las dinámicas de transformación de las instituciones.

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La lucha por la calidad no debe confundirse con el incremento de control y vigilancia del servicio público de la educación de tercer nivel. Como lo ha señalado el BID, citando a Malcom Gillis: «hoy más que nunca en la historia humana, la riqueza -o la pobreza- de las naciones depende de la calidad de la educación superior. Aquellos con un repertorio más amplio de habilidades y una mayor capacidad para aprender pueden alegrarse de antemano de una vida futura de satisfacciones económicas sin precedentes. Pero en las décadas por venir, los pobremente educados afrontarán más bien tristes prospectos de vidas de silenciosa desesperación».

El desafío consiste, entonces, en: a) ser capaces de competir en la economía del conocimiento; b) colaborar en la intensificación del proceso de desarrollo social y económico; y c) vencer los principales obstáculos de la mejor manera, más allá de la negligencia de los últimos años en el valor estratégico de la educación superior.

Dos características se observan en el nuevo discurso sobre la educación universitaria; de una parte está la velocidad de los cambios y de otra, la centralidad que tiene en la discusión a la pertinencia, desplazando, inclusive, el mejoramiento de la calidad, frecuentemente reducido por los gobiernos a intervenciones de «control y vigilancia».

Todos estos fenómenos ocurren con frecuencia a espaldas de las IES que se encuentran, como dice B. Clark, en una especie de «vértigo de adaptación», enfrentando una fuerte crisis de legitimación y relevancia frente a la sociedad, el gobierno y los usuarios de los servicios. A esto se agrega que: los gobiernos no han dispuesto de una planeación indicativa sectorial que oriente y comunique direccionalidad al Sistema de Educación Superior en su conjunto, y las normas son contradictorias y muchas veces expresan más los intereses de sectores interesados en consagrar sus privilegios en un mercado lleno de asimetrías.

Esta crisis es perceptible en la gestión interna de las instituciones y debe ser entendida en su verdadero sentido porque constituye una clave para el análisis de las transformaciones en curso.

Una visión de conjunto de estas turbulencias parece indicar que se trata de una incoherencia entre la visión que la «universidad tradicional» tiene de sí misma y las expectativas que los grupos de interés actuales tienen de ella. Para pocos de estos grupos, cuentan los valores básicos que defienden y practican: libertad intelectual, autonomía, valor de la crítica e interés de la universidad en la formación integral de sus egresados.

A la universidad se le pide, por el contrario, que produzca conocimiento de frontera sin profesores bien formados, que capacite profesionales de manera rápida y poco costosa y que se articule a la solución de los problemas del país sin que las propuestas de quienes detentan el poder puedan ser discutidas. Los grupos de interés requieren una «universidad funcional», orientada por los mercados.

En esta dirección la pregunta es: ¿cómo construir la universidad necesaria sin sacrificar su idea original como institución jalonada por el conocimiento y la crítica, buscando ser pertinente, fiel a sí misma, si esta no identifica claramente el compromiso con el país y si los gobiernos se alejan cada vez de sus obligaciones en materia de financiamiento y adecuada intervención? En este contexto es posible, con cierto realismo, identificar algunas tareas para la construcción de la universidad necesaria en el país. En estas se encuentran:

  • Identificar una direccionalidad a las políticas públicas en materia de educación para evitar la improvisación e inadecuada intervención de los gobiernos en la prestación del servicio público de la educación de tercer nivel. Debido a que los gobiernos no lo han hecho, las universidades podrían tomar la iniciativa.
  • Asumir la responsabilidad social en el fomento de la democracia y el incremento de la participación de la sociedad civil. Esto implica una revisión profunda de los esquemas de formación profesional y ética de los estudiantes, y un compromiso en la actividad de investigación.
  • Sugerir políticas públicas para democratizar el acceso a la educación superior. Para esto es necesario diversificar la oferta educativa, articular los diferentes niveles de educación, flexibilizar los currículos y crear seguimientos y apoyos a la población de alto riesgo entre los primeros cinco semestres.
  • Generar una política pública de inversión en ciencia y tecnología, de modo que las normas al respecto pierdan en retórica lo que ganan en efectividad mediante programas financiados para la formación avanzada, la articulación entre las universidades y el sector productivo, la inversión del sector privado en educación y la diversificación de las fuentes de ingreso en el sector oficial.
  • Redefinir sus funciones sustantivas de investigación, docencia y articulación con la sociedad en el marco de una economía global, una sociedad del conocimiento y en coherencia con los nuevos escenarios que establecen sus condiciones internas de operación.

Asumir “ser relevantes” no significa que las universidades tomen por sí solas la tarea del desarrollo, reemplazando la acción de los gobiernos. Se trata de desarrollar nuevos liderazgos, de realizar los cambios necesarios ante escenarios cambiantes, e incrementar su potencial para asumir su responsabilidad como instituciones estratégicas con el objetivo de atender las urgencias de la pobreza, manteniéndose autónomas y fieles a su «idea» original. El desafío último seguirá siendo: contribuir a la construcción de una sociedad más abierta, crítica y flexible.

Por: Luis Enrique Orozco
Profesor titular de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes.

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