El “varón de Plutarco” en tiempos de impericias e incapacidades políticas

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Por: Rodolfo Colalongo y Santiago Mariani

Durante los años que vivió en el exilio, entre 1955 y 1973, el político argentino Juan D. Perón mantuvo un permanente y fluido contacto con sus seguidores. En uno de los mensajes de esa larga conversación a distancia se refirió al arte mayor de los asuntos humanos: la conducción política.

Según Perón “(…) la conducción política tiene un sinnúmero de características originales que llevan a comprenderla. La política no se aprende, se comprende y solamente comprendiéndola es posible realizarla racionalmente”. La sentencia venía acompañada de una advertencia: “(…) hay hombres que toda su vida han hecho la política, pero nunca la han comprendido y otros que sin haberla hecho la han comprendido”.

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El tema señalado por Perón ya había ocupado, unos siglos antes, buena parte de la reflexión de griegos y romanos en el mundo clásico. En esos años de apogeo de las formas de gobierno con ciudades-estado en Grecia o la república en Roma, pensadores de la talla de Plutarco intentaron construir tipologías de hombres con pericia y capacidad para la política. La expresión “varón de Plutarco”, acuñada por los lectores de su influyente obra Vidas Paralelas, ha sido adoptada para distinguir a políticos con virtudes superiores, algo poco frecuente en la política.

La apretada síntesis sobre este crucial asunto podría ser de utilidad para explicar el estado de la política en algunos países de la región. El denominador parecería ser la escasa virtud y poca pericia para gobernar nuestras sociedades. La acumulación de decisiones políticas en las que abunda, siguiendo lo que propone la Real Academia de la Lengua Española, una escasa “sabiduría, práctica, experiencia y habilidad en una ciencia o arte” terminan decantando en formas de incapacidad política, entendida como la carencia de aptitud política para ejecutar válidamente un cargo público.

¿Cómo explicar este rasgo político que emerge en varios de nuestros países?

Como hipótesis se podría plantear que algunas de nuestras democracias vienen siendo gobernadas por políticos que encarnan una representación que propone como eje ordenador de la sociedad la negación de la política. Esto supone dejar pasar y dejar hacer, eliminando trabas, regulaciones o medidas redistributivas que podrían dificultar o impedir el proceso de acumulación de riqueza que genera el sector privado. Los gobernantes oficiarían de custodios de ese esquema que busca subordinar la política a la economía, para que la prosperidad que se logra sacando a la política del medio, según proponen, derrame hacia todos los sectores de la sociedad. Esa concepción, negadora de la política como árbitro principal, ha logrado sobrevivir y calar hondo en las últimas décadas a pesar de los paréntesis en los que se ha logrado avanzar en sentido contrario.

Una revisión a vuelo de pájaro de algunos de los casos más manifiestos de mandatarios que navegan entre la acumulación de decisiones teñidas de impericia con la consecuente acumulación que decanta en incapacidad política podría ayudarnos a ilustrar mejor el punto.

Chile es un caso notable, aunque no el más agudo. Sebastián Piñera sucumbió al reflejo de mantener a palazos y garrotazos el modelo regresivo que la ciudadanía, o los “alienígenas” según señalara la primera dama, decidió impugnar a través de la movilización en las calles. La impericia que mostró al denunciar que había un “estado de guerra” y ordenar la intervención directa de los militares contra civiles desarmados desnudó su falta de tacto y sensibilidad para leer las consecuencias de una dinámica estructurada para concentrar el ingreso, mantener privilegios y negar a la ciudadanía bienes públicos de calidad.

La fiesta de la bonanza en la que se encontraba Chile, según la visión de Piñera y muchos otros entusiastas voceros del “modelo” lo llevaría tarde o temprano al deseado desarrollo como resultado de una dinámica que de manera “eficiente” estaría generando una economía para todos. Solo era cuestión de tiempo para que la riqueza comenzara a derramar sus frutos hacia las mayorías. El dilema de las demandas postergadas y tensiones acumuladas en estos años no necesitaba, bajo esta óptica, una resolución desde la lógica de la política; esto es, un crecimiento económico que se lograra a partir y como resultado de la introducción de mecanismos de equilibrio y mayor cohesión social. La sucesión de impericias que caracterizó a Piñera en su gobierno estalló en una incapacidad política que ha dejado a Chile en estado de zozobra.

En Colombia, a pesar de los acontecimientos en Chile y la evidencia que demanda una respuesta política distinta, Iván Duque respondió con el mismo reflejo. Se rodeó de militares para señalar en un discurso que su país no admitiría protestas como en Chile. Abrió, de esa forma, el paraguas antes del diluvio, generando mayor tensión y contribuyendo a acelerar, con su impericia, el conflicto social. Como corolario estallaron protestas en forma de paro y Duque, si bien abrió la posibilidad de construir un diálogo con los sectores que están reclamando mejoras, ha negado sistemáticamente sus demandas.

La nota de color en este caso es el informe que la Misión internacional de Sabios, conformada por 46 expertos, le entregó al presidente. En el informe le dicen, para resumirlo en una frase ilustrativa, que ese animal que ladra, que tiene cuatro patas y cola es un perro. Se necesitaron casi 50 expertos, 300 páginas y un año de trabajo para elaborar un informe que le recomendó para su país políticas que prioricen la formación de los niños desde su nacimiento hasta los cinco años, la educación de jóvenes para que contribuyan al desarrollo económico, social y cultural de su entorno, el aumento de partidas presupuestarias para la investigación, una educación para el cambio climático, el cuidado de la salud, la protección del rol de los maestros y la promoción de la creatividad. La acumulación de falta de pericia lo acerca aceleradamente, al igual que su par chileno, a la incapacidad política de su gestión y la zozobra para Colombia.

El caso de Argentina, con Mauricio Macri de salida, parece ser el más notable en acumulación de falta de pericia, que deriva en incapacidad política. Macri, bajo su propuesta resumida en el eslogan “Cambiemos”, había prometido para su gestión “pobreza cero”, pidiendo que se le juzgara por los resultados que lograría en esta materia.

Sin embargo, el nivel de pobreza que le deja a su sucesor está en un 40 %, algo más de 10 puntos porcentuales de lo que recibió en 2015; la inflación anual supera el 50 %, más del doble del nivel de inflación que heredó al asumir la presidencia; y, en cuatro años de gobierno, la deuda externa logró triplicarse y escalar a más del 80 % del PIB, con compromisos de vencimientos para el año 2020, que resultan impagables para una economía como la argentina.

La incapacidad política desplegada por Macri es denegada con un mensaje de despedida triunfalista, a pesar de la negatoria en las urnas a su pretendida reelección. Un caso así, de insolvencia política autoinfligida y denegada, requeriría la intervención de la psicología para su comprensión y corrección.

Bolsonaro viene avanzando rápidamente y todos los pronósticos parecieran asegurar que finalizará como el ganador en esta maratón regional de incapaces políticos. Su añoranza de las “bondades” de la dictadura que gobernó su país entre 1964 y 1985 está acompañada de una creencia sobre la existencia y vigencia del comunismo. Anclado en la Guerra Fría y convencido, en sus alucinaciones, de que el Muro de Berlín todavía sigue en pie propone combatir sin tregua a ese “comunismo” que entiende a la política como el mecanismo para lograr una sociedad más equitativa, inclusiva y justa. Para ello, está impulsando un nuevo partido político que ha sido creado con casquillos de armas como resumen de lo que demanda y precisa su cruzada moral.

En la vereda de enfrente, el presidente Maduro también pasó de la impericia a la incapacidad política, pero por otras razones que están regadas por un mar de petróleo que obtura las posibilidades de Venezuela desde hace varias décadas. La subordinación, de manera autoritaria, de todas las esferas de la sociedad al proyecto político del chavismo, siguiendo los consejos que le daba el pajarito, generó la mayor emigración venezolana en la historia de ese país y una destrucción del sector privado, retrasando el reloj de la historia a la época del totalitarismo.

La sucesión de actos de impericia que se acumulan para derivar en impotencia política no pareciera abrigar vientos de cambio para nuestra región. En el club regional de los incapaces políticos, que hemos sabido conseguir, el mal que nos agobia pareciera ser la consecuencia de una concepción política que niega a la política, con representantes al servicio de minorías que buscan subordinar la construcción de mayores niveles de cohesión y un sentido de comunidad a los dictados de la acumulación de capital y de una inserción de nuestras economías en el comercio internacional como meros proveedores de materias primas.

Ese “varón de Plutarco” parece esquivo en nuestros países y, como muestra la historia, se trata de una excepcionalidad, una rara avis entre los políticos. Seguir esperando o apostando a que llegue para salvarnos de la incapacidad para gobernarnos no pareciera ser el mejor camino por seguir. Quizá tengamos que barajar y dar de nuevo para lograr, a través de demandas más permanentes y efectivas, que quienes son elegidos para la conducción y la toma de decisiones por todos nosotros hagan un mayor esfuerzo por comprender la política.

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