“La desigualdad económica es un problema de envidia”: Rolf Lüders

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Rolf Lüders. Imagen: EFE.
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El profesor Rolf Lüders pertenece a un reducido grupo de chilenos que se formaron en Chicago al calor de las teorías del Nobel Milton Friedman y que, una vez de vuelta en el país austral, diseñaron la política económica de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990).

Lüders, quien se desempeñó como ministro de Economía y Hacienda entre 1982 y 1983, rehúsa a utilizar el término neoliberalismo y dice que el modelo que los llamados «Chicago Boys» instalaron en Chile es una «economía social de mercado» porque combina la privatización de servicios básicos con un Estado con un «fuerte» carácter subsidiario.

El legado de este grupo de economistas despierta filias y fobias aún en Chile: mientras unos creen que gracias a su modelo el país pudo diferenciarse del resto de Latinoamérica y alcanzar cuotas de desarrollo europeas, otros consideran que solo generó desigualdad y crecimiento para unos pocos.

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Lüders recibió al equipo de EFE en su casa de Santiago -días antes de que se recomendara el aislamiento social por el brote de coronavirus- para hablar de la crisis en la que está inmersa el país, que es la más grave desde Pinochet y que en su opinión se explica por una clase media frustrada por sus aspiraciones desproporcionadas de desarrollo y no por sus carencias materiales.

Chile vive la peor crisis social de su historia reciente y la gran mayoría de los manifestantes culpan al modelo neoliberal instaurado por los «Chicago Boys» durante la dictadura militar de la desigualdad del país, ¿qué opina de esas críticas?

Comprendo el sentir de la población y me apena lo que está pasando. Desde 1980, Chile ha liderado de lejos el crecimiento económico en América Latina, con la única excepción de Panamá, que adoptó una política muy similar a la nuestra. Chile ha reducido la pobreza de un 60 % a menos del 9 % y ha mejorado la distribución del ingreso en casi 10 puntos de Gini.

Sin embargo, la Gran Recesión redujo drásticamente la tasa de progreso, afectó a la enorme clase media vulnerable y se tradujo en un proceso de expectativas frustradas. De ahí a echarle la culpa al sistema vigente, sin mayor análisis, hubo solo un paso.

Pese a haber combatido con éxito la pobreza, Chile sigue siendo un país extremadamente desigual. Según un informe de la Cepal, el 1 % de los hogares más ricos poseen más de una cuarta parte de la riqueza. ¿Ha fallado algo?

Chile ha tenido desde el siglo XIX una distribución del ingreso y de la riqueza relativamente desigual. Desde 1990, sin embargo, el coeficiente de Gini ha disminuido constantemente (desde 0,56 a 0,47) y hoy se encuentra casi en la mediana de la región.

Sin embargo, es cierto que el sistema económico-social de Chile ha priorizado el crecimiento y la reducción de la pobreza sobre una distribución del ingreso más igualitaria. Lo ha hecho porque es la pobreza y no la desigualdad la que impide a las personas a realizarse plenamente.

¿Quiere decir que es más importante combatir la pobreza que la desigualdad?

Es común escuchar que una política de redistribución de ingresos es una forma eficaz de reducir la pobreza. Eso no es así. Es cierto que hay políticas, como por ejemplo el financiamiento público de la educación temprana, que eventualmente logran ambos objetivos, reducir la pobreza e igualar, pero incluso estas, en el corto plazo, tienen un costo en términos de crecimiento y, por ende, de menor reducción de la pobreza.

La eliminación de la pobreza es un imperativo moral, dado que los pobres no se pueden realizar plenamente. La presión por redistribuir, en cambio, se genera por la natural envidia que producen las diferencias de ingreso y riqueza.

¿Cómo sería hoy Chile si el expresidente Salvador Allende no hubiese sido derrocado por un golpe de Estado y si Chile no se hubiese convertido en una economía neoliberal?

No lo sé y no me gusta hacer ciencia ficción, pero creo que es posible pensar que Chile no sería muy distinto a Cuba -pobre y sometido a un régimen totalitario- si hubiese adoptado las políticas de ese país, cosa que muchos de los que apoyaban a Salvador Allende deseaban.

Por otro lado, es absolutamente falso que Chile tenga un conjunto de políticas ultraliberales. Es cierto que se trata de un país pequeño con una economía de mercado muy abierta al comercio y financiamiento internacional, pero tiene un aparataje regulatorio muy extenso y un gasto fiscal del 25 % del PIB, que corresponde casi exactamente a lo que los países hoy desarrollados gastaban cuando tenían el nivel del PIB per cápita del Chile de hoy. No he escuchado a nadie argumentar que Europa se desarrolló en base a un modelo ultraliberal.

El 2019 fue un año de protestas en todo el mundo: Chile, Ecuador, Colombia, Hong Kong, Líbano, Argelia… ¿Cree que hay un hilo conductor entre todas ellas? Hay autores que hablan de una crisis del capitalismo y de la globalización.

Sí, a grandes rasgos hay un hilo conductor. A riesgo de repetirme, cabe destacar que la globalización ha creado a nivel mundial una reducción sin precedentes de la pobreza, ha generado una amplia clase media que busca seguridad y ha producido una distribución de la riqueza y el ingreso muy desigual. Y es esa clase media vulnerable la que presiona por medidas redistributivas que les permita asegurar su actual estatus.

El manejo de esta coyuntura es complicado, si es que se desea evitar caer en la «trampa de los países de ingreso medio» o, aún mucho peor, en economías centralizadas y regímenes políticos totalitarios.

La crisis chilena ha hecho mella en la economía, que creció en 2019 un 1,2 % lejos del 2,5 % pronosticado antes del estallido. ¿Qué recomienda para volver a la senda de crecimiento?

Suponiendo una economía internacional evolucionando normalmente, Chile puede volver a crecer a tasas cercanas al 3,5 % o 4 % si se eliminan las actuales incertidumbres, manteniendo los pilares de su sistema: una economía de mercado abierta al comercio internacional, un Estado subsidiario y un alto grado de disciplina fiscal y monetaria. No basta con buenas intenciones. Si hay desorden macro-económico y si se desincentiva la inversión y la innovación, entre otras cosas, difícilmente podremos volver a crecer a las tasas mencionadas.

¿Y cuál es la receta para la estancada economía latinoamericana?

En economía no hay milagros y, sin embargo, a veces da la sensación que la población en América Latina da por descontada la existencia de una alta tasa de crecimiento económico. De facto se opone a la existencia de instituciones que exigen disciplina y esfuerzo de ahorro, trabajo y toma de riesgo, y luego se siente defraudada si el crecimiento es paupérrimo. En América Latina, en general, hemos estado más preocupados de distribuir que de crear. Cómo lograr postergar las demandas populares en aras de un futuro más próspero es la pregunta del millón de dólares.

Chile celebrará el 26 de abril un plebiscito para decidir si cambia la actual Constitución, redactada durante el régimen militar y blanco de críticas durante la ola de protestas por haber favorecido la inversión privada en sectores básicos como la educación o la sanidad. ¿Cree que hace falta una nueva ley fundamental?

No creo que Chile necesite una nueva Constitución. La actual, reformada bajo el Gobierno socialista de Ricardo Lagos, permite adoptar todas las políticas necesarias para satisfacer las demandas sociales de estos días, que son muy amplias. De hecho, permitiría perfectamente la existencia de modelos como el sueco o el neozelandés.

¿Cree que el proceso constituyente traerá asociado un cambio de modelo y que Chile transitará hacia un Estado con más peso?

Me encantaría poder darle una respuesta a su pregunta. Por una parte me gustaría que se mantenga, en lo esencial, nuestra actual economía social de mercado, dado que es un sistema que ha probado internacionalmente ser exitoso. Sería un desastre si nos encamináramos a un régimen totalitario, al estilo Venezuela o Cuba.

Pero, por otra parte, en democracia es necesario responder a las demandas mayoritarias, que en este momento parecieran apuntar hacia un cambio de objetivos, a favor de una mayor igualdad. Muy bien manejado, tal cambio de énfasis no necesariamente es negativo, aunque repercuta inicialmente en una menor tasa de crecimiento.

EFE

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