Laura Valeria Fernández Herrera
La lealtad rara vez ocupa los titulares, pero sobre ella reposan muchas de las condiciones que hacen posible la construcción colectiva. Vivimos en una cultura que ha convertido la competencia en una virtud absoluta. Competimos por posiciones, reconocimiento, liderazgo e influencia.
La competencia tiene un enorme valor; impulsa la innovación y desafía la complacencia. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre competir para mejorar y competir para desplazar, entre liderar y destruir, entre construir una visión propia y dedicar esfuerzos a desmontar la visión del otro.
Quizás por eso una de las mayores carencias de nuestro tiempo no sea la falta de talento, sino la escasez de lealtad.
La palabra suele asociarse a relaciones personales, pero abarca un universo más amplio. Existe una lealtad profesional que reconoce el valor de quienes nos han formado; una lealtad institucional que entiende que las organizaciones son más importantes que quienes circunstancialmente las dirigen; y una lealtad social que preserva la confianza necesaria para cooperar y avanzar hacia propósitos comunes.
La lealtad que fortalece a las sociedades no es la lealtad a las personas. Es la lealtad a los principios, a las instituciones y a los propósitos que trascienden a quienes ocupan temporalmente posiciones de liderazgo.
Robert Putnam sostiene que las sociedades más fuertes son aquellas capaces de construir redes de confianza, reciprocidad y cooperación. La confianza, afirmaba, es el lubricante de la vida social.
La reflexión resulta pertinente para Colombia, a propósito de esta temporada de campañas y discursos. Durante décadas hemos aprendido a desconfiar de las instituciones, de los dirigentes, de los partidos y, con frecuencia, de quienes piensan distinto. Tanto ha sido así que la lealtad suele confundirse con sumisión u obediencia ciega. Pero son conceptos radicalmente distintos.
La verdadera lealtad no exige silencio frente al error ni renuncia al criterio propio. Tampoco implica inmovilidad ante la injusticia. No significa aferrarse al pasado ni rechazar la innovación. Significa reconocer que no toda transformación exige una ruptura.
Hay ocasiones en las que la hoja de ruta ya ha sido trazada con rigor y otros han construido bases sólidas. En esos casos, el acto más representativo de una buena gestión consiste en tener la humildad de continuar una obra que beneficia a la comunidad antes que sustituirla por una visión personal. El progreso no siempre nace de empezar de nuevo; con frecuencia surge de preservar aquello que funciona, corregir lo que debe mejorar y proyectarlo hacia nuevos desafíos.
Sin embargo, el afán de dejar una huella propia conduce a desmontar procesos valiosos no porque hayan fracasado, sino porque fueron concebidos por otros. Esto es algo que sucede con cierta regularidad en dirigentes que no han apropiado la relación entre la lealtad y el liderazgo.
Ser líder no es ocupar una posición visible ni ejercer autoridad sobre otros. El liderazgo auténtico descansa sobre cualidades menos llamativas, pero más trascendentes: carácter, prudencia, capacidad de escuchar, propósito, generosidad y disposición de anteponer el interés colectivo al reconocimiento personal. Por eso resulta preocupante la aparición de liderazgos impulsados más por la necesidad de protagonismo que por una verdadera vocación de servicio.
El verdadero progreso no depende únicamente de quién inicia los proyectos, sino también de quién tiene la capacidad ética de preservarlos y proyectarlos en el tiempo. Porque una comunidad no se sostiene únicamente sobre leyes o instituciones. También descansa sobre un tejido invisible de confianza, reciprocidad y lealtad; cuando ese tejido se rompe, ningún triunfo individual es suficiente para reemplazarlo.