Acuerdo Mercosur-Unión Europea: mentiras y verdades a medias

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Uno de los principales periódicos de habla hispana a nivel mundial, tituló “La UE y el Mercosur logran un acuerdo comercial tras 20 años de negociaciones”. Dentro de la nota se elogian los esfuerzos de los negociadores europeos, que lograron cerrar un trato con los miembros de Mercosur (Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay- recordemos que Venezuela se encuentra suspendida por la famosa cláusula democrática-) permitiéndoles a las empresas del viejo continente acceder a un mercado cercanos a los 260 millones de consumidores en condiciones muy favorables.

Sin embargo, y ya finalizando el párrafo, mencionan que el pacto debe ser ratificado por los estados miembros (28) y el Parlamento Europeo, los cuales podrían modificar y/o desaprobar lo acordado, a lo que deberíamos sumar los cuatro países sudamericanos que también deben hacer lo propio en sus respectivos poderes legislativos. Por lo tanto, no tiene vinculación jurídica para las partes todavía, sino que simplemente lograron ponerse de acuerdo en los puntos principales.

Para algunos periodistas lo sucedido en Bruselas el pasado 29 junio no fue más que una reunión de alto nivel para mostrarle al mundo que la Unión Europea sigue funcionando a pesar de la crisis institucional por la que está atravesando y, por otro lado, para darles un respiro a los países sudamericanos con el objetivo de que presenten algún resultado alentador, en especial Argentina y Brasil que están mostrando deterioros económicos graves. Pero lejos estuvo de lograr lo que muchos medios quisieron significar como el acuerdo comercial interbloques más importante del mundo en los últimos años. Solo lograron ponerse de acuerdo entre los negociadores, cosa que es importante pero de ahí a presentarlo como un compromiso definitivo, parece un tanto exagerado. No obstante, esta noticia me da el pie para hablar sobre aquello que parece real pero que en realidad no lo es o, al menos, no del todo.

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La conjunción de intereses, la visión temporal (corto, mediano y largo plazo) y las ventajas competitivas hacen difícil establecer, al menos claramente, quiénes serían los ganadores y perdedores de esta movida comercial, peor aún para un acuerdo que ni siquiera fue ratificado por las partes. Dicho esto, se hace más fácil analizar las supuestas “mentiras y verdades” que están detrás del acuerdo pero, claro está, desde un punto de vista sudamericano, ya que los periódicos europeos hicieron lo propio con la Unión Europea.

Comencemos entonces. Una de las primeras afirmaciones sobre lo acordado en Bruselas tenía que ver con la supuesta entrega de la industria nacional de los países del bloque sudamericano (especialmente Argentina y Brasil). El acuerdo no protege adecuadamente al sector automotriz y farmacéutico, dicen los principales detractores del tratado comercial. Técnicamente, esto es falso porque el acuerdo prevé unos diez años de gracia -continúan los aranceles al sector industrial- para que la industria, particularmente, la autopartista que está fuertemente protegida en ambos países se adapte a las nuevas condiciones de juego.

Sin embargo, sí representaría una verdad si tenemos en cuenta las diferencias estructurales entre ambos bloques en donde diez años para realizar semejantes cambios industriales no son suficientes. Ni hablar del sector farmacéutico que también gozaría de los años de “adaptación” pero que no puede competir con la inversión en investigación y desarrollo que los países europeos realizan en este campo.

¿Y qué pasaría con el sector agrícola?, ¿representaría una ganancia para ellos? Nuevamente, y desde una mirada técnica, sí, porque el sector agrícola es muy fuerte en Sudamérica debido a sus ventajas competitivas y al uso intensivo y extensivo de la tierra. Pero esto podría acarrear una reprimarización de las economías regionales y la absoluta dependencia del precio internacional de los commodities haciéndolas más vulnerables de lo que ya son a los cambios del contexto internacional.

Ahora bien, teniendo en cuenta el actual escenario de guerra comercial entre EE. UU. y China, y su consecuente proteccionismo que amenaza el comercio global ¿el acuerdo ¿representaría un juego de gana-gana en donde las partes en su conjunto obtendrían algún tipo beneficio? Se podría decir que sí porque, al menos, significaría un mercado seguro para los productos interbloques y con ello ingresos constantes y sonantes para ambas regiones dinamizando el comercio mutuo. Sin embargo, (siempre hay un pero en la vida), esta lógica comercial no beneficiaría necesariamente al comercio internacional sino que ratificaría una tendencia universal hacia la regionalización comercial, o sea, una especie de proteccionismo ampliado en donde solo unos países obtienen beneficios económicos –siempre en desigualdad de condiciones- cerrándose al resto del mundo que no pertenece a ese bloque.

Bueno, pero debe haber algún beneficiario directo de todo esto, si no, no tendría sentido. Técnica, política y comercialmente, sí lo hay. Al menos, en teoría, son los casi 260 millones de consumidores de Mercosur, ya que la competencia y la eliminación de los aranceles permitirá una reducción en el precio final de los productos, tanto nacionales como importados, beneficiando a la inmensa mayoría de los ciudadanos que tendrán acceso a mayores y mejores productos, ya sean propios o ajenos.

Y por último, cabría preguntarse ¿qué tienen estos gobiernos regionales –Mercosur- que no tenían los anteriores para lograr la firma del acuerdo? Básicamente, tienen una idea clara acerca del rumbo de las economías nacionales. Nos guste o no, estos gobiernos lograron plasmar una visión primaria de la economía regional. Le apostaron al sector agrícola en lugar de continuar la tormentosa senda de la industrialización estructural para volver más competitivos a los países. Se la jugaron por la reprimarización que aumenta los ingresos comerciales pero vuelve más vulnerables las economías nacionales a los vaivenes internacionales.

Lo verdaderamente cierto en todo esto es que es muy difícil hacer un análisis de los pro y los contras de un acuerdo interregional que ni siquiera ha entrado en funcionamiento y tal vez nunca lo haga o, quizás, para el cual se tengan que sentar de nuevo a negociar otro en función de las reformas que se propongan. Por eso, se intentó resaltar el hecho de que aunque el acuerdo entre en vigor así como fue negociado -cosa que veo bastante improbable- habría que tener en cuenta que no todo lo verdadero es un hecho cierto ni todo lo falso es una mentira. Siempre existen verdades y mentiras a medias, dependiendo de quién y cómo se le mire, en especial en un proceso de negociación internacional en el que las partes deben ceder en algo para poder concretar el convenio.

Por: Rodolfo Colalongo
Università Degli Studi Di Salerno.

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