La movilidad, la logística y la infraestructura —tres pilares históricos de la competitividad
nacional— están siendo reconfigurados por una combinación de presión regulatoria, innovación
tecnológica y una constante evolución del mercado y de las economías. La electromovilidad
emerge no solo como una tendencia global, sino como un catalizador de transformación
estructural para el país, con impactos que van más allá del sector automotor y alcanzan la
planeación urbana, la logística, la industria y la infraestructura civil.
En los últimos tres años, Colombia ha experimentado una aceleración muy marcada en la
adopción de vehículos eléctricos. En 2023 se registraron poco más de 3 mil unidades vendidas;
en 2024, esa cifra se triplicó; y 2025 cerró con más de 16 mil unidades comercializadas, todo
un hito para la industria automotriz nacional.
Este crecimiento no responde únicamente a una mayor conciencia ambiental. También refleja
un cambio estructural en las preferencias de los consumidores y en las estrategias de flotas
corporativas, impulsado por beneficios tributarios, ampliación del portafolio de modelos
disponibles, mejoras en autonomía y una mayor competitividad de precios. Sin embargo, la
adopción masiva de la electromovilidad todavía enfrenta retos importantes. El principal freno no
es el vehículo en sí, sino el ecosistema que lo rodea. La infraestructura de carga,
especialmente en corredores interurbanos y carreteras, sigue siendo limitada, lo que genera
incertidumbre en torno a la autonomía y a la continuidad de operación. Esta preocupación es
particularmente relevante para flotas, transporte de carga y usuarios que dependen de
recorridos largos o intensivos.
En paralelo, Latinoamérica ha comenzado a sentar las bases de una infraestructura civil más
moderna y orientada a una movilidad más inteligente, desarrollando proyectos que integran
transporte público, planeación urbana y eficiencia operativa. Ejemplos en ciudades como
Medellín, Bogotá, Santiago y Sao Paulo.
La electromovilidad, además, ya no se limita al automóvil particular. El ecosistema se expande
hacia motocicletas eléctricas, scooters, bicicletas eléctricas y transporte urbano eléctrico,
soluciones que responden a necesidades de desplazamiento más flexible, eficiente y accesible
en entornos urbanos densos. A esto se suma la electrificación progresiva del transporte público
y de flotas de última milla, clave para la logística urbana y la reducción de emisiones en las
ciudades.
El futuro de nuestra región no depende de una sola tecnología ni de un solo actor. Depende de
la capacidad de alinear innovación, infraestructura y operación, construyendo un ecosistema
donde las personas, los bienes y las industrias puedan moverse de forma más eficiente, segura
y sostenible.