Por: Jose Andrés Forero Bolívar, CEO de JFC Group.
Hay una pregunta que rara vez aparece en las juntas directivas: ¿cómo está la persona que debe conseguir los resultados?
Detrás de una nómina pagada, un contrato que no llega o una obligación que vence, puede haber un empresario que no duerme. Alguien que tranquiliza a su equipo mientrasse pregunta cuánto más podrá sostener el negocio.
En Colombia admiramos la berraquera de emprender. Pero confundimos fortaleza con aguantarlo todo, incluso cuando el cuerpo, las relaciones y la capacidad de decidir empiezan a pasar factura.
La experiencia no garantiza resultados. La reputación no reemplaza la liquidez. Y trabajar más horas no siempre produce más valor.
Un estudio de Confecámaras publicado en 2023 encontró que solo el 33,5 % de las unidades productivas creadas en 2017 seguía operando cinco años después. No describe 2026, pero recuerda lo difícil que es sostener una empresa.
Tampoco sería responsable atribuir todas las dificultades a la economía. A veces hay que revisar costos, ventas, propuestas de valor y decisiones que venimos aplazando. Perseverar no significa defender una estrategia que dejó de funcionar.
Desde Liderar-Ser propongo tres preguntas para esos momentos en que la presión amenaza con decidir por nosotros.
Primera: ¿qué estoy sintiendo y cómo influye en mis decisiones? Reconocer miedo, frustración o agotamiento no debilita el liderazgo; ayuda a evitar respuestas impulsivas.
Segunda: ¿qué muestran los datos y qué estoy suponiendo? Separar hechos de interpretaciones permite mirar la caja, escuchar al mercado y decidir con mayor claridad.
Tercera: ¿qué necesito cambiar y a quién puedo pedir ayuda? Renegociar, buscar aliados, transformar la oferta o solicitar acompañamiento no es rendirse. Es asumir la realidad con responsabilidad.
También las juntas, los socios y los equipos tienen una tarea: dejar de preguntar únicamente por indicadores y abrir espacios para conversar sobre la presión que acompaña las decisiones. No para sustituir la disciplina financiera por motivación, sino para proteger la capacidad de pensar de quien lidera.
Una dificultad económica no borra una trayectoria. Y cambiar de rumbo no siempre es
fracasar.
Quizá debamos dejar de medir la fortaleza de un líder por cuánto soporta y empezar a preguntarnos qué necesita para seguir decidiendo bien.
Porque una empresa no puede llamarse sostenible si, para sostenerla, termina quebrándose la persona que la lidera.