Todo crece en Colombia, menos el empleo

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En la pasada columna hablé de las duras condiciones del mercado laboral en Colombia, con un aumento en la tasa de desempleo en los últimos tres años. Uno esperaría que las razones estuvieran ligadas a la debilidad de las empresas que operan en el país, el bajo crecimiento económico, entre otros. La realidad es que sucede todo lo contrario.

Lo primera consideración es que las empresas no son las únicas responsables de la competitividad del país, como varios funcionarios del gobierno lo quieren hacer ver. Es el Estado el que debe proveer las condiciones necesarias para que las empresas puedan aprovecharse de esto. Infraestructura, innovación, condiciones económicas, etc., deben ser una decisión del Estado.

En 2018, el país creció un 2,7 %; los ingresos de las 1.000 empresas del sector real más grandes del país aumentaron en 15,5 % (hasta los $ 679,9 billones); los activos aumentaron en 8,9 % (hasta los $ 986,3 billones) y las ganancias de estas crecieron en 56,9 %.

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Bajo estos resultados, las empresas deberían haber aumentado los niveles de empleo en el país, pero el enfoque del gobierno ha sido el de beneficiar a los grandes monopolistas y el capital especulativo, lo cual ha aumentado sus ganancias, en detrimento de la generación de empleo en las actividades con valor agregado.

Durante 2018, la desocupación aumentó hasta las 2.406.000 personas, un crecimiento de 4 % con respecto a 2017 y los ocupados apenas crecieron un 0,3 %, lo cual habla de la debilidad de la estructura laboral en el país, que se ha centrado en fortalecer sectores que no son generadores de empleo. Estos resultados, además, se dan en un escenario en el cual, por la Ley de Financiamiento aprobada a finales de 2018, no han empezado a operar los distintos beneficios tributarios a las empresas y que iniciarán su aplicación en 2020, lo cual aumentaría más sus ganancias.

Bajo este panorama, es necesario tener en cuenta que, dentro de las 1.000 empresas más grandes del país en el sector real, la distribución está de la siguiente manera: manufacturas (32,8 %), comercio (30,3 %), servicios (22,5 %), construcción (6,6 %), minería e hidrocarburos (5,4 %) y agropecuario (2,4 %). A pesar de esta estructura, el sector comercio representó durante 2018 el 24,9 % de los despidos en el país, siendo el segundo sector que más despidió gente durante el último año, tan solo por detrás del sector construcción, que tuvo el 25,8 % de los despidos. Por su parte, en el sector industrial los despidos representaron el 11,5 % del total para 2018, producto del proceso de desindustrialización que vive Colombia, reflejado en la continua reducción de la participación de ese sector en el PIB.

En resumen, pareciera que la economía incumple la lógica de que el mayor crecimiento, ya sea económico, en ingresos o utilidades de las empresas, genera una mayor ocupación y una eventual reducción en el desempleo.

No es una simple coincidencia. La idea de los últimos gobiernos ha ido encaminada al fortalecimiento empresarial, demostrado en los beneficios otorgados por las distintas reformas tributarias, sin pensar en el efecto -cómo debería ser- para la creación de empleo en el país.

Asimismo, la estructura productiva sigue dependiendo del vaivén del sector comercial y de los altos precios de bienes minero-energéticos, que parecieran ser la única suerte de la que viviría Colombia, algo que no ha sucedido en ningún país que hoy se considera desarrollado.

Ese no es el camino. Finalmente, no es culpa de las empresas, ha sido el gobierno quien ha fomentado la concentración de las ganancias en actividades que no generan empleo, como el sector minero, que no contribuye a la mejora en los indicadores de competitividad del país.

Por: Sneyder Rivera Sánchez
Economista de CEDETRABAJO

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