Entre la cooperación y el aislamiento internacional

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El mundo se debate entre dos encrucijadas: cooperar para superar más rápidamente esta pandemia o aislarse y esperar que otros busquen la solución para luego beneficiarse. En este sentido, los estados reaccionaron geopolíticamente hablando en función de esta encrucijada. Algunos optaron por profundizar la crisis del multilateralismo, aislándose y actuando solo bajo parámetros realistas (sálvese quien pueda). Otros, en cambio, decidieron sostener, a pesar del debilitamiento del sistema multilateral, una cooperación internacional para salir juntos de esta catástrofe sanitaria global.

¡Médicos, no bombas!, dijo Fidel Castro en un discurso pronunciado en Argentina en el año 2003. Cuba representa una infinitesimal parte de la economía mundial, pero tuvo una respuesta geopolítica digna de un gran jugador del concierto internacional. Supo aprovechar la situación de alta complejidad global para ofrecer lo único que puede, sus médicos y sus conocimientos en el tratamiento de pandemias (contribuyeron exitosamente en contener el brote de Ébola del 2014), pero también logró reposicionarse geopolíticamente cuando se descubrió que los chinos utilizaron un medicamento (interferón), de origen cubano, con resultados óptimos para el tratamiento de pacientes leves infectados con COVID-19. A partir de ahí, los cubanos comenzaron a producir en cantidades industriales dicha fórmula para uso proprio y para aquellos estados que lo requieran. El gobierno cubano optó por la cooperación.

En cambio, Argentina, siendo un actor regional relevante, prefirió una cooperación restringida, una especie de paso intermedio entre la cooperación internacional plena y el aislamiento total. Por un lado, repatrió a unos 20.000 nacionales que se quedaron varados en distintas partes del mundo, mostrando así que tiene capacidad para hacerse cargo de su gente a pesar de las enormes dificultades económicas que está padeciendo, aunque, paralelamente, cerraba sus fronteras. Por el otro, está trabajando en el diseño de un gran Fondo Mundial de Emergencia Humanitaria, junto con el G-20, y colaborará con la OMS para realizar pruebas clínicas de los nuevos tratamientos disponibles contra el COVID-19. En otras palabras, el Gobierno Nacional aplicó una estrategia internacional de reducción de esfuerzos propios, pero, al mismo tiempo, potenció los beneficios del trabajo ajeno.

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Alemania, por su parte, no deja de sorprender con sus respuestas geopolíticas acordes con un país de gran prestigio e incidencia internacional. Puso a disposición un avión hospital de la fuerza aérea para trasladar a contagiados italianos de COVID-19 hacia sanatorios alemanes; una muestra clara de ayuda internacional frente a la terrible realidad que está viviendo Italia. Los alemanes también entendieron, desde el primer momento, lo que es actuar estratégicamente frente a una situación así. Acciones como esta acrecientan enormemente el prestigio internacional de un país y evidencian que no solo se hacen cargo internamente de los efectos negativos de la pandemia, sino que, además, están dispuestos a ayudar a sus vecinos. Ellos decidieron sumarse a la cooperación internacional plena.

Los rusos, siguiendo el ejemplo alemán, enviaron, hace siete días, 15 aviones con médicos e insumos sanitarios para colaborar con la delicada situación italiana. Además, hicieron lo mismo con los EE. UU, enviando equipos clínicos y de protección, mostrando así una situación geopolítica sin precedentes en la actualidad, pues es increíble que los norteamericanos hayan aceptado la ayuda rusa y que, a la vez Putin haya enviado asistencia sanitaria después de que Washington no haya hecho otra cosa que sancionarlos y acusarlos de injerencia. Es claro que los rusos están aprovechando la situación de emergencia sanitaria global para reposicionarse en el sistema internacional escogiendo la cooperación en lugar del aislamiento, aunque en este caso su cooperación encaja dentro de la definición de restringida debido a que reconocieron que esperan una respuesta recíproca cuando la pandemia haga lo mismo en su nación. Cooperamos para que luego nos cooperen.

Ahora bien, el actuar chino, varió desde un aislamiento internacional hacia una cooperación completa a medida que la epidemia del coronavirus se transformaba en pandemia. Primero tuvo un actuar plausible de un país que está receloso de la intromisión extranjera, desmintiendo hechos que eran, a todas luces, reales y, luego, pasó a una fase de contención nacional del entorno haciéndose cargo de la infección de manera global. Una vez la situación fue controlada internamente, se enfocó en su actuar geopolítico a través de una solidaridad internacional a gran escala -más de ochenta países-. Comenzó a enviar ayuda médica de manera masiva que incluía personal sanitario e insumos (máscaras y trajes especiales) a todos aquellos estados que lo solicitasen. Geopolíticamente hablando es una acción esperada de un actor que quiere reposicionarse en el sistema global a través de la cooperación internacional.

Por otro lado, los Estados Unidos también aplicaron medidas geopolíticas para salvaguardar sus intereses, aunque, al conocerse la noticia, le acertaron un duro golpe a su ya decrecido prestigio internacional. El ministerio de sanidad alemán, junto con el ministro de relaciones exteriores, Heiko Mass, confirmó que el gobierno de Trump ofreció una suma importantísima de dinero (se habló de 1 billón de dólares) a una compañía farmacéutica alemana -CureVac- que estaba trabajando en una vacuna contra el COVID-19 por los “derechos exclusivos” de la misma para utilizarla solo en los norteamericanos. Optó por el aislamiento nacional y el “sálvese quien pueda”.

Por suerte, para el resto de la humanidad la propuesta de Trump se rechazó y el gobierno alemán condenó el hecho y expresó que estaba trabajando de manera conjunta con otras naciones y empresas farmacéuticas privadas para el desarrollo de una vacuna.

La acción estratégica americana demuestra tres cosas: que los norteamericanos hacen uso de todas las capacidades político-económicas para quedarse con los beneficios que una vacuna de este tipo supondría para su creador; que su intervención geopolítica se basó en un nacionalismo retrógrado digno del siglo XIX; y cada vez evidencian su menor influencia y poder internacional. Su gesto geopolítico coincide con el actuar de una potencia global en decadencia. Veremos si la realidad confirma tal afirmación.

La pandemia por el COVID-19 desnudó el actuar de los países ante situaciones extremas, oscilando entre la cooperación internacional y el aislamiento nacional. O, como dijo Bernabé Malacalza, tenemos dos caminos: cooperamos o nos extinguimos. El tiempo dirá qué camino elegimos.

Por: Rodolfo Colalongo

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