La geopolítica del COVID-19

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La declaración del COVID-19 como una pandemia por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) trajo consigo una serie de dudas acerca de cómo funciona el mundo y de su nivel de coordinación para dar respuesta a un problema global que nos afecta a todos, aunque no a todos por igual.

En este sentido, nos acostumbramos a observar minuto a minuto, cual tablero olímpico, las cifras de la cantidad de infectados y víctimas que el virus está dejando a su paso por diversos lugares del mundo y vemos, asombrados, cómo en algunos países como China (primero), Italia y España, el Coronavirus está, prácticamente, masacrando a su población, diezmándola cual guerra civil. Lo peor de todo es que los supervivientes quedan marcados tipo ganado vacuno como posibles focos de reinfección. Una verdadera tragedia en Europa.

Sin embargo, Italia y España no son los únicos países que padecen las consecuencias del nuevo Napalm virológico, llamado COVID-19. Alemania, Francia y gran de parte de las naciones europeas ya lo están sufriendo, así como la mayoría de las americanas.

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Ahora bien, lo cierto es que las víctimas fatales en Alemania sorprendieron por lo bajísimas que son, pues sobre más de 30.000 casos confirmados, solo tienen, hasta el momento, no más de 160 muertes; a esas alturas, en China, Italia y España los fallecidos se contaban por miles. Entonces, ¿cuál es la razón por la que Alemania tiene menos decesos frente a una cantidad similar de contagiados, teniendo el resto de los parámetros poblacionales similares a sus vecinos?

Las respuestas pueden ser variadas; que tienen una vacuna (como se especuló), cosa que es totalmente falsa; que trabajan con algunos medicamentos que reducen las probabilidades mortales del virus, aspecto que es parcialmente cierto; o que su sistema de salud es el mejor del mundo y por eso está tratando a todos los infectados, afirmación que algo de verdad tiene, aunque la diferencia con sus vecinos no es tan alta. También se habló de la detección temprana de todos los casos, cosa que es cierta, seguramente; pero eso no significa que se mueran menos que en sus países vecinos.

Entonces, a la luz del argumento de que la geopolítica se juega, incluso, en la forma de contabilizar las bajas e informar sobre los infectados, arriesgaré una hipótesis. Pero ¡cuidado!, es solo una posibilidad cierta junto con tantas otras, y podría ser tan verdadera como las planteadas en el párrafo anterior.

Resulta que desde hace rato se viene hablando del tema. En el mapa interactivo de la OMS se puede observar la metodología que utilizan los países para informarles a los organismos internacionales-entiéndase OMS- sobre sus infectados y víctimas fatales. Por ejemplo, EE.UU. no comunica sobre aquellos casos  que fueron introducidos por repatriados al territorio; por lo tanto, si un gringo regresa a su casa, traído por su gobierno, y es detectado como positivo de COVID-19, este país no se lo informa a la OMS. Contrario a esto, Canadá comunica, incluso, los casos sospechosos a ser confirmados. ¿Qué es lo que quiero señalar con esto? Que los EE.UU. pueden tener más casos de los notificados, y Canadá menos.

Siguiendo esta línea, leí un artículo en el periódico español ABC, en el que se mencionaba que Alemania no consideraba y, por ende, no informaba aquellos fallecimientos en donde la víctima no haya sido confirmada previamente como positiva de COVID-19. ¿Qué es lo que pretendo ilustrar? Un paciente grave ingresa al hospital con diversos síntomas, similares a los del virus, pero luego muere. Las autoridades alemanas no incluyen esa baja a la lista de fallecidos por dicha enfermedad, debido a que no la diagnosticaron previamente y porque no realizan análisis post mortem. Por lo tanto, y suponiendo que esta información sea cierta, Alemania tendría más muertes por COVID-19 de los que realmente está anunciando.

La geopolítica de la medición del COVID-19 tiene un objetivo claro: minimizar el daño que posiblemente causará revelar información sensible al resto del mundo. Los impactos negativos podrían ser a nivel económico, generando pánico entre los inversionistas o provocando la caída de la bolsa, la baja en la producción, la disminución del turismo o la salida de empresarios locales por miedo. A nivel político, podría causar la caída del gobierno, una intervención internacional o la prohibición del ingreso de sus ciudadanos a otros países. Incluso, podría impactar la proyección internacional del país haciéndolo un estado menos confiable. Todas esas variables se tienen en cuenta, o al menos, deberían considerarse a la hora de decidir informar o no una situación que comprometa seriamente a la nación, en especial, cuando esta es poco conocida por el resto de los participantes en el concierto global.

China fue un claro ejemplo de ello. Primero persiguió, condenó y obligó a pedir disculpas al médico que había descubierto el COVID-19 por intentar causar pánico a la población. Luego tardó en reconocer internacionalmente que estaba teniendo una epidemia de un virus, hasta ahora desconocido, y no dudó en cerrar la ciudad de Wuhan hasta controlar la situación. Todos esos elementos para evitar que la República Popular China sufriera un colapso geopolítico.

EE. UU. hizo algo similar, aunque de manera diferente. En primer lugar, no condenó a nadie ni aisló a una ciudad entera, sino que se negó a reconocer que esto fuera tan grave como parecía. Después canceló los vuelos desde y hacia China Continental, y aplicó lo mismo con Europa cuando la situación se descontroló.

Luego incentivó a todos a continuar trabajando a pesar de que se sabía que la situación era grave y había miles de infectados. Cuando la gravedad del caso ya era inocultable, cambió de estrategia, al igual que China, y reconoció el peligro de la cuestión. Ahora acudirá en auxilio del mercado, inyectando una suma sideral de dólares para calmar las aguas y dar la imagen de una nación fuerte frente al resto del mundo. China actuó de la misma manera, aprobó sumas ingentes de ayudas económicas y en este momento, en el que logró contener el avance de la pandemia a nivel nacional, ayuda a los países europeos con insumos médicos, personal sanitario y “know how” sobre cómo actuar en estas situaciones.

Por lo tanto, la geopolítica de la medición se utiliza como primera respuesta ante una situación delicada que atenta contra la proyección internacional de un país; pero una vez la situación es conocida por todos, se deben adicionar otras medidas para seguir salvaguardándola. Aquellas naciones que no la implementaron a tiempo -como Italia y España, por ejemplo- están sufriendo las consecuencias y dañando seriamente su economía e imagen internacional. Alemania entendió la situación a tiempo y actuó rápidamente en contener la información que brindaba para dar la sensación de ser un país que tiene todo bajo control.

Ahora es el turno de los latinos; ya veremos cómo nos va.

Por: Rodolfo Colalongo.

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