La pobreza oculta: una realidad que condena a la clase media

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Cuando inicié mi experiencia profesional como economista, la vida me llevó a trabajar con una realidad escondida para la mayoría de los ciudadanos, pero que atañe principalmente al estrato medio, un estrato que -vale la pena decirlo- es responsable en gran parte de la productividad del país, que paga impuestos y que por lo general no tiene derecho ni a subsidios, ni a exenciones.

En esa época, entrevisté a muchos profesionales especializados, algunos bilingües que vivían por debajo de la línea de pobreza y en cuyos hogares faltaba prácticamente todo lo necesario que incluye una canasta básica familiar. Las características que encontraba en estos hogares: desempleo, empleo informal, adultos mayores sin pensión, problemas de alcoholismo y depresión derivados, principalmente, de los esfuerzos no correspondidos que muchas personas habían hecho a lo largo de sus vidas. Todo esto lo aprendí y lo comprobé en el trabajo que desarrollé en los comedores comunitarios de Teusaquillo, Barros Unidos y Galerías durante aproximadamente tres años.

Hoy, 15 años después, la situación de estas familias sigue siendo la misma, podría decirse que su vulnerabilidad ha ido en aumento, ya que muchas personas que en aquella época eran consideradas como adultos en edad productiva, actualmente se están convirtiendo en adultos mayores que no tienen cómo subsistir, ni vivir de manera digna, y la realidad se va multiplicando poco a poco, pues el empleo informal y la independencia se ha vuelto la manera de subsistencia de varios colombianos que se han esforzado en salir adelante, pero cuyo sistema no responde a las demandas de empleo y oportunidades para la población en general. Recordemos que en el mes de enero de 2020 la tasa de desempleo en el total de las 13 ciudades y áreas metropolitanas fue 12,9% y la proporción de ocupados informales en las áreas metropolitanas, fue 46,6%.

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En este momento Colombia no tiene una cifra clara de las personas y familias que se encuentran en esta situación y no es sencillo acceder a la focalización de las mismas, pues para ellos es difícil aceptar que se encuentran en esta situación y que es necesario acceder a los programas sociales que maneja el Gobierno; sin embargo, estos programas, en su gran mayoría, no responden a las necesidades de esta población, ya que ayudan a solventar algunas necesidades básicas, pero son incapaces de poner al servicio de la sociedad las capacidades humanas que estas personas han desarrollado en el transcurso de su vida, pues a diferencia de la pobreza normal, la gran parte de pobres vergonzantes cuenta como mínimo con una carrera técnica y experiencia laboral.

Alrededor de esta pandemia que estamos viviendo en la actualidad, me pregunto ¿qué va a pasar con estas familias?, ¿qué pasará con los independientes, que al final también viven del día a día, cuya diferencia es su aporte a la seguridad social?, ¿cómo se está preparando el país para solventar la necesidad de estas personas a pocos años de llegar a ser adultos mayores, que a la fecha no tienen ni ahorros ni bienes para vivir una vejez digna?, ¿cuántas de estas personas, que apenas superan la línea de pobreza, volverán a engrosar los índices de pobreza como consecuencia de la recesión económica que dejará el COVID-19?

Son muchas preguntas por ahora, todas sin respuesta y sin datos exactos o, por lo menos, cercanos que permitan plantear acciones concretas a estas necesidades; pero de todas las crisis nacen las oportunidades. Tal vez llegó el momento de pensar en la estratificación del país y en nuevos modelos económicos y sociales que aprovechen las capacidades de los pobres vergonzantes, que por lo general no son asistencialistas y están en busca de constantes oportunidades para salir adelante.

Por: Lilian Andrea Ramírez Carranza
Decana del programa de Economía de la Universidad Piloto de Colombia

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