Lecciones de un tipo X

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La democratización y masificación del conocimiento, que hace varios siglos estaba reservado para líderes religiosos y la alta clase social, es el precursor de nuestro avance como sociedad. Sin duda, la principal herramienta que tenemos en la actualidad para continuar con ese proceso de irrigación de información es el internet. Esta red global de servidores, computadores y dispositivos móviles transformó la manera en la cual compartimos información, poniéndola al alcance de miles de millones de personas en cuestión de milisegundos.

Sin embargo, la génesis de esta transformación parte de un invento que hoy parece modesto, pero que para el momento de su nacimiento, fue tan disruptivo como aquella red. La aparición de la imprenta en occidente en 1440 –pues hay registros de dispositivos similares en China cerca de 400 años antes–, fue el catalizador del renacimiento, gracias a la mayor facilidad y rapidez para transmitir y replicar el conocimiento. Las ideas, entonces, pudieron permear más mentes en menos tiempo, los libros y la lectura rompieron las barreras que mantenían el conocimiento tras las paredes de abadías, palacios y castillos.

Medio milenio después, un libro fabricado en una imprenta más moderna, llegó a manos de un prisionero en EE. UU. y tuvo consecuencias insospechadas. La historia de vida del recluso no era para nada ideal: su padre murió cuando tenía seis años y, a los doce, su madre fue recluida en una institución para enfermos mentales. Debido a esto, él y sus hermanos fueron separados y llevados a diferentes hogares sustitutos. Cuando cumplió 17 años dejó la escuela y se fue a vivir por su cuenta a New York, donde entró al mundo del crimen y la adicción a las drogas. Dos años más tarde fue arrestado y condenado a 10 años de prisión.

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Hasta aquí, la breve biografía encuentra varios puntos en común con las vidas de otros cientos o miles de presos en todo el planeta. Sin embargo, a partir de su llegada a la cárcel y, más específicamente, cuando incorporó la lectura a su rutina diaria, su vida empezó a cambiar. Pronto se vio inmerso en las páginas de cada libro que tenía la biblioteca de la prisión –desde historia hasta religión– y, además, empezó a escribir.

Como consecuencia, al salir de la prisión, aplicó las ideas y enseñanzas que le dejaron los libros que leyó y aprovechó su adquirida y mejorada fluidez con las palabras, para darle un vuelco a su vida. Así, Malcolm Little, el otrora criminal en ascenso, se convirtió en Malcolm X, uno de los más renombrados activistas por los derechos de los afroamericanos en EE. UU.

Al margen de polemizar alrededor del activismo de este personaje, el mensaje que queda es que la educación y el conocimiento tienen alcances sumamente poderosos. La lectura y la comprensión lectora son habilidades con el potencial de cambiar vidas por sí mismas, más aún si son amplificadas dentro de los procesos formativos de los colegios y universidades.

La lección que dejó Malcolm X a las generaciones futuras –más allá de sus actividades en pro de la igualdad social– es que es responsabilidad de cada quien sacar el mayor provecho de las herramientas que tiene a su alcance, y que, a diferencia de la época en la que vivió Malcolm X, hoy son prácticamente infinitas.

Por: Juan José Escobar Jaramillo
Editor en jefe

Contenido publicado en la edición «Universidades 2020», de La Nota Económica.

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