Repitamos nuestra historia

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En esta edición conmemorativa del bicentenario, vale la pena recordar un hecho que, afortunadamente, no pasó desapercibido para los historiadores de la independencia y que es de gran actualidad.

Tras el desenlace de la Batalla de Boyacá, el 7 de agosto de 1819, la desordenada retirada del ejército realista dejó aislado de su tropa a su comandante, General José María Barreiro, el cual se dio a la fuga con dos de sus oficiales. Despuntando la noche, un par de soldados patriotas, el negro José y Pedro Pascasio Martínez –este último con tan solo 12 años de edad–, encontraron y enfrentaron a la reducida escolta del General Barreiro.

El comandante español, al verse perdido, le ofreció al niño varias monedas de oro que llevaba consigo, para que lo dejara huir. Sin embargo, Pedro Pascasio no se dejó deslumbrar por esa –nada despreciable– fortuna y le ordenó a Barreiro mientras lo amenazaba con su lanza: “siga adelante y si no, lo arreamos”. Minutos después, el General capturado era llevado ante Bolívar.

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La paradoja de la historia del país está en que, mientras el nacimiento de Colombia tuvo como un hecho memorable el rechazo de un soborno, pareciera que, en la actualidad, la construcción del mismo se basara en dádivas, coimas y mordidas, por solo mencionar unos de los términos para referirse a estas prácticas ilegales.

No quiere decir esto que los corruptos hayan aparecido hace solo 200 años, por supuesto que no. La codicia es casi inherente al ser humano –mas no la corrupción– y en esa medida las acciones ilegítimas han estado presentes desde el comienzo de la sociedad. Sin embargo, la codicia no es mala en sí misma, el pecado está en la forma de saciar ese sentimiento.

Una cosa es trabajar duro para salir adelante y alcanzar una mejor calidad de vida y otra es dedicarse a actividades o prácticas ilícitas que perjudican a toda la sociedad por cuenta de intereses particulares.

Lo vemos casi a diario en Colombia. Es tan común, que, por ejemplo, ya ni siquiera sorprende que las obras públicas se retrasen o tengan billonarios sobrecostos porque un político o empresario se llevó una tajada y el proyecto quedó desfinanciado. La evasión y elusión de impuestos es tan alta –puede superar el 25 % del recaudo anual– que si se eliminaran esas prácticas, sería innecesario tramitar reformas tributarias. Colombia tiene tantos carruseles de corrupción –contratación, hemofilia, salud, etc.– que parece una versión deprimente de una feria de pueblo venida a menos.

Mientras no seamos capaces de ir más allá del interés personal, seguiremos desperdiciando el potencial del país y ahondando los problemas que tenemos.

Valdría la pena que recordáramos nuestra historia para repetir ese ingente momento de Pedro Pascasio Martínez, porque, a manera de fantasía: ¿Qué hubiera pasado si la captura –o intento de captura– de Barreiro se hubiera dado hoy? ¿Estaría el General bajo custodia o habría un soldado gastando oro a manos llenas como si hubiera descubierto una huaca?

Juan José Escobar Jaramillo
Editor en jefe

Este contenido pertenece a la edición Colombia Regional Bicentenario de La Nota Económica.

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