Agrotecnología: el campo se transforma

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Imagen: Freepik.
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Ahora que el mundo enfrenta la necesidad de duplicar su abastecimiento de alimentos para los siguientes años, la tecnología se consolida como una aliada para aumentar la producción agrícola en Latinoamérica. Pero, pese a los avances, el apoyo y la inversión para los emprendimientos de innovación, y las actividades del agro en general, aún necesitan un respaldo mayor que posicione a la región como la gran despensa global.

A medida que la expectativa sobre el crecimiento de la población aumenta, con una proyección de más de 9.000 millones de habitantes para 2050, los organismos internacionales advierten sobre la necesidad que tendrá el mundo de incrementar en más de un 50 % la producción de alimentos para satisfacer la demanda global, de la cual, el 85 % proviene de la agricultura.

Este desafío se ha convertido en una oportunidad para América Latina y el Caribe que, como bien ha dicho la FAO, tiene las condiciones geográficas suficientes para seguir desarrollando la agricultura y liderando la producción y exportación de alimentos para abastecer a la población mundial.

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Si bien un reciente informe de la OCDE y la FAO indican que la producción agrícola tendrá un crecimiento de 15 % a nivel mundial, las cifras para la región son más optimistas y proyectan un aumento del 22 % en sus cultivos y del 16 % en los productos pecuarios para la siguiente década, lo que evidencia un rendimiento superior al promedio global.

Sin embargo, no es un secreto que existen diferentes limitantes que aún impiden el desarrollo de este sector a nivel industrial, como la crisis de rentabilidad, la falta de educación, la poca inversión en infraestructura y las cadenas de comercialización ineficientes. A estos se suma la necesidad de incorporar nuevos modelos de producción sostenibles y de innovaciones tecnológicas que mejoren las actividades del campo y promuevan su empresarización, un reto en el que hay que dar pasos acelerados.

Ninguna industria ha sido ajena a la transformación digital. En la agrícola, particularmente, este concepto sigue cobrando mayor relevancia cada vez. Es así como este sector ha sido impactado por una tendencia conocida como agrotech, que surgió por la relación de áreas tecnológicas tradicionales, como la biotecnología, las tecnologías de información, la sustentabilidad y la innovación en el procesamiento y distribución de productos alimenticios.

Por ejemplo, en la actualidad, ya existe maquinaria capaz de detectar las malezas que hay en los cultivos de maíz y, luego de analizarlas, inyecta una dosis precisa de herbicida a cada foco de maleza, permitiendo un ahorro de casi 95 % de este agroinsumo.

Por su parte, organizaciones como la FAO también proyectan la digitalización como una realidad que impactará cada parte de la cadena agrícola. Mediante estas herramientas, la gestión de los recursos será inteligente y funcionará en tiempo real, de forma hiperconectada y basada en datos. Asimismo, la tecnología permitirá rastrear detalladamente las cadenas de valor y actuar anticipadamente ante desafíos coyunturales, como los que son generados por el cambio climático, por ejemplo. Esto, a su vez, llevaría a incrementar la seguridad alimentaria, la rentabilidad y la conservación de los recursos naturales, así como a generar mejores oportunidades de mercado.

Sin embargo, pese a estos múltiples beneficios, en Latinoamérica falta una regulación clara para la adopción tecnológica y la innovación en todos los países. Una muestra de esto es el reporte anual del Global Innovation Index, en el que Chile fue el único país de la región mejor posicionado al ubicarse en el puesto 51; mientras que Colombia se ubicó en el 67, con una inversión de apenas 0,22 % del PIB en investigación y desarrollo durante 2018.

Otros países, como Brasil, también se destacan por hacer una inversión en este tema, al destinar alrededor del 1 % de su PIB. De hecho, junto con Argentina, esta nación era una de los que concentraba casi el 50 % de la producción agrícola por promover la investigación y el desarrollo, de acuerdo con datos de 2017, de la organización CropLife Latin América.

Por otra parte, un punto a resaltar es que, al observar el nivel de innovación en agrotech en la región, específicamente, ha sido evidente la creación de espacios geográficos o clústeres, que funcionan como centros de desarrollo tecnológico, en áreas donde hay mayores necesidades y oportunidades para la agricultura. De acuerdo con un estudio del BID, en 2017 se detectaron 38 hubs agrotech, mientras que en Argentina unos 37.

No obstante, los retos persisten y estos avances aún se quedan cortos para posicionar a la región en los primeros lugares del Índice Mundial de Innovación, responder a los desafíos de cada subsector de la industria agrícola y salir del rezago, ya que, mientras que Brasil destina el 1 % de su PIB en investigación, Corea del Sur e Israel más del 4 %, la Unión Europea el 3 %, y China y Estados Unidos más del 2,5 %.

Para ello se requieren acciones urgentes, como una mejor distribución de los recursos, el acompañamiento de los pequeños productores y la garantía de una mayor cobertura tecnológica. Por ejemplo, un país como Argentina que, según el Banco Mundial, cuenta con abundantes recursos naturales en energía y agricultura, extendidos en un territorio de 2,8 millones de kilómetros cuadrados, tendría un mayor potencial para liderar la producción de alimentos, con industrias de gran escala en industrias agrícolas y de ganadería vacuna, de no ser por los obstáculos institucionales que han impedido el desarrollo del país. En este sentido, a pesar de sus riquezas biodiversas, la pobreza sigue siendo un mal que impacta a más del 30 % de la población, en línea con el banco de desarrollo.

Y, si miramos el caso colombiano, el panorama no es distinto. A pesar del potencial agrícola en el país, la inversión por parte del Estado no ha sido suficiente para retener a la población rural, capacitarla en tecnología y motivarla a impulsar sus actividades como un negocio rentable. Incluso, cada vez hay una mayor preocupación por la reducción del presupuesto para el agro en más de $148.000 millones, según la SAC.

De este modo, el futuro del campo en la región tiene una alta dependencia en su digitalización. Además de los desafíos en infraestructura, los debates sobre su desarrollo también deben centrarse en la automatización de procesos, en la necesidad de educar a los campesinos y en el apoyo a las iniciativas que buscan mejorar estas actividades.

Análisis publicado en la edición «Proyecciones 2020-2023», de La Nota Económica.

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