La tecnología está transformando la forma en que las organizaciones operan, innovan y se relacionan con sus clientes. Sin embargo, en un escenario donde los datos se han convertido en un activo estratégico, la capacidad de generar y preservar confianza empieza a perfilarse como uno de los principales desafíos de la era digital.
Durante años, la conversación sobre la brecha digital giró alrededor del acceso a la tecnología. Tener o no conexión, contar o no con infraestructura suficiente o avanzar más rápido en la adopción digital parecían ser los factores que marcaban la diferencia entre organizaciones y mercados.
Sin embargo, a medida que la inteligencia artificial (IA), los servicios en la nube y las plataformas digitales se vuelven parte de la vida cotidiana y de la operación de las empresas, comienza a emerger una diferencia menos visible: la confianza.
Cada vez que una persona comparte información personal para acceder a un servicio financiero, una consulta médica o una compra en línea, deposita confianza. Lo mismo ocurre cuando una organización integra IA en sus procesos, comparte información con terceros o traslada operaciones críticas a entornos digitales.
En ese escenario, la pregunta ya no es únicamente qué tan avanzada es una organización desde el punto de vista tecnológico. También es qué tan preparada está para proteger la información, responder ante una interrupción y mantener la confianza de quienes dependen de ella.
Esta realidad también está influyendo en la manera en que las organizaciones priorizan sus inversiones. De acuerdo con la encuesta Digital Trust Insights 2027 de PwC Colombia, el 84 % de las organizaciones espera aumentar su presupuesto de ciberseguridad para el próximo año, ubicando a la IA dentro de las principales prioridades de inversión. Sin embargo, solo el 39 % afirma contar con planes de continuidad operativa completamente formalizados e integrados para responder específicamente a riesgos cibernéticos.
Más allá de la inversión tecnológica, los resultados sugieren que el desafío sigue estando en convertir esas capacidades en resiliencia. Es decir, en garantizar que una organización pueda continuar operando, proteger sus activos críticos y recuperar la normalidad cuando se produce una interrupción.
» En la era de la IA, la confianza es el activo que habilita a todos los demás. Los datos, los modelos y las alianzas valen en la medida en que clientes y socios confían en ellos. Las organizaciones que gobiernan su IA con identidades definidas, trazabilidad y respuesta ensayada protegen esa confianza y convierten la ciberseguridad en una fuente de crecimiento», afirmó Carlos Contreras, director de Ciberseguridad y Privacidad en PwC Colombia.
Si bien la protección de los datos se ha convertido en un aspecto relevante para las organizaciones y en una prioridad a la hora de invertir en ciberseguridad, los resultados de la encuesta muestran que todavía existen desafíos en aspectos fundamentales para la protección de la información. Solo el 49 % de las organizaciones ha implementado completamente políticas de clasificación de datos y apenas el 48 % cuenta con mecanismos plenamente implementados para prevenir la pérdida de información en los principales canales de salida, mientras que otras medidas relacionadas con la gestión del riesgo de datos presentan niveles de adopción aún menores.
El reto cobra aún más relevancia en un entorno donde la inteligencia artificial, la nube y los ecosistemas digitales dependen cada vez más de información confiable para operar. A medida que los datos se convierten en la base de las decisiones empresariales, de la experiencia de los clientes y del funcionamiento de tecnologías emergentes, garantizar su protección y adecuada gestión no solo contribuye a reducir riesgos, sino también a fortalecer la confianza sobre la que se construyen las relaciones entre organizaciones y demás grupos de interés.
Precisamente, la IA refleja con claridad ese desafío. Mientras las organizaciones recurren a estas herramientas para fortalecer la detección de amenazas, automatizar procesos y mejorar su capacidad de respuesta, también reconocen nuevos riesgos asociados a la protección de datos y a la seguridad de los sistemas de IA. De hecho, los ataques dirigidos a sistemas de inteligencia artificial aparecen como la principal amenaza frente a la cual las organizaciones consideran estar menos preparadas.
En este contexto, la conversación sobre ciberseguridad empieza a ampliarse. Ya no se trata exclusivamente de evitar ataques o incorporar nuevas herramientas tecnológicas. Cada vez más, se relaciona con la capacidad de construir entornos digitales confiables para clientes, colaboradores, proveedores y ciudadanos.
La tecnología seguirá siendo un habilitador fundamental de crecimiento e innovación. Pero en una economía donde los datos circulan constantemente y donde la confianza puede verse afectada en cuestión de horas, la diferencia no estará únicamente en quién adopta más tecnología, sino en quién logra generar y conservar la confianza que permite que esa tecnología funcione.