Stablecoins, ¿el futuro del dinero?

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La digitalización se tomó al planeta. Prácticamente, cualquier proceso productivo está mediado por una herramienta tecnológica en alguno de sus eslabones. Sin embargo, aún hay áreas que no logran permearse por completo de los cambios que trae la sociedad del nuevo milenio. Un ejemplo de ello es el dinero.

Para el grueso de las personas, la figura del dinero es algo físico, representado en monedas y billetes, tangibles y palpables. Para otros, simboliza números en su cuenta de ahorros o corriente, que, dentro de su imaginario, siempre cuentan con un respaldo en algo material (papel moneda). Así, aunque esta población no vea sino sus balances por medio de un computador o un celular, tiene la idea de que ese dinero está guardado en una entidad bancaria y que, de ser necesario, puede acudir a ella para retirarlo de manera física.

Pero el mundo evoluciona, y el nuevo milenio trajo consigo las ya conocidas criptomonedas que, en pocas palabras, son una especie de dinero virtual que no cuenta con respaldo físico ni de un Gobierno o banco central. Es decir, son monedas emitidas por un individuo o grupo de personas con el fin de intercambiar bienes y servicios por las mismas, sin mayor respaldo que la confianza de otros consumidores y vendedores que las aceptan como forma de pago.

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Uno de los principales problemas con las criptomonedas, y que algunos señalan como el principal obstáculo para su masificación, es su volatilidad. Al respecto, vale la pena recordar que el dinero tiene tres funciones: medio de cambio, reserva de valor y unidad de cuenta. En ese sentido, las monedas digitales flaquean en las dos últimas, porque, precisamente, su valor fluctúa de forma frenética, ganando 20 % en una jornada para caer 30 % en la siguiente.

Como una medida de contingencia para este inconveniente, aparecieron las llamadas stablecoins o monedas estables. Estas buscan aprovechar las ventajas de las monedas virtuales, reduciendo su volatilidad. Para ello, están atadas a otro activo –de manera similar a lo que ocurre con un derivado financiero y los activos subyacentes– con menor variación, como lo pueden ser el dólar, el euro o, incluso, el oro. En últimas, no importa cuál sea el respaldo con el que cuente la moneda, sino que este sea estable.

De esta manera, una stablecoin puede ser intercambiada por dicho activo de respaldo, algo que le da mayor confianza a sus portadores y, por esa vía, facilita su masificación. No obstante, tal como ocurre con las criptomonedas, no hay un respaldo gubernamental detrás de ellas.

Este tipo de dinero digital está en su infancia, pero ya algunos ven en él oportunidades para que el mundo cambie su relación con los medios de pago.

Entre ventajas, desafíos y riesgos

Saldado el problema de la volatilidad, las monedas estables presentan el atractivo de ser un medio de pago rápido, global, y seguro, en la medida en que se basan en la estructura del blockchain. Esto se traduciría en una mayor eficiencia y reducciones de costos, toda vez que se menguaría la necesidad de contar con intermediarios para realizar transacciones.

Visto así, este escenario pondría en riesgo la actividad de las entidades bancarias como intermediadores. Sin embargo, tal como se ha evidenciado, uno de los sectores a la vanguardia de la innovación es, precisamente, el financiero. Con esto, la incursión de las monedas estables entraría a formar parte de la competencia de esta industria y los bancos deberían empezar a ofrecer nuevos productos y servicios e, incluso, optar por reducir sus costos y elevar sus tasas de captación. Esto, por supuesto, en beneficio de los clientes.

Ahora bien, no todo es color de rosa cuando se habla de este tipo de dinero digital. Uno de los riesgos más notorios tiene que ver con la monopolización de las monedas estables. Dado que los emisores de estas son entes privados, no es descabellado pensar que grandes firmas se apoderen del sistema. Facebook ya ha dado los primeros pasos con su propia moneda, Libra, y no es desatinado extrapolar esto a Google, Amazon o Alibaba, que podrían empezar a usar los datos de sus usuarios para impedir la competencia de otros emisores más pequeños y, por esa vía, monetizar la información de sus clientes.

Si este es el escenario, la necesidad regulatoria es imperiosa; pero en un mundo que no ha podido establecer reglas claras para plataformas tecnológicas (Uber, Airbnb, etc.), es claro que este es un factor preocupante. Esto también aplica para la prevención de su uso para actividades ilícitas –tal como ocurre con las criptomonedas tradicionales–, para lo cual será necesaria una avanzada tecnología y normatividad que contrarreste este incentivo perverso.

De otro lado, si estas monedas toman fuerza, pueden poner en riesgo la existencia de divisas débiles, lo que, en últimas, sería una forma de dolarización. En la medida en que los habitantes de un país perciban como más estable el dinero virtual que su propio dinero, la migración hacia la moneda digital acabaría por sepultar a la tradicional y, de paso, su política monetaria.

Por supuesto, hay otros riesgos e incógnitas de cara a estas monedas estables, pero, por ahora, estos son los que generan mayor preocupación y estudio.

¿Qué tan cerca estamos?

Con este panorama, tan cargado de matices, parece que las monedas estables están más en el lado de la ciencia ficción que del económico. Sin embargo, organismos multilaterales ya han empezado a trabajar sobre los posibles marcos regulatorios dentro de los cuales deberían actuar.

Pero para que se dé una transición hacia las monedas estables, es necesario que el grueso de la sociedad entienda y haga uso de este nuevo dinero digital. No obstante, los más recientes estudios indican que el efectivo sigue siendo uno de los medios de pago predilectos en la sociedad global. De hecho, en algunos países desarrollados la circulación del dinero físico equivale al 20 % de su PIB y, en el caso de Colombia, cerca de la mitad de los habitantes (48 %) lo utiliza como su principal medio de pago.

Tal situación dificulta la entrada de nuevas alternativas digitales de pago. La buena noticia -aunque quizá no a corto plazo- es que la tendencia al uso del efectivo se reduce conforme se incrementa la educación y los ingresos, y se aumenta con la edad. Entonces, en la medida en que la población más joven y educada se inserta en la economía mundial y se mejora el ingreso per cápita, la adopción de las nuevas tecnologías y medios transaccionales será mucho más rápida.

Dicho esto, el principal limitante es la desconfianza, de ahí que la población más veterana prefiera el efectivo y las transacciones que involucren el papel, los sellos y las evidencias físicas de su realización. En la misma medida, los inversionistas y consumidores deben tener confianza en las monedas estables, algo que no es fácil de lograr si no se cuenta con un respaldo estatal.

Como respuesta a este inconveniente, entidades como el FMI han puesto sobre la mesa la posibilidad de que los bancos centrales den respaldo a estas monedas con sus reservas internacionales, que son activos altamente seguros. Esto daría paso a lo que ya se empieza a conocer como moneda digital de banco central (CBDC, por sus siglas en inglés).

Si bien esta medida es poco ortodoxa, no hay que olvidar que el ascenso de las monedas digitales es una disrupción en ciernes, por lo que no está de más buscar medidas menos comunes para estos nuevos medios de pago.

Así las cosas, el futuro del dinero virtual no está despejado. Las ventajas de las monedas estables todavía no parecen superar a los riesgos que traen. No obstante, ello no implica que el tren de la innovación vaya a detenerse. Tarde o temprano la sociedad hará uso de ellas.

Artículo publicado en la edición “Líderes 2020”, de La Nota Económica.

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