La caverna tecnológica: entre Platón y Orwell

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A nadie le queda ninguna duda de las enormes ventajas y bondades que en tantos frentes las TIC les han proporcionado a la humanidad. Sin embargo, es cada vez más frecuente ver el lado oscuro que plantea la mala utilización de las herramientas tecnológicas, pareciera que la tergiversación del deber ser de las cosas es inherente al ser humano.

Ejemplos de esto no son nuevos: la dinamita, originalmente pensada como una manera de abaratar los costos de construcción, terminó siendo un arma letal de gran uso desde la primera Guerra Mundial; el avión, siguió ese mismo camino; y la energía atómica tampoco se quedó atrás. En fin, se puede pensar en cualquier avance o invento y es bastante fácil identificar –o imaginar– su alter ego menos benevolente.

En la actualidad, en la pregonada sociedad de la información, es precisamente ella –la información– la que empieza a volverse en contra nuestra. Lo paradójico es que, dadas las facilidades con las que contamos para comunicarnos y acceder a una cantidad infinita de datos, parecemos estar menos conectados y más desinformados con lo que realmente pasa a nuestro alrededor.

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Los más recientes escándalos por la captación, manipulación y filtración de millones de datos de usuarios de Facebook, así como la explosión de las llamadas fake news –que han contribuido a polarizar aún más el ambiente electoral– nos muestran qué tan vulnerables y manipulables somos.

Lamentablemente, en este mundo donde la privacidad parece una invención de la ciencia ficción, los responsables de esto hemos sido nosotros mismos. Nos encontramos viviendo una versión moderna de la cueva de Platón, donde nuestra realidad son las sombras manipuladas que nos proyectan aquellos que tienen nuestra información y la manipulan en favor de intereses que no siempre están alineados con el bien común: Brexit, elecciones presidenciales, movimientos accionarios, terrorismo, etc.

En esta cueva, además, nos hemos convertido en actores secundarios de una adaptación de la novela de George Orwell, “1984”; en donde un (o unos) “gran hermano” nos tiene en permanente vigilancia, presto a aprovechar cualquier información que caiga en sus manos.

¿Quiere decir esto que debemos entregarnos al pánico y retroceder al mundo analógico de hace unas décadas? Para nada. Lo que sí debemos hacer es asumir responsabilidades: ser conscientes de la información que estamos compartiendo y a la que estamos dando acceso, verificar las noticias que llegan a nosotros por medio de las redes sociales y grupos de Whastapp. En pocas palabras, evitar ser manipulados.

De lo contrario, y manteniendo las proporciones, no seremos más que unos terroristas de la información, creyendo y compartiendo ciegamente cualquier noticia o afirmación que llegue a nuestros celulares. Parece el llamado de un paranoico, pero a la luz de los más recientes acontecimientos, es mejor prevenir; no vaya a ser que la manipulación escoja al futuro presidente.

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