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Pagos sin fronteras: por qué las tarjetas globales redefinen el sistema financiero latinoamericano

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Categoría: Opinión
Diego Quesada

Por Diego Quesada, Country Manager de los países andinos, Centroamérica y El Caribe de Pomelo.

La digitalización financiera en América Latina avanza a un ritmo que ya no admite soluciones parciales. En una región históricamente marcada por la fragmentación regulatoria, los altos costos operativos y las barreras para escalar servicios financieros entre países, la posibilidad de emitir tarjetas globales se consolida como una de las transformaciones más relevantes —y estratégicas— del ecosistema de pagos. No se trata únicamente de innovación tecnológica, sino de una redefinición profunda de la manera en que usuarios, empresas y Estados se relacionan con el dinero en un entorno cada vez más transfronterizo.

Durante décadas, expandir un producto financiero en la región implicó replicar infraestructura país por país: nuevas licencias, nuevos bancos patrocinadores, integraciones técnicas independientes y extensos procesos regulatorios. Hoy, el modelo cross-border permite que una tarjeta emitida desde un único hub opere de forma segura y eficiente en múltiples mercados, apoyándose en los grandes esquemas internacionales y en plataformas tecnológicas capaces de abstraer la complejidad regulatoria sin eludirla. El resultado es una reducción significativa de costos, tiempos de lanzamiento más acotados y un nivel de escalabilidad que, hasta hace poco, estaba reservado casi exclusivamente a los grandes bancos multinacionales.

Los datos confirman que este cambio responde a una necesidad estructural. En América Latina, las tarjetas de crédito, débito y prepago ya representan cerca del 44% de los pagos, impulsadas principalmente por el crecimiento del comercio electrónico y de los pagos digitales en el sector retail.

En 2023, la región superó los 900 millones de tarjetas en circulación y consolidó el avance de las fintech y los emisores digitales dentro del sistema de pagos. En mercados como Brasil, estas compañías ya concentran más del 40% del valor transaccionado con tarjetas en el comercio electrónico, una tendencia que también gana tracción en Colombia y Argentina. Este crecimiento se da en paralelo a la expansión del ecosistema fintech regional, que aumentó más de 300% desde 2017, impulsado por una demanda creciente de servicios financieros más simples, accesibles y adaptados a las particularidades de la región.

En este contexto, las tarjetas globales ofrecen ventajas claras para industrias como remesas, marketplaces, plataformas de trabajo remoto y empresas que operan con usuarios móviles por definición. Permiten pagar, cobrar y consumir en distintos países sin fricciones cambiarias innecesarias, con mejores tasas y una experiencia homogénea para el usuario final. Sin embargo, su impacto trasciende la eficiencia operativa: también abren una oportunidad concreta para avanzar en inclusión financiera, especialmente en una región donde la bancarización sigue siendo desigual y donde millones de personas aún dependen del efectivo por falta de alternativas digitales confiables.

No obstante, celebrar el avance tecnológico sin matices sería ingenuo. Emitir tarjetas con alcance transfronterizo exige una coordinación regulatoria sólida, estándares estrictos de cumplimiento, mecanismos robustos de prevención del fraude y una atención al cliente que comprenda las particularidades locales. La infraestructura —desde la tokenización hasta el monitoreo de transacciones y la protección de datos— debe estar alineada con las mejores prácticas globales.

Latinoamérica enfrenta hoy una oportunidad clave: construir infraestructura financiera moderna desde una lógica regional, no como una réplica tardía de modelos extranjeros, sino como respuesta a sus propias dinámicas de movilidad, informalidad y adopción digital acelerada. Las tarjetas globales son una pieza central de ese rompecabezas. Bien implementadas, no solo facilitarán pagos sin fronteras, sino que también pueden contribuir a integrar economías, formalizar ingresos y conectar a millones de personas con el sistema financiero global. En ese escenario, la verdadera pregunta ya no es si este modelo llegará, sino quiénes estarán en condiciones de liderarlo con visión, responsabilidad e impacto real.

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