¿Cesó la horrible noche?

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Tras unos años de mediocres crecimientos y de conformismo de los indicadores económicos, en los que en la mayoría de países de la región reinó la popular expresión ‘peor es nada’, parece que la recuperación por fin está a la vista –al menos, para la mayoría de las economías latinoamericanas–.

Si bien tampoco hay que esperar un repunte espectacular, hay que destacar que el fin de las recesiones en Argentina y Brasil es una buena noticia para toda la región. Y es que el efecto positivo es de doble vía. Por una parte, el fortalecimiento de estas dos economías significa que el intercambio comercial de la región se verá fortalecido; por otra, que la economía brasilera –una de las más grandes de América Latina– empiece a despertar es el primer paso para que los inversionistas extranjeros pongan, con mayor interés, su mirada en las economías del continente.

No obstante, el panorama en el largo plazo requiere de ajustes de fondo para que la región tenga un despegue hacia el desarrollo. Como es apenas natural tras una coyuntura como la que se vivió desde 2014 ante el choque petrolero, ahora lo importante es consolidar la estabilidad que se ha adquirido en los últimos trimestres.

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Por ello, es indispensable que se empiecen a sanear las cuentas fiscales de las naciones latinoamericanas, y, así, traer estabilidad y confianza a la región. Obviamente, esto no quiere decir que se suspenda el gasto público, sino que este sea sostenible y se enfoque en políticas de desarrollo. Las prioridades a este respecto deben ir hacia el cierre de brechas de infraestructura, la formación de capital humano, la formalización laboral, la profundización de la integración comercial, la lucha contra la corrupción, la investigación, la tecnología y la innovación, entre otros elementos.

Pequeños ejemplos de éxito pueden encontrarse a lo largo de toda América Latina: estabilización monetaria en Argentina, infraestructura en Ecuador, reestructuración de la canasta exportadora en Colombia, etc. Cada país tiene sus cartas para mostrar, pero también tiene fallas en las cuales es apremiante trabajar. Por esto, es necesario aprender de los errores, tanto propios como ajenos, para que cada país continúe avanzando hacia el desarrollo.

Y es que, al mirar las cifras de productividad y competitividad –que han venido decreciendo en los últimos años–, es claro que la tarea que queda por delante es titánica. El Fondo Monetario Internacional así como la CEPAL han encontrado que la baja productividad es uno de los principales problemas de la región. Además, si a esto se le suman los más recientes resultados del índice Doing Business del Banco Mundial, en el cual los países latinoamericanos se ubican después de media tabla –pues las barreras a la iniciativa privada son muchas–, quedan más dudas que certezas acerca del futuro de la región a largo plazo.

Así las cosas, América Latina –con todo su potencial– no puede quedarse simplemente celebrando una débil recuperación que escasamente empieza a recortar parte del terreno perdido en los últimos años. Es una obligación aprovechar las lecciones aprendidas para sentar las bases que permitan un crecimiento sólido que supere los periodos presidenciales y que realmente acorten las distancias con las economías más avanzadas. De lo contrario, seguiremos adorando al Sol cuando otros ya, desde hace un buen rato, llegaron a la Luna.

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