Éxitos de los 90

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Para hacerle frente al difícil panorama del sector edificador –con una contracción del 8,8 % en el primer trimestre de 2019–, el Ministerio de Vivienda lanzó una serie de medidas encaminadas a reactivarlo. Una de las que más llama la atención es la reducción del monto de la cuota inicial necesaria para acceder a un crédito hipotecario, que se busca bajar del 30 % al 10 % del valor total del inmueble para el caso de vivienda no VIS.

La lógica detrás de esto es facilitar la adquisición de vivienda para miles de familias que difícilmente pueden reunir el valor de la cuota inicial de una casa y, por esta vía, dinamizar el sector constructor. Si bien es cierto que flexibilizar este requerimiento tiene un fin loable, la medida también tiene riesgos que no pueden pasarse por alto. Además, los efectos sobre el sector constructor se verían en el mediano plazo.

En el caso de los créditos hipotecarios, los horizontes de tiempo son largos con una madurez entre los 15 y 20 años –aunque hay casos de hasta 30 años–. En ese lapso son muchas las variables que están en juego y la realidad de hoy puede resultar una utopía en un par de años.

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Las dinámicas del mercado laboral podrían dejar a cientos de deudores sin la posibilidad de pagar los créditos y, si están endeudados por el 90 % de su vivienda, los riesgos de impago se incrementan y debilitan la solidez de las entidades bancarias. Este lúgubre escenario nos pondría a transitar por los espinosos caminos de la crisis de finales de los años 90 con el fracaso del UPAC, que puso a tambalear al sector financiero del país y, de paso, a toda la economía –no olvidemos la contracción del 4,2 % del PIB en 1999–.

En respuesta, con el fin de cubrir ese riesgo, el sector bancario podría optar por cobrar tasas de interés más altas para aquellos que soliciten el crédito por el 90 % de la vivienda, con lo cual el hogar podría terminar pagando más que si se hubiera propuesto ahorrar el 30 % de la cuota inicial, como se venía haciendo hasta ahora.

Claramente, el límite de financiación del 70 % no es un número mágico que mitigue todos los riesgos (en la mayoría de países la norma es más laxa), pero el afán por reactivar un sector de la economía no puede desestimar los peligros que las medidas propuestas pueden generar.

Los defensores dirán que el segmento al que apunta la medida es el no VIS, de manera que estamos hablando de hogares de ingresos medios y altos que tienen buena capacidad de pago. Esto puede ser cierto, pero nada garantiza que a largo plazo y, como se dice popularmente, “el que tiene para el whisky tiene para el hielo.” Un hogar con buenos ingresos probablemente tendrá forma de ahorrar el 30 % para la cuota inicial.

Dicho esto, no se trata de desechar de un tajo la iniciativa del Gobierno. Quizás algún nivel de flexibilización sea adecuado, pues es claro que vivimos en un país muy diferente al de hace 20 años. Lo importante es que este tipo de medidas se tomen con una visión de largo plazo, alejadas del calor de una coyuntura y de las necesidades de mostrar resultados inmediatos. De lo contrario, el remedio podría resultar peor que la enfermedad.

Por: Juan José Escobar Jaramillo
Editor en jefe

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