Una gran y débil cadena

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Lamentable. Esa es la única palabra que se viene a la mente cuando Paul Romer, uno de los economistas más reconocidos y respetados en todo el planeta y expresidente del Banco Mundial, develó que el ranking Doing Business, que periódicamente construye la entidad que presidía y es un indicador que da cuenta del clima y eficiencia empresarial de un país, había sido manipulado de mala fe. Las motivaciones políticas al interior de ese organismo multinacional fueron las responsables de esa tergiversación.

En este caso, Romer hizo referencia explícita a los resultados que en los últimos años se publicaron para Chile, los cuales mostraban un, aparentemente ficticio, detrimento del indicador durante el más reciente mandato de Michelle Bachelet y un repunte en el de Piñera. Más allá de las implicaciones que ello tuvo en materia política y económica –que no es algo menor–, este es un triste recordatorio de que los intereses personales y la corrupción son capaces de permear cualquier entidad, empresa u organismo. Se nos olvidó que hasta aquellos grupos que supuestamente buscan el bien común, también se sustentan en las virtudes y errores de sus integrantes.

Queda, entonces, aprender de los errores y hacer una invitación doble. Por una parte, a analizar las cifras más allá de los resultados, indagar el porqué de estos y no simplemente conformarse con lo publicado –sea cual sea la fuente–. Por otra, ya desde una óptica mucho más aterrizada al deber ser de la economía (el aspecto normativo, como dirían los teóricos), a ser conscientes acerca del papel de cada uno de nosotros dentro de la gran cadena de suministro que es nuestro planeta en la actualidad.

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Hasta que no entendamos que somos eslabones en una inmensa red logística y que cada decisión que tomamos tiene repercusiones para todos, seguirá primando el interés personal sobre el general. Mientras se califique como “viveza empresarial” un soborno para obtener un contrato o librarse de algún trámite, mientras un trabajador crea que sustraer –robar– una ínfima cantidad de materia prima de la empresa no tiene ningún perjuicio, mientras usuarios de sistemas masivos de transporte decidan “colarse” –sin importar la excusa que se tenga–; seguiremos teniendo obras públicas deficientes, procesos y productos más costos en las empresas, y una movilidad que tiene más afinidad con un canto de la Divina Comedia de Dante –de algún círculo del infierno, por supuesto–, que con la productividad y calidad de vida de una ciudad del siglo XXI.

Múltiples han sido las veces que desde esta editorial se ha llamado la atención para corregir las conductas corruptas. Y es que si seguimos pensando en el “Doing amaño”, la trampa y en el “cómo voy yo”, no será posible avanzar hacia el pregonado desarrollo económico y social, tema muy de moda de cara a las elecciones que se avecinan y en donde tantas veces hemos fallado como electorado, pero ese ya es un tema aparte.

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