Puestos a prueba

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Justo cuando nos creíamos invencibles, todopoderosos y reyes absolutos del planeta, llegó un minúsculo intruso a bajarnos de la nube. En los últimos meses todos los titulares han girado alrededor del coronavirus. Sus brotes, diseminación, muertes y medidas de contención son tema de conversación (virtual) mundial, y no es para menos.

El virus nos hizo dar cuenta de lo frágiles que somos y lo vulnerables que pueden llegar a ser nuestros sistemas. Sin importar en qué mundo nos encontrábamos, en el primero o en el tercero, nadie estaba a salvo. Sin misericordia y de la manera más democrática posible, el COVID-19 infectó a mandatarios, celebridades, militares, médicos y labriegos. Poco le interesaron los títulos universitarios o las declaraciones de renta de sus víctimas.

Encerrados en nuestras casas -aquellos que contamos con la fortuna de poder hacerlo-, vimos cómo este invisible asesino se pavoneaba por las calles de nuestras ciudades y llegaba a los rincones más inhóspitos del planeta, como si fuera una especie de millennial mochilero con ganas de conocer el mundo. Dentro de nuestras burbujas, permanentemente desinfectadas, nos mantuvimos al tanto de lo que ocurría gracias a los medios de comunicación y la amplia conectividad a internet.

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Como pocas veces en la historia de la humanidad (o, quizás como nunca antes), toda la sociedad fue puesta a prueba. Las herramientas que hasta el día de hoy fueron desarrolladas para “unir al mundo” y “reducir distancias”, los pilares de lo que orgullosamente conocemos como la sociedad digital, han tenido que trabajar a toda máquina para reducir los efectos del aislamiento y las cuarentenas.

No se trata solo de que la radio, televisión, prensa, e internet nos mantuvieran informados (con lo positivo y lo negativo de un flujo incesante de datos y noticias). Sin duda, este es uno de los principales objetivos de dichas tecnologías, a la par, tal vez, con el de mantenernos entretenidos. Sin embargo, lo que hay que destacar de esta difícil coyuntura, en el marco de la sociedad digital, es cómo nos adaptamos para sobrellevar las medidas draconianas (pero necesarias) para enfrentar al virus.

Al margen de los memes que se comparten en las redes sociales y los grupos de WhatsApp y que ayudan a relajar el ambiente, el sector TIC sacó la cara al momento de facilitar el pedido de bienes a domicilio, los pagos electrónicos, hacer transferencias de dinero y donaciones, entre otras actividades menos mundanas, como compartir la información genética del virus en cuestión de segundos entre diferentes entes investigadores, por citar solo un ejemplo.

Sin demeritar todas las aplicaciones que tiene la tecnología en nuestras vidas, quizás esta última es la más importante: realmente logró unir al mundo. Todavía es temprano para cuantificar los daños que dejará el paso del virus, pero lo que es cierto es que si este hubiera llegado en un momento en el cual nuestra tecnología estuviera menos avanzada el golpe habría sido peor. Gracias a las TIC, algunas empresas optaron por el teletrabajo, con lo cual la pérdida de producción y productividad se vio amortiguada.

Pero, además, se logró mantener el contacto social en medio del aislamiento, algo fundamental para la salud mental de las personas en momentos tan complicados como los que se vivieron y aún se viven. Una videollamada, uno de los casos más simples en los que nos puede ayudar la tecnología, puede ser todo lo que se necesita para mantener a flote la esperanza y preservar vidas -más aún cuando el suicidio es otra pandemia que azota a la sociedad moderna-.

Por: Juan José Escobar Jaramillo
Editor en jefe

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