Mirada pro-economía a los “grises” de la territorialidad

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En las últimas décadas y en diversos países ha sido usual que se considere, en mayor medida a las obras civiles y en menor volumen a las construcciones arquitectónicas, que además de tener injerencia significativa en el producto interno bruto también representa una crisis  mal llamada “la brocha de la cual agarrarse si se quita la escalera”. Más allá de la vigencia que esta consideración mantenga, resulta útil apreciar con los mismos fines a estas obras y construcciones, en este caso a la luz de una noción actualizada de territorialidad.

Para el efecto, se propone entender por esta noción a la relación compleja entre hechos puntuales y hechos extensos; es decir, un hecho puntual (una obra civil, una construcción arquitectónica) se da en un territorio dado y tiene incidencia en el mismo, o, dicho de otra manera, está en un contexto territorial y genera territorio.

A su vez, la complejidad se entiende por la mutua transversalidad que presentan entre ellas las variables de espacio (geografía), tiempo (historia) y humanidad (seres), sintetizada en términos culturales, en esa relación. De acuerdo con esto es dable suponer que la territorialidad contiene múltiples y diversos matices, acerca de los cuales vale la pena ampliar y ahondar en busca de establecer si enriquecimiento cultural puede ser concomitante con enriquecimiento económico.

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Sobre la base de que economía, por etimología, es la administración de la casa, se puede trasladar esta acepción al nivel del planeta en cuanto casa de la humanidad. Un rápido repaso acerca de tendencias en el mismo nivel permite hacer un balance según el cual en promedio la construcción artificial (obras y edificaciones) está en “obra gris”.

Esto, porque los estratos socioeconómicos altos dominan dos de los tres atributos que posee lo tangible, como son la funcionalidad y la estética, y a los cuales se les adapta el tercero, la significación; mientras que los estratos bajos superviven o se resisten desde sus legítimos significados, siendo marginales en lo funcional y “pordebajeados” en lo estético. Para acceder a “obra blanca” no se trata simplemente de acabar con la “obra negra” (término asignado aquí a lo físico, ya que lo humano siempre es humano), sino que se esperan sendos movimientos de parte de estas dos condiciones de estrato.

En cuanto a la alta, su máxima representación, el progreso, ha de realizar un proceso de resiliencia distendiendo los avances tecnológicos y científicos destructores para tensionarlos hacia el diálogo de saberes con el instinto, la intuición y la conciencia presentes en los seres y comunidades populares. Y en cuanto a la segunda, ha de sobrellevar la iniciativa en la sostenibilidad del planeta, soportada en la interiorización que posee lo popular con respecto a la patrimonialidad.

Esta resiliencia y esta iniciativa han de producir un paisaje mundial de democracia cultural (no de personas) con todas las tonalidades de “gris cultural”, expresión de la constitución de las grandes variables de lo cultural sobre la base de escalas; la espacial: de edificación, calle o sendero, barrio o vereda, y ciudad o pueblo; la temporal: de cotidianidad, historicidades y gran historia, y la humana: de individuo, comunidad o colectividad y sociedad.

Como la situación no está para comprar caja de colores, comencemos a trabajar con el primer lápiz que tengamos a la mano.

Por: Arq. Édgar José Camacho C.
Decano del programa de Arquitectura de la Universidad Piloto de Colombia

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