A casi tres décadas de una mentira

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Aunque con detractores, la evidencia empírica demuestra que el comercio internacional ha jugado un papel fundamental en el desarrollo económico de múltiples países. Desarrollar las ideas que hace siglos plantearon padres de la economía moderna, ha permitido que la calidad de vida de millones de personas se eleve y que otros tantos salgan de la pobreza.

A principios de los años noventa, con el fin de aprovechar las bondades del comercio trasnacional y elevar la productividad, la administración Gaviria dio inicio a lo que se conoce como “la apertura económica”. Sin entrar en mayores detalles, lo que se hizo durante ese proceso de liberalización comercial fue insertar a Colombia en los mercados internacionales, al reducir las barreras arancelarias y demás prohibiciones a las importaciones que había hasta ese entonces.

Aquellos que tuvieron que vivir el proceso en carne propia recordarán que hubo debates, no solo sobre la utilidad de dicha apertura, sino de la velocidad a la cual deberían eliminarse las barreras. Mientras algunos abogaban por una liberalización gradual, con el fin de darle oportunidad a la industria nacional para que se equiparara con sus competidores foráneos, otros defendían la inmediatez.

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Quizás sin proponérselo, por las fuerzas mismas del mercado, terminó ganando la introducción rápida de las reformas y el derrumbe de las barreras se dio en poco tiempo. En consecuencia, múltiples industrias sufrieron duros golpes y más de un empresario quebró en cuestión de meses (solo hay que revisar lo ocurrido con el sector algodonero).

Ante este escenario, no fueron pocas las voces que agitaron el clima económico aduciendo el rotundo fracaso de dicha política. Décadas después, se siguen escuchando los ecos de aquellos que pregonaron la debacle que trajo la apertura.

Sin embargo, las cifras de la inserción de Colombia en los mercados mundiales cuentan otra historia. Si se comparan las exportaciones e importaciones con respecto al PIB –una relación comúnmente utilizada para determinar el grado de apertura económica de un país–, la cifra se ha mantenido cercana al 35 % desde mediados del siglo XX. Entonces, ¿qué pasó con la apertura?

La respuesta, que no les gusta a los críticos del libre comercio, es que, si bien desde los años 90 los aranceles nominales han bajado a niveles inferiores al 10 %, las barreras no arancelarias (licencias sanitarias, documentos técnicos, procedimientos aduaneros, etc.) se incrementaron. De hecho, el equivalente arancelario de esas barreras fue del 117 % en 2012 –desde el 30 % que representó en 1990–. La capacidad de lobby de algunos sectores supera la voluntad de apostarle a la productividad. Milagrosamente tenemos intercambio comercial.

Mientras países como Chile, Perú y México tienen tasas de apertura del 68 %, 45 % y 56 %, respectivamente, Colombia se mantiene rezagada y abierta a discursos populistas que no cuentan toda la verdad.

Para los curiosos o desconfiados, todas estas cifras están detalladas en el libro “Comercio exterior en Colombia: política, instituciones, costos y resultados”, lanzado hace pocas semanas por el Banco de la República. Valdría la pena que aquellos que acusan al libre comercio de ser una fuente de males para la industria local, le dieran una mirada.

Por: Juan José Escobar Jaramillo
Editor en jefe

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