Vivir para aprender a reaprender

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En la puerta de una fábrica del distrito de la cerámica en Italia se conjugan, por una parte, las arcillas antiquísimas que han sido la base histórica de la fabricación de recubrimientos de pisos y, por la otra, las tecnologías de última generación que permiten hablar de sostenibilidad de manera evidente, dadas las patentes de investigación desarrolladas por equipos científicos de dicha organización.

Allí, un grupo de estudiantes observa robots operar la fábrica. Escucha en dos idiomas cómo se innova industrialmente y pregunta sobre lo que observa. Los alumnos experimentan el proceso automatizado, controlado y carente de la presencia de personas. Realizan entrevistas a los líderes de la empresa, comparan las prácticas de su país, donde esta misma industria existe y evalúan cifras financieras, comerciales y de marketing, previamente estudiadas y discutidas en los salones de clase.

Pero, hay algo diferente en esta experiencia: los marcos teóricos de referencia demuestran que necesitan ser confrontados y reformulados con la vida empresarial para darles un sentido útil y práctico en el desarrollo de un negocio. La empresa, como objeto de conocimiento por ser real, activa, medible y observable, modifica las formas de aprender y obliga a pasar de los libros a los laboratorios. De estos, a los corredores industriales y a los entornos de distribución y venta de productos y servicios, que ya no son exclusivos de los canales tradicionales, sino que son direccionados por el e-commerce. Múltiples evidencias muestran cómo la cuarta revolución industrial está latente en el mundo del trabajo y derivando la educación para la vida de empresa. Como lo dio a conocer recientemente el Foro Económico Mundial, las evidencias de esta revolución modificarán millones de trabajos en el mundo, por lo que se deberá reaprender a generar valor.

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En este punto, la educación juega un papel de transformación por una simple razón: el cotidiano devenir productivo, en el que algoritmos, automatización, robots, máquinas inteligentes, internet, big data y software, entre otros, avanzan más rápido que aquellos modelos de educación tradicional, obliga a las facultades, particularmente de negocios, a volcar los procesos de aprendizaje hacia los escenarios de las industrias, servicios, tecnología y comunicaciones, en los que la persona es conducida hacia nuevas formas de pensamiento, que permiten integrar la información con la realidad del mundo productivo y evolucionar la comprensión intelectual a niveles prácticos más creativos, autónomos y funcionalmente viables. Más importante aún es entender la tendencia y saber implantarla en el trabajo.

Entonces, serán otras competencias y otras habilidades las que marcarán los rasgos profesionales: la interacción cultural, la comunicación (tanto desde el lenguaje como del encuentro humano), la adaptabilidad (esencial para actuar con mayor velocidad y seguridad), la construcción de buenas decisiones (para conducir tecnologías y conocimientos nuevos que aporten en la generación de valor para todo el ecosistema) y, especialmente, la agudeza del pensamiento crítico y ético, que debe regir la mente de las personas de empresa y de los ciudadanos en general.

En línea con este pensamiento, la formación universitaria debe salir de los esquemas de salón para poder responder a las nuevas oportunidades a través de la observación activa del trabajo de campo que, como escenario objeto de estudio y conocimiento de la universidad, permite cerrar la distancia entre la teoría de empresa y la realidad de la misma.

Qué gran oportunidad tiene la educación empresarial de reeducar, reformar, reinspirar y redireccionar el talento humano que, por condición imperativa de esta revolución, obliga a estudiar los fenómenos desde su lugar de origen y no a través de un tablero o Google.

Por: Marta Lucía Restrepo T.
Docente investigadora del CESA

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