Transportando depresión

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Decir que la congestión y los trancones son un problema en ascenso, es caer en una grosera obviedad. Las crecientes ventas de vehículos y motos, junto con el deterioro de la malla vial y la ineficiencia en las obras de infraestructura vial han hecho de cualquier trayecto toda una proeza y una dura prueba para la paciencia.

Es evidente que este desagradable resultado de la sociedad moderna –los trancones– succionan cada vez más tiempo de nuestras vidas. Según cifras del INRIX Global Traffic Scorecard, en Bogotá cada habitante pierde más de 272 horas en congestiones viales cada año; en Medellín, 138 y en Cali, 125. Además, el problema tiende a empeorar, solo en la capital del país, cerca de dos tercios de sus habitantes considera que sus tiempos de desplazamiento se han incrementado frente al año anterior.

Como es apenas lógico, este desperdicio de tiempo repercute en otros frentes. Desde pérdidas potenciales de ingresos y tiempo en familia –en cuyo caso el costo agregado se podría contar en billones de pesos–, hasta el empeoramiento de la salud y la calidad de vida.

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Frente a esto último, un reciente estudio de la doctora Olga Lucía Sarmiento y el ingeniero Óscar Guaje, ambos docentes adscritos a los departamentos de medicina e ingeniería industrial de la Universidad de los Andes, respectivamente, encontraron asociaciones negativas entre los trancones de 11 ciudades latinoamericanas y la salud mental de sus habitantes –teniendo en cuenta otros factores sociodemográficos y económicos–. Según sus hallazgos, por cada 10 minutos adicionales de viaje, la probabilidad de desarrollar síntomas depresivos aumenta en un 0,5 %.

Quizá esta relación no sorprenda a muchos, pero lo que sí causa curiosidad es que el mismo estudio muestra que cuando se discriminan los resultados, según el medio de transporte utilizado, es el público el que presenta mejores indicadores. De hecho, los usuarios de transporte público formal, presentaron 4,8 % menos de probabilidad de desarrollar síntomas depresivos en comparación con los conductores de vehículos particulares. En este sentido, el estudio también encontró que cuanto mayor es la distancia que debe recorrerse para acceder al transporte público, mayor es la probabilidad de desarrollar dichos síntomas.

Además de este hecho, también sorprende la explicación de los investigadores sobre ese hallazgo. De acuerdo con la doctora Sarmiento, el aislamiento que se genera en los individuos que conducen su vehículo particular, contrasta con la “cohesión e interacción social” de aquellos que hacen uso del servicio público, lo que es fundamental para reducir la probabilidad de desarrollar depresión.

Por supuesto, esto no quiere decir que no haya otros factores asociados a la depresión, ni que los sistemas de transporte público no tengan problemas o que se ignoren los enormes trancones que se forman en prácticamente todas grandes ciudades del mundo. Lo que es cierto es que un sistema de transporte que se destaque por su eficiencia, cercanía con sus usuarios y velocidad de los desplazamientos juega en favor de la salud mental de los ciudadanos.

Antes de creer que esto es una defensa de sistemas saturados como TransMilenio o los mismos buses de trasporte público urbano, es una llamada adicional a su modificación. La clave es la descongestión del tráfico y sus efectos sobre los tiempos de desplazamiento. Los estudios muestran que los beneficios de los sistemas de trasporte al viajar “apretados”, solo aplican si es por un corto tiempo y sin mayores demoras por tráfico y espera de los servicios. Esto, como es evidente, rara vez lo cumplen los sistemas de transporte del país, y particularmente el de Bogotá.

Por: Juan José Escobar Jaramillo
Editor en jefe

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