Grietas en la cúspide de la pirámide

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Los motivos que llevan a un estudiante a recibir un curso de posgrado son múltiples: actualización laboral, adquirir nuevos conocimientos acerca de un tema específico, mejorar el potencial de empleabilidad, incrementar los ingresos o, incluso, “lavar el diploma” de pregrado.

Todas estas son razones válidas y sólidamente fundamentadas. Según los datos del Ministerio de Educación Nacional (MEN), más del 90% de los recién graduados de programas de posgrado ingresan directamente al mercado laboral –aunque también hay que decir que la probabilidad de trabajar al momento de estudiar es bastante alta–.

Además, los ingresos medios de “enganche” para las especializaciones, maestrías y doctorados son, en la mayoría de los casos –dependiendo de factores como tipo de curso, universidad, área de conocimiento y sector económico al que ingresa– más atractivos que los de pregrado. De hecho, la información recopilada por el Observatorio Laboral para la Educación (2016) muestra que mientras un recién graduado de pregrado devengó mensualmente, en promedio, $1’606.000, uno de especialización llegó a $3’121.000, un magíster alcanzó $4’000.000 y un doctor $6’100.000 –sin entrar a polemizar acerca de si estos son o no salarios acordes con la inversión en tiempo y dinero realizada por los estudiantes–.

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Por supuesto, no hay que dejar de lado que, en general, un estudiante de posgrado cuenta con algún tipo de experiencia laboral –lo que también influye en el salario a devengar–, pero, aun así, es claro que un título posterior al pregrado ofrece la posibilidad de mejorar los ingresos y la empleabilidad.

Desafortunadamente, muchos aspirantes a estos títulos se quedan a medio camino. La deserción en los programas de posgrado, si bien no tiene tanta cobertura mediática como en los demás niveles educativos, es preocupante. Según el MEN, tras 4 semestres, el 53% de los matriculados en una especialización han desertado, y en maestrías y doctorados ese número llega a 47 y 25%, respectivamente.

Estas grietas en los niveles más avanzados del sistema educativo son un llamado de atención de cara al desarrollo del país. No solo porque un sector de la población ve truncadas sus esperanzas de un mejor futuro, sino porque este también es un perjuicio para la sociedad.

Y es que si se quiere mejorar en competitividad, investigación y desarrollo es necesario contar con especialistas, maestros y doctores capacitados en todos los sectores económicos –tal como lo plantea el Plan Decenal de Educación 2016-2026 en algunos de sus apartes–, que sean capaces de ponerse a la vanguardia de sus áreas de conocimiento.

De seguir por este camino de posgrados a medias, el país continuará rezagado y el sector privado –e incluso el público– será solo un espectador más de los adelantos que permanentemente se dan en otras latitudes.

Juan José Escobar
Editor de La Nota Económica

Este editorial hace parte de la nueva edición de “Posgrados 2018-2019” de La Nota Económica. ¡Suscríbase!

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