La RSE frente al PIB

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Si en algún momento se ve enfrascado en una conversación sobre economía, hay grandes probabilidades de que términos como crecimiento y PIB (Producto Interno Bruto) aparezcan y cada vez con más frecuencia entre los interlocutores. Pocos indicadores causan tanto interés como el del PIB. Escudados en él, se proponen políticas públicas, se defienden reformas tributarias y se eligen gobernantes. En algunos casos –no tan escasos como se quisiera–, la demagogia ha conseguido cabalgar durante años sobre sus variaciones, guiando a naciones enteras como el flautista de Hamelín hacia debacles económicas y sociales.

El problema con el PIB es el poder que se le ha dado. Tercamente se asocia los mayores niveles de bienestar con los mejores comportamientos de este indicador. Bajo esta premisa, cualquier cosa que lo impulse se vuelve el camino a seguir. Incontables modelos económicos toman como base el crecimiento, como la vara con la cual se debe medir todo lo que suceda en la economía.

Sin embargo, el PIB desconoce elementos importantes como los impactos ambientales, trabajos voluntarios y oficios (no remunerados) del hogar, por nombrar algunos. Como dice David Pilling, en su libro El delirio del crecimiento, el PIB no se detiene a pensar en la forma en la que se producen las cosas, ni si son buenas o malas. En pocas palabras: “el PIB es bueno contando, pero es un pésimo juez de la calidad”.

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Es por esto que, sin negar la utilidad que tiene el PIB, vale la pena explorar otras medidas para determinar el crecimiento de un país. Una de estas alternativas es el índice de riqueza inclusiva (IWI, por su denominación en inglés) de la ONU. Este indicador busca capturar las funciones y servicios de la naturaleza y los ecosistemas –algo que no toma en cuenta el PIB–.

Al mirar los reportes sobre este indicador del organismo multilateral, se encuentra que cuando se combina el capital físico, humano y natural, el crecimiento es inferior al que registra el PIB. Esto es un claro indicio del daño que se está causando al medio ambiente e incluso al humano.

Es por esto que los programas de Responsabilidad Social Empresarial son relevantes. La sostenibilidad ambiental y el bienestar de los trabajadores termina generando riqueza, incluso si esta no se ve reflejada en el PIB. Nada se consigue incrementando el crecimiento si se arrasa con el medioambiente y se explota al capital humano –algo que se viene haciendo desde antes de la revolución industrial–.

Entonces, la RSE debe ser vista como lo que es: una fuente de riqueza. Más allá de exenciones tributarias y mejoras de reputación para las compañías, las iniciativas que se derivan de esos programas sí pueden hacer la diferencia, independientemente de la cuenta que se puede llevar en el PIB del país. Aunque, con seguridad, en el largo plazo todo esto terminará impulsando el producto interno bruto pero de una manera sostenible.

Por: Juan José Escobar Jaramillo
Editor en jefe

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