Las ganancias de combatir una economía sedentaria

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Imagen: Pixabay.
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La salud es uno de los bienes intangibles más valiosos (si no el más) que tiene un individuo. Aun así, los niveles de sedentarismo en el mundo son sumamente elevados, lo que lleva a adquirir enfermedades y perder años de vida. Además, esto se traduce en efectos negativos sobre la economía agregada. La necesidad de corregir esto es más que evidente, pues se está desaprovechando la oportunidad de tener mejores niveles de desarrollo, crecimiento y, por supuesto, calidad de vida.

Cuando se habla de desarrollo, son múltiples las variables y los términos que salen a relucir. Productividad, infraestructura, competitividad, seguridad, confianza e inversión, entre muchos elementos hacen parte de la receta para propulsar la transformación y evolución del aparato productivo y del tejido social de una nación. No obstante, dentro de ese abultado conjunto factores hay uno fundamental que no siempre tiene la atención que se merece: la actividad física.

Por supuesto, es de conocimiento común que el sedentarismo es perjudicial para la salud y es probable que un grupo significativo de personas esté al tanto de la cantidad mínima de actividad física que recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS). Para los que no, basta con decir que se aconseja, al menos, tener 150 minutos de ejercicio moderado o 75 de actividad intensa, cada semana, para mantener un nivel de salud aceptable.

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Pero, ¿qué tiene que ver esta recomendación con el desarrollo? ¿Son los centros polideportivos y demás instalaciones relacionadas relevantes para la economía de un país? ¿La actividad física promueve el crecimiento del PIB?

Normalmente, las actividades deportivas no suelen llevarse a un plano económico –más allá de las necesidades de financiamiento para la participación en torneos locales e internacionales, y algunas estadísticas de premios recibidos por los exponentes más representativos de algunos deportes–. Sin embargo, sus efectos trascienden las fronteras de las canchas, gimnasios y pistas atléticas. A primera vista puede parecer exagerado, pero la evidencia muestra que la decisión individual de hacerle el quite al sedentarismo termina por generar prosperidad y desarrollo a niveles agregados.

Frente a esto, los cálculos de la OCDE indican que la obesidad y sus consecuencias reducen en un 3,3 % el PIB de sus países miembros. Sin mencionar que durante los próximos 30 años habrán muerto cerca de 90 millones de personas como consecuencia de esa enfermedad y que la pérdida potencial de expectativa de vida será de tres años. Este es solo el ejemplo de una enfermedad, pero la realidad es que el sedentarismo golpea en muchos más frentes, tanto de manera directa como indirecta.

Teniendo en cuenta que la tasa de obesidad mundial en los adultos mayores de 20 años supera el 12 % –más de seis puntos porcentuales por encima del nivel de 1980– y que en algunas regiones este índice supera el 25 %, esto debe ser un motivo de alarma no solo para los cardiólogos, sino para funcionarios y hacedores de políticas públicas. Para ponerle cifras monetarias al asunto, vale la pena acudir a la situación que vive el Reino Unido, cuyo sistema de salud destina cada año más de 6.400 millones de euros atendiendo enfermedades asociadas (más de lo que se invierte a las consecuencias del tabaquismo).

Es aquí donde la actividad física y el deporte toman relevancia tanto en términos de salud, como de economía. En la medida en que se tenga una población más sana, los recursos –que siempre son limitados y nunca son suficientes– podrán destinarse a otras áreas con mayor ganancia social a largo plazo –inversión en infraestructura, educación, etc.–. Además, cuanto más saludable es la población, mayor es su productividad y menores los ausentismos laborales, lo que dinamiza el crecimiento económico.

Inactividad rampante, efectos indeseados

Desafortunadamente, pese a los amplios y conocidos beneficios que trae la actividad física, una importante fracción de la población no parece querer aprovecharlos. Los datos de la OMS muestran que, en promedio, el 23,3 % de la población mundial no alcanza a cumplir con el mínimo establecido para ser considerada activa.

Lo más preocupante son las grandes disparidades que hay entre países. Mientras que en algunos esa prevalencia de inactividad es inferior al 15 %, en algunas regiones del planeta esa misma tasa supera el 30 %. De hecho, uno de los peores ejemplos en esta materia es América Latina y el Caribe. Los datos recabados en 2016 (cifra comparable más reciente), indican que la inactividad promedio de la región llegó a 32,3 %, pero la disparidad es tal, que entre la tasa más alta y la más baja hay más de 50 puntos porcentuales de diferencia.

Colombia ocupó un poco honroso primer lugar en la materia al registrar una inactividad del 64,5 % –más de 20 puntos porcentuales por encima del siguiente en la lista–, mientras que en Guatemala la cifra apenas llegó al 12,4 %. Si bien hay que reconocer que estas estadísticas se basan en información autorreportada por los encuestados, de tal manera que podrían presentar un sesgo hacia incrementar la duración de actividad física realizada, otras mediciones menos afectadas por tales sesgos (como el conteo de pasos por medio de los celulares) no muestran cambios significativos –aunque Colombia deja de ser el país menos activo de la región–.

La inactividad física, junto con los malos hábitos alimenticios, ha golpeado los índices de obesidad infantil. Entre 1980 y 2015, según el Instituto para la Medición y Evaluación de la Salud, la tasa de obesidad mundial en este grupo poblacional se incrementó en más de dos puntos porcentuales, al pasar del 2,1 %, a cerca del 4,6 %. Sobra decir que hay una gran probabilidad de que un niño con exceso de peso lo mantenga o aumente en su edad adulta, con lo cual los índices actuales de este padecimiento en la edad adulta, que hoy es del 12 %, con seguridad se incrementarán sustancialmente en los próximos años.

Ante tal evidencia, es necesario actuar rápidamente frente a este tema, pues no es exagerado decir que se está convirtiendo en una pandemia con efectos poco deseados. Esto tiene repercusiones tanto en el plano social individual, como en el agregado económico. La falta de actividad y su relación con la obesidad abarca, desde los problemas de salud física y mental que esta última conlleva, hasta las pérdidas para las empresas por cuenta de ausentismo y presentismo laboral debido a enfermedades asociadas a ella, todo lo cual se traslada al crecimiento de un país.

Los beneficios económicos

De acuerdo con la OCDE, en promedio, hasta 2050, el costo que deberán asumir los países por cuenta de las enfermedades relacionadas con la falta de actividad y el sobrepeso, llegará al 8,4 % del gasto total en salud. Para las naciones de este grupo significa que cada año se requerirán unos USD 209 per cápita (calculados en paridad de poder adquisitivo (PPA)) para atender los costos asociados a este problema.

Tal situación es similar para los países del bloque europeo, con un incremento de USD 195 PPA per cápita, lo que es un 8,1 % del gasto total en salud. Por su parte, el caso más dramático es el de EE. UU., que requerirá de USD 645 por cada uno de sus habitantes, una cifra cercana al 13,5 % de su gasto en salud. Por supuesto, el simple hecho de que la actividad física reduciría estos costos, deja abierta la posibilidad de que estos recursos puedan ser destinados a otras necesidades.

En este sentido, RAND Corporation, una organización independiente sin ánimo de lucro, analizó tres posibles escenarios de mejora de actividad física. Como era de esperar, cuantos más habitantes incrementen su actividad física, mayores serán los beneficios. Dependiendo de las mejoras que presente la población en términos de minutos de actividad, los ahorros para los sistemas de salud estarían entre los USD 8.700 millones, que podrían traducirse en USD 20.600 millones para 2050 (en dólares constantes). No está de más decir que para alcanzar estas cifras solo se asumieron mejoras en la población adulta, por lo que es apenas lógico esperar mayores ahorros si los aumentos en actividad se extrapolan a los menores de 19 años.

De la mano con esto, para los tres escenarios contemplados por esta organización, se llevó a cabo un ejercicio de proyección de crecimiento del PIB. Las tasas de expansión económica tras aplicar los supuestos sobre los incrementos en actividad física, estuvieron entre el 0,15 % y el 0,4 % anual, con lo cual el producto mundial se podría incrementar entre USD 137.500 millones y USD 338.300 millones (a precios de 2019) para 2025.

Además, para 2050, las ganancias podrían alcanzar los USD 760.800 millones en un escenario optimista –en el cual toda la población cumple la recomendación mínima de la OMS y la población que ya es activa incrementa su tiempo de ejercicio en un 20%–. Pero, incluso si solo los que actualmente cumplen con el estándar mínimo de actividad incrementan su tiempo, habría una ganancia de USD 313.500 millones (a precios de 2019).

Ahora bien, aunque algunos de los supuestos utilizados para estas proyecciones son algo fuertes, como el hecho de que las mejoras en actividad física son permanentes y que no se sustituyen por otras que también son benéficas para la salud (como el sueño), es claro que hay beneficios de carácter económico. Esto se sustenta tanto por los ahorros a los sistemas de salud, como por el impulso al aparato productivo.

Tales beneficios tienen que ver con que el incremento en la actividad reduce el riesgo de mortandad hasta en un 28 %, frente a un individuo sedentario, con lo cual no hay recortes abruptos de la edad productiva de un trabajador. En la misma vía, está el menor ausentismo laboral por enfermedad, lo que favorece el desempeño de la industria en la cual labora –en promedio un trabajador sedentario se ausenta del trabajo 0,86 más que uno activo–.

Además, el “presentismo” –el hecho de presentarse a trabajar aunque las condiciones físicas y/o mentales no le permitan ejecutar debidamente su trabajo– se reduce, de tal manera que se incrementa la productividad. Es tal la importancia de este factor, que las estimaciones apuntan a que un individuo sedentario reporta más tiempo perdido de trabajo (entre 2,6 y 3,7 días) por cuenta de este fenómeno, que uno físicamente activo. Esto sin considerar la posibilidad de que un empleado enfermo pueda contagiar a otros, lo que perjudicaría la productividad de la empresa en donde este trabaja.

Acciones a tomar

Teniendo en cuenta las externalidades positivas que traen consigo el ejercicio y la actividad física, la pregunta es cómo aprovecharlas más y de forma eficiente. A un nivel macro, la OMS recomienda mejorar el acceso público a espacios abiertos e invertir en infraestructura deportiva y fortalecer la seguridad vial para incentivar y promover desplazamientos en bicicleta. Así mismo, incorporar la actividad física en los servicios a proveer por los sistemas de seguridad social, profundizar la educación sobre el deporte en las escuelas y colegios y promover eventos de participación masiva (como lo puede ser la ciclovía, en el caso de Bogotá).

Paralelamente, hay otras acciones a tomar que, aunque parecen no estar correlacionadas con el deporte y la actividad física, sí tienen efectos. Uno de los más relevantes es el tema de la seguridad ciudadana, pues los mismos espacios que tienen como objetivo el uso deportivo, pueden dar paso a actividades delincuenciales (ventas de droga en parques, pandillas, robos, etc.), lo que anula los incentivos a practicar alguna actividad física.

De igual forma, impedir el deterioro del mercado laboral juega un papel importante para incrementar los niveles de actividad. Las estimaciones del Banco Interamericano de Desarrollo muestran que el aumento de un punto porcentual en la tasa de desempleo mensual se asocia con una caída de 0,18 horas de actividad física moderada. Investigaciones recientes han concluido que los individuos ajustan su nivel de actividad según los movimientos del entorno empresarial, lo que constituye una relación de doble vía entre indicadores macroeconómicos y sedentarismo.

Ahora bien, desde un punto de vista microeconómico y de economía del comportamiento, hay factores que contribuyen con el aumento en los niveles de actividad física. Algunos ejemplos tienen que ver con incentivos condicionados, como lo pueden ser el mantener o reducir el peso corporal a cambio de un pago o del incremento en tiempo de descanso en el trabajo. Este tipo de incentivo ha demostrado ser mucho más efectivo que aquellos no condicionados, como las membresías gratuitas a gimnasios.

La creación de ecosistemas donde se destaquen los avances (no los retrocesos) en términos de actividad física de los trabajadores ha demostrado tener efectos positivos sobre el tiempo destinado a ello y la permanencia en programas deportivos. Es decir, el apoyo del entorno social en el que se encuentra el individuo juega a favor de reducir su sedentarismo.

En general, lo que se necesita es tener un tipo de recompensa clara (reconocimiento, pagos y premios, entre otros) atado a resultados medibles. Este es el modelo de incentivo que transforma la mentalidad del individuo y, por esa vía, al círculo social que lo rodea.

Estas son medidas que las empresas podrían considerar con el fin de mejorar su actividad. Sus trabajadores serán más saludables y productivos, con menores niveles de ausencia y presentismo.

Además, no hay que desechar los hallazgos de las Universidades de Yale y Oxford, según los cuales la actividad física explica mejor los niveles de felicidad de un individuo que su nivel de ingresos. Dejando lo demás constante, se necesitan USD 25.000 para que un individuo sedentario alcance los niveles de felicidad de uno activo.

Análisis publicado en la edición “Salud”, de La Nota Económica.

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