Durante más de veinte años, en el sector agroindustrial me han hecho muchas veces la misma pregunta: ¿cómo hiciste para llegar a un mundo tan masculino?
La pregunta siempre parte de que la dificultad está afuera, en la cultura del sector o en la sociedad en general. Y sin duda eso puede existir. Pero con los años he aprendido que las talanqueras más difíciles no están afuera. Están dentro de las organizaciones.
La historia del liderazgo tiene ejemplos muy claros. Cuando Margaret Thatcher llegó a dirigir el Partido Conservador en el Reino Unido, las primeras dudas no vinieron de sus contradictores u opositores, vinieron del mismo bando, me refiero, a sus propios compañeros de partido. Algo parecido ocurre en muchas instituciones cuando los relevos se producen dentro del mismo equipo y una mujer pasa a liderar. Quienes ayer eran compañeros o pares, éstos mismos, tardan en aceptar a la nueva dirección.
No es algo exclusivo de este sector. Es simplemente la manera como funcionan las organizaciones. Leí varios artículos sobre el tema y me impresionó el cómo se repite este patrón. Frente a esta condición siempre se presentan retos importantes en torno al trabajo y a las decisiones que se deben tomar. Aquí es cuando se demuestra que la autoridad no se impone, sino que se construye y toma tiempo. Al final el trabajo es el que habla y no son los discursos.
Me enorgullece comentar que en el sector agroindustrial de la caña cada vez hay más mujeres ocupando espacios que durante muchos años estuvieron reservados casi que exclusivamente para los hombres. Ellas están hoy liderando equipos técnicos en el campo y también en las fábricas, áreas comerciales, de planeación y estrategia, así como participando en decisiones importantes dentro de las organizaciones.
Ese cambio empieza a verse en posiciones cada vez más visibles. Hoy ya hay una mujer presidiendo un ingenio azucarero, algo que no hace mucho habría parecido improbable. Seguramente, más temprano que tarde, veremos más mujeres en ese tipo de responsabilidades.
Muchas de ellas, además, han terminado haciéndose cargo de asuntos que solo hasta hace poco son parte o complementan el centro del negocio. Me refiero al relacionamiento con las comunidades, a la gestión ambiental y a la cultura interna de las organizaciones. Muchas se concentran en gestionar la articulación de equipos entre áreas que antes operaban cada una por su lado.
Con el tiempo esos temas han demostrado que son prioritarios y necesarios. Son parte de lo que permite que una organización funcione bien y pueda sostener sus operaciones en entornos cada vez más exigentes.
Los cambios en las instituciones casi nunca ocurren de un día para otro. Van pasando poco a poco, a medida que nuevas miradas entran a los espacios donde se toman las decisiones.
Así las cosas, la pregunta ya no es si las mujeres son capaces de transformar las instituciones. Ese interrogante está respondido. En cambio, surge la pregunta: ¿cuánto tiempo y cuántos recursos les costará todavía a algunas organizaciones terminar de entenderlo?