El turismo comunitario como alternativa para el desarrollo regional

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Imagen: Flickr
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Conforme el acceso a la información se democratiza y con cada vez más personas enterándose de lo que ocurre en cualquier rincón del planeta, las iniciativas de turismo comunitario a pequeña escala pueden resultar beneficiadas. Si bien gran parte de la industria turística se encuentra en manos de los gigantes del sector, el turismo comunitario puede ayudar a que regiones con necesidad de desarrollo den un paso al frente por ese camino.

Los efectos positivos del turismo en las economías de los países no son despreciables. Organismos multilaterales sostienen que, de forma directa e indirecta, este sector aporta entre 8 % y 10 % del PIB mundial. En países con un amplio desarrollo turístico, ese porcentaje podría llegar a duplicarse.

Es por esto que, al momento de hablar sobre crecimiento y desarrollo económico y social, el turismo reluce en cada discusión, pues los réditos que deja en términos de divisas y empleo no son menores –sin desconocer que estos beneficios implican costos que van desde la seguridad hasta lo ambiental–. Las menciones sobre la importancia del turismo para la economía son generalizadas. En el caso Colombiano hay apartes completos en los planes de desarrollo sobre el sector turístico. Inclusive se formuló el Plan Sectorial de Turismo para la Construcción de la Paz 2014-2018, como una hoja de ruta para aprovechar las nuevas posibilidades que el posconflicto podía traer al país.

No obstante, hay que recordar que no todo el turismo es igual. Si bien en el imaginario común están el ocio, los negocios y las convenciones como factores preponderantes –con sus grandes cadenas hoteleras y gigantescas empresas como intermediarios–, hay un recodo reservado para un tipo particular de turismo: el comunitario.

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Esta actividad fue definida por la CEPAL como una estrategia local de aprovechamiento de ventajas sociales, económicas, ambientales y culturales, que pueden transformar la realidad o el entorno de las comunidades involucradas.

Sobre el papel, este tipo de turismo se diferencia en que el control de sus actividades está en manos de las comunidades locales que lo fomentan y los réditos obtenidos se invierten dentro de la misma comunidad y promueven la sostenibilidad del turismo. Es por esto que muchos pregonan que este tipo de iniciativas son un pilar para el desarrollo económico y social de miles de personas, no solo en Colombia sino en todo el planeta. Sin embargo, antes de apoyar ciegamente el turismo comunitario, vale la pena preguntarse si, en efecto, el papel trasciende a la realidad.

Reducción de pobreza y desigualdad

Uno de los principales motivos por los cuales varios gobiernos, particularmente de países en vía de desarrollo, impulsan el turismo comunitario desde las políticas públicas, tiene que ver con las ganancias socioeconómicas que deja esta actividad.

Investigaciones académicas han evidenciado las bondades que trae el turismo para la reducción de la pobreza. Los datos muestran que en Latinoamérica y el Caribe, un aumento del 10 % del gasto percibido por actividades turísticas se traducía en un incremento del 0,4 % en el PIB per cápita.

El estudio de casos particulares muestra otros efectos positivos. Por ejemplo, según el Marco Sectorial de Turismo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), un incremento del 1 % en las divisas percibidas por turismo en Nicaragua se traducen en una reducción del 0,54 % en sus niveles de pobreza. En el caso de Panamá, el 20 % de los ingresos procedentes del gasto turístico era captado por hogares pobres y en el caso de comunidades específicas con desarrollos de turismo comunitario, el porcentaje podía superar el 40 %. Esto sin contar las dinámicas directas e indirectas de generación de empleo, que redundan en un círculo virtuoso que puede sacar de la pobreza a miles de familias de los países con mayores necesidades socioeconómicas.

El empleo es una de las principales vías por las cuales se pueden aprovechar los beneficios que trae el turismo –en particular el comunitario–. De hecho, se ha demostrado que las mayores ventajas las obtienen las comunidades que proveen directamente los servicios turísticos, pues una mayor proporción del gasto de los turistas queda en sus manos.

En el mismo sentido, estudios de la Organización Mundial del Turismo (OMT) y de las Naciones Unidas (ONU) dan cuenta de la importancia que tiene el sector para la generación de empleo femenino. Un claro ejemplo de esto tiene que ver con la participación de mujeres en actividades de hotelería, hostelería y de alojamiento.

Según sus cifras, en América Latina y el Caribe, más de la mitad de los puestos de trabajo en ese sector están ocupados por mujeres. Esto, sin duda, constituye una buena fuente de reducción de desigualdad laboral, particularmente en aquellas regiones y comunidades que están alejadas de los centros turísticos tradicionales.

Cuando se trata de generación directa de empleo, América Latina resalta como la región con mayor proporción de mujeres trabajadoras en hostelería, superando el 50 % del total y prácticamente duplicando los índices de otros sectores de la economía regional. Por su parte, en el Caribe, África y Asia la hostelería también está a la cabeza en cuanto a mujeres empleadoras, aunque sus diferencias no son ni parecidas a las halladas en América Latina.

No obstante, esta es solo una cara de la moneda. Si bien la empleabilidad femenina es mayor en el sector de alojamiento, estudios empíricos han mostrado que persisten desigualdades salariales. Así, mientras un hombre gana US$10, una mujer recibe US$7,5 por el mismo trabajo y el mismo tiempo laborado. Es decir, las mujeres ganan en promedio un 25 % menos. Incluso, en algunas comunidades de Brasil, los investigadores han encontrado disparidades que superan el 35 %.

Es aquí cuando entra a jugar fuertemente el turismo comunitario, pues su objetivo es, precisamente, llevar los beneficios del turismo a los habitantes más vulnerables. Así como los efectos del turismo no son comparables entre un país con un desarrollo turístico avanzado como es el caso de Costa Rica y uno apenas incipiente como Nicaragua, tales divergencias también se presentan al interior de los países.

Los retos del turismo comunitario

Con el fin de aprovechar los beneficios potenciales que trae el turismo a los segmentos menos favorecidos de la población, es necesario que las políticas de desarrollo tengan en cuenta elementos para reducir las fallas ya mencionadas y otras que se desprenden de esta actividad.

Así, el eje central de las políticas públicas para la construcción del turismo comunitario tiene que ver con las necesidades. En este punto deben considerarse la capacidad que tiene la industria local, los efectos medioambientales, el perfil de turista al cual se está intentando atraer (religioso, aventura, ocio, negocios, etc.) y, por supuesto, las características propias de la comunidad en la que se quiere llevar a cabo esta iniciativa.

Una vez tomadas en cuenta estas variables, el plan a seguir debe construirse de tal manera que la actividad turística sea sostenible no solo desde el punto de vista ambiental, sino económico y social.

Es muy importante que la ambición no rompa el saco, pues una mala planeación terminaría en una ejecución inadecuada y los retornos esperados estarían lejos de alcanzarse. No se trata simplemente de atraer turistas, sino de saber hasta qué punto se está en capacidad de ofrecer servicios de calidad, cumpliendo con las expectativas de los visitantes sin que esto ponga en riesgo al medio ambiente y sin que se incentive la informalidad.

Desafortunadamente, ese fenómeno es muy recurrente en este tipo de actividades. El problema no es solo que la informalidad genera mercados paralelos que traen pérdidas irrecuperables de eficiencia, sino que con ella vienen la falta de educación y poca –por no decir nula– capacitación en asuntos concernientes al turismo.

En el caso colombiano, según el Centro de Pensamiento Turístico de Colombia, la informalidad laboral en el sector supera el 70,4 % –con Chocó como el más informal con 92,5 %–. El problema con estos indicadores es que hay una alta correlación entre informalidad y pobreza, sin mencionar que la primera también se relaciona negativamente con la educación tanto de actividades afines al turismo, como las demás.

Así, uno de los elementos a trabajar fuertemente para desarrollar el turismo comunitario (no solo en Colombia sino en cualquier región del mundo) es la capacitación y educación de los directamente implicados en las actividades turísticas. De lo contrario, se desaprovecharían los ingresos que podrían llegar a la región. La formalización de los trabajadores asociados al turismo ha mostrado incrementar los ingresos de estas personas entre un 18 % y un 33 %.

Ahora bien, aunque la educación supone un reto mayúsculo, también es necesario llevar a cabo una planeación y ejecución adecuada de la actividad turística a realizar. Si esta dupla falla, – lo que incluye la formación del capital humano y la inversión en el físico–, la región entra en un ciclo de crecimiento con el que empezará a atraer más visitantes. Sin embargo, tal como lo estableció Richard Butler, hace más de 30 años, este crecimiento, que en un principio puede parecer natural e inmodificable, llegará a un punto de saturación.

Llegado a ese punto, la región que implementó actividades de turismo comunitario enfrentaría diversos caminos. Por una parte, si no se cuenta con ningún tipo de innovación en los servicios que se prestan, o de no contar con un atractivo turístico diferente a los que le dieron el impulso inicial, es muy probable que el número de visitantes empiece a caer de manera acelerada. De darse este escenario, la comunidad que se desarrolló a partir del turismo, verá menguados sus ingresos y poco a poco se perderá el avance que dio el sector.

De otro lado, una buena gestión con avances en infraestructura y conectividad que facilite el acceso a la región, mantendrá posicionado al destino turístico dentro del radar de los viajeros. En este caso, las pérdidas de ingresos serían bajas y se mantendría una base más o menos estable de visitantes, aunque difícilmente se verían mayores ingresos y el mercado del turismo estaría saturado.

En contraposición, si se tienen servicios o actividades innovadoras y diferenciadoras, que atraigan a nuevos viajeros e inviten a regresar a antiguos turistas, la región se vería envuelta en un nuevo ciclo de crecimiento. Ahora bien, no siempre es posible superar el punto de saturación. Tarde o temprano, la infraestructura o el medioambiente pondrían un límite a la capacidad receptora de cualquier región. Esto no es algo negativo, por el contrario, si se llega a ese nivel quiere decir que se está aprovechando de manera óptima la zona, sin poner presiones innecesarias al medioambiente y realizando un turismo comunitario responsable, sostenible y con beneficios para los lugareños.

Artículo publicado en octubre de 2018 en la edición «Turismo» de La Nota Económica.

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