El traslado del mandatario a EE. UU. para enfrentar cargos por narcoterrorismo abre una fase de incertidumbre regional que Colombia no puede analizar con ligereza. El impacto se puede leer en tres tiempos.
Volatilidad y gestión de emergencia a corto plazo
La reacción inicial es previsible. La incertidumbre golpea primero a los mercados y el peso colombiano entra en una fase de alta volatilidad mientras los inversionistas recalculan riesgo país y ajustan posiciones.
En paralelo, aparece una presión social significativa. Un vacío de poder en Venezuela puede detonar una nueva ola migratoria. Cúcuta, Arauca y La Guajira serían los primeros territorios en enfrentar tensiones sobre salud, empleo y servicios básicos.
En materia de seguridad, la pérdida del respaldo estatal venezolano a grupos armados aumenta el riesgo de reacomodos en la frontera. El repliegue de estas estructuras hacia Colombia puede intensificar una conflictividad persistente y costosa.
Reconstrucción potencial y dilemas estratégicos a mediano plazo
Si Venezuela logra una transición política con señales mínimas de estabilidad institucional, se abriría uno de los procesos de reconstrucción económica más relevantes de la región. Infraestructura, banca, energía y servicios aparecen como focos naturales de inversión.
Ahora bien, Colombia enfrenta restricciones claras. La expectativa de apoyo energético desde Venezuela pierde viabilidad con el deterioro de PDVSA, lo que implica mayores costos de importación de gas y presiones adicionales sobre la transición energética.
En el plano diplomático, la postura crítica del presidente Gustavo Petro frente al operativo estadounidense introduce fricciones con la administración de Donald Trump. Si esa distancia se prolonga, las empresas colombianas podrían quedar rezagadas frente a competidores regionales en el proceso de reconstrucción venezolana.
Ajustes estructurales y mercado laboral
Una reducción del riesgo político en América Latina tendría efectos positivos sobre los flujos de capital hacia la región. Ese escenario también traería ajustes internos.
Un eventual retorno masivo de migrantes aliviaría la presión fiscal en servicios públicos, pero generaría vacíos en sectores donde esa mano de obra ya es estructural, como agricultura, comercio y servicios.
Lo que es claro es que en este escenario Colombia no puede limitarse a observar. La coyuntura obliga a tomar decisiones en un equilibrio complejo entre responsabilidad humanitaria y pragmatismo económico.
La pregunta para el sector empresarial y el Gobierno es directa. Participar activamente en la nueva etapa venezolana o permitir que la distancia política deje al país fuera del tablero regional.
Para definir esto, las elecciones de este año serán las más importantes de la historia reciente de Colombia.