Del parcial a la práctica

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Imagen: Pixabay.
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Aunque los títulos académicos son una señal de los trabajadores para el mercado laboral, las estadísticas muestran que las habilidades necesarias para desempeñar los cargos vacantes no están siendo desarrolladas por los estudiantes. Sin buscar culpables, la solución al problema tiene varias aristas y su horizonte de aplicación es de largo plazo.

Es más que obvio afirmar que la educación es la herramienta por excelencia para promover el desarrollo económico y social. Gracias a ella los salarios medios se incrementan y es evidente la relación positiva entre los años de estudio y los ingresos percibidos. De hecho, en Colombia, un trabajador con posgrado, devenga, en promedio, un salario ocho veces superior al de uno que solo ha completado secundaria.

Además, como ya se ha dicho en ediciones anteriores, el desempleo y la informalidad golpean menos a aquellos que cuentan con niveles educativos más altos. Esto, por supuesto, redunda en la calidad de vida, no solo del trabajador, sino de su hogar. Así, invertir en educación es, casi siempre, una apuesta segura.

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Sin desconocer esto, cifras recientes muestran un fenómeno preocupante que empieza a sembrar dudas sobre la pertinencia y la calidad de la educación. Según un reporte de Manpower, alrededor del 45 % de las empresas latinoamericanas formales expresaron tener dificultades para llenar sus vacantes, muy cerca del 48 % que registraron las ubicadas en países de la OCDE. En comparación, la cifra en Colombia no es mucho mejor, al llegar al 42 %.

El problema es que, para las empresas, los aspirantes a los cargos vacantes no cuentan con la preparación ni con las habilidades necesarias para cumplir con los requerimientos mínimos del trabajo al que aplican. Es decir, el sistema formativo –no solo en Colombia sino en todo el planeta– está dejando vacíos en la adecuada educación de los estudiantes y que solo parecen salir a flote una vez ingresan (o intentan ingresar) al mercado laboral.

Las implicaciones de esto van más allá de un incremento en la dificultad para encontrar trabajo y alcanzar todos los beneficios que promete la educación para los individuos. Al sumar todos los aspectos microeconómicos, los efectos sobre los indicadores agregados redundarán en pobreza, desempleo, desinversión y menor crecimiento económico, por mencionar solo un puñado de sus efectos.

La pregunta que surge, es si es posible corregir esas falencias y cómo hacerlo. En un mundo que está demandando un mayor número de habilidades y conocimientos más específicos en diferentes áreas productivas, cerrar las brechas entre lo que se enseña y lo que se aplica debe ser una prioridad.

Un frío y poco halagüeño diagnóstico

Sin pretender “echar más sal a la herida”, es necesario poner en evidencia las fallas para poder corregirlas. Retomando las cifras del estudio de Manpower y extendiendo sus implicaciones, es importante resaltar que un tercio de las empresas afirman que, debido a la brecha de habilidades, recurren a contratar personal extranjero para suplir sus vacantes. Esto, por supuesto, genera presiones en el mercado laboral, toda vez que habrá menos puestos para los locales.

A este efecto hay que añadirle los impactos que estas brechas tienen sobre la productividad y la innovación. En cuanto a la primera variable, la relación es evidente: cuanto mayor sea la brecha entre las habilidades y los requerimientos de la industria, menor será la productividad de un trabajador –si es que logra ser contratado–. Una empresa no solo incurre en costosas ineficiencias al destinar un mayor tiempo para buscar candidatos que minimicen la brecha, sino que una vez tengan al mejor candidato –o al menos peor, según el punto de vista–, deben incurrir en capacitaciones más profundas, detalladas y duraderas que las que harían con un empleado con las habilidades adecuadas.

Como consecuencia de esto, el lado de la innovación se ve perjudicado, pues los recursos destinados a adecuar el capital humano van en detrimento de inversiones en investigación y desarrollo. De hecho, según la consultora PricewaterhouseCoopers, cerca del 33 % de las empresas considera que la brecha de habilidades que presenta el talento humano disponible, reduce la innovación, producción y crecimiento empresarial.

En línea con esto, los datos del Banco Mundial dejan ver que en Latinoamérica, el 12 % de las empresas considera que la inadecuada formación de los trabajadores y, por consiguiente, una mayor brecha de habilidades, constituyen un obstáculo para el desarrollo de negocios en la región. Si bien ese guarismo puede parecer reducido, vale la pena destacar que ese 12 % supera a otros obstáculos identificados por las empresas, como altos impuestos (10 %), crimen e inseguridad (8,1 %), corrupción (8 %), inestabilidad política (7,8 %) y regulaciones laborales (5 %), entre otras. Es más, solo dos factores generan más trabas que la brecha de habilidades: el acceso al financiamiento (14 %) y las prácticas del sector informal (12,2 %).

Al proyectar los efectos de los obstáculos a los negocios debido a la brecha de habilidades sobre los agregados macroeconómicos, es claro que uno de los principales rubros que se ven afectados es la inversión. En el caso de Colombia, un bosquejo a mano alzada de lo que significaría cerrar tal brecha, podría traducirse en ganancias nada despreciables en materia de crecimiento económico. Asumiendo que ese 12 % de empresas que ven la brecha como un obstáculo incrementara en un 1 % la formación bruta de capital del país, se añadiría un billón de pesos al PIB, sin contabilizar las ganancias en productividad que ello implicaría.

Además, también tendría impactos positivos sobre la informalidad laboral, lo que genera un efecto de ganancia doble, por cuanto los egresados de las instituciones de educación superior (IES) podrán acceder con mayor facilidad a un puesto de trabajo con todas las garantías legales. Así, de manera paralela, se reduce el obstáculo de las prácticas informales –que resultaron ser el segundo ítem dentro de los principales obstáculos para el desarrollo de negocios en la región–.

Colombia y los países de la región presentan cifras demasiado débiles en las tres áreas básicas. No obstante, la que más preocupa es la lectura, pues ella es vital para el desarrollo de, prácticamente, cualquier otra habilidad. Si no se cuenta con comprensión de lectura, al estudiante le será muy difícil abordar adecuadamente un texto de cualquier disciplina, no solo de humanidades. Además, en comparación con el promedio de la OCDE y los ejemplos de Portugal y España, en Latinoamérica son muy pocos los casos de alumnos con alto desempeño en alguna de las tres áreas que cubren las pruebas.

Claramente, esto se traduce en un desaprovechamiento del potencial del capital humano en la región, lo que termina repercutiendo en la economía de cada uno de los países con estos problemas. Metaanálisis del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) encontraron que la diferencia entre las habilidades de los trabajadores estadounidenses y las de los latinoamericanos crearon una brecha en el PIB per cápita en una relación de 3,56 a 1. Esto, solo por cuenta de mejores desempeños en etapas tempranas del proceso educativo, los cuales favorecen el desarrollo y adopción de nuevas habilidades en la formación profesional.

La discusión debe volcarse hacia la calidad de la educación, pues los niveles de cobertura de las primeras etapas son similares tanto para Latinoamérica como para EE. UU. Incluso, en secundaria y media, las tasas de matrícula no son tan diferentes. Del mismo modo, el BID no encontró diferencias significativas en términos de recursos públicos y privados entre el gigante del norte y América Latina, y tampoco al determinar el tiempo que le dedicaban los padres y trabajadores a desarrollar habilidades.

Tales hallazgos refuerzan la necesidad de mejorar la calidad de la formación en nuestra región. Aunque esto no significa desconocer que una persona que haya crecido en una región y hogar con mayores ingresos tiene una mayor probabilidad de desarrollar mejores habilidades que sus pares en condiciones de menores ingresos. Es decir, hay que trabajar tanto en la calidad, como en la igualdad de acceso al interior de la región. Ahora bien, esto no implica que las IES no tengan que trabajar en mejorar sus estándares de calidad. Dejando de lado el elemento de la cobertura, que en Latinoamérica rondan el 40 %, no es posible dejar que el puñado de estudiantes que logra acceder y graduarse de este nivel educativo, salga al mercado laboral con las falencias que han identificado los empresarios. En este sentido, al menos mientras se dan los cambios en los niveles iniciales en el sistema de educación, las IES tienen que fungir como la última línea de defensa en la búsqueda de desarrollo de habilidades.

Sinergias al final de la cadena

Con el fin de alcanzar un emparejamiento más adecuado entre las vacantes que ofrece el mercado laboral y los nuevos trabajadores, es necesario coordinar al sector productivo con el académico, de tal forma que desde las IES se fomenten las habilidades que requiere la industria. Y es que, quizás de forma no planeada, pero como una manera de suplir las falencias con las que salen los estudiantes, son múltiples las empresas que ofrecen capacitación a sus empleados.

De acuerdo con el BID, alrededor del 50 % de las empresas de Latinoamérica ofrece algún tipo de capacitación para sus empleados. Aunque este es un porcentaje elevado, no se equipara con el casi 65 % mostrado por los países de Asia y el Pacífico.

No obstante, este tipo de labor se puede mejorar si hubiera una mayor coordinación entre los sectores económicos y la academia. Al identificar las necesidades de la industria desde antes de que los estudiantes salgan al mundo laboral se evitaría destinar recursos productivos hacia el complemento de las habilidades que perfectamente se podrían haber obtenido en la IES. Por supuesto, hay habilidades específicas que solo pueden desarrollarse en la medida en que un trabajador se desenvuelve en sus actividades –manejo de maquinaria o software específicos de la industria, por ejemplo–, pero esto no representa un uso ineficiente de los recursos de una empresa, como sí lo es el tener que “reentrenar” habilidades que debieron ser obtenidas en la IES.

En este sentido, ha habido llamados de expertos para que las IES desarrollen programas académicos acordes con la dinámica del aparato productivo y ofrezcan incentivos para que un mayor número de estudiantes se matriculen en programas que tienen alta demanda laboral. Para algunos, esto podría tener un tinte de planificación centralizada, en la cual el gobierno define quién estudia qué.

Sin embargo, ofrecer herramientas para que los estudiantes tomen decisiones de manera informada acerca de lo que está buscando y va a necesitar en el futuro el mercado laboral, no parece una mala idea. No se trata de imponer carreras, solo dar más información. Así, es posible que las brechas entre las habilidades de los trabajadores y las necesidades de la industria sean cada vez menores.

Del mismo modo, otras alternativas se encaminan a que las IES ofrezcan la posibilidad de escoger entre perfiles de estudio investigativos y prácticos. Tal propuesta busca que aquellos estudiantes que tienen una vocación más académica puedan enfocar sus esfuerzos hacia la expansión del conocimiento por medio de maestrías y doctorados –pues no es lógico que por estar buscando llenar vacantes se descuide el trabajo de investigación y desarrollo–, mientras que aquellos más prácticos desarrollen habilidades que les permitan aplicar el conocimiento en la industria.

En línea con esto último, la posibilidad de que los estudiantes realicen prácticas profesionales durante un periodo más largo, podría complementar mucho mejor la educación recibida en las aulas, al tiempo que se pulen las habilidades que requieren para desempeñarse exitosamente en la industria. Esto implicaría una ligera modificación de algunos pensum al darle un giro hacia el “aprenda haciendo en el mundo real”.

Ahora bien, el desarrollo de habilidades no acaba con la entrada al mundo laboral, por el contrario es solo una meta más. En un mundo que avanza con rapidez, las habilidades que le permitieron a un trabajador alcanzar un puesto, difícilmente lo mantendrán en la misma empresa o industria a la vuelta de unos años. La formación debe ser permanente.

Así las cosas, el problema de las habilidades tiene un carácter estructural que no podrá ser corregido a corto plazo. Desde el punto de vista de la política pública, los esfuerzos deben encaminarse hacia cerrar las brechas que hay entre los estudiantes provenientes de hogares con mayores y menores ingresos, para que estos últimos logren desempeñarse con el mismo nivel de sus compañeros más favorecidos.

Adicionalmente, hay que acelerar y promover la comunicación y coordinación entre industria y academia, de tal manera que las habilidades que se desarrollan en las clases sí sean las que requiere el mundo laboral. A la par con esto, se debe propender por elevar la calidad en todos los niveles educativos, para facilitar el proceso formativo en etapas avanzadas de cara al mercado laboral. Aunque se requieren salidas rápidas al problema, es claro que la solución es de largo aliento.

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