Por: Raúl Zárate, CEO de GFT Technologies en la región Andina
La modernización de las plataformas bancarias se ha convertido en uno de los temas más estratégicos para el sistema financiero latinoamericano. En Colombia, este desafío es particularmente relevante: el país cuenta con más de 30 instituciones financieras, muchas con décadas de trayectoria y con cerca de 50 años de inversión acumulada en sistemas tecnológicos.
Estas infraestructuras han sostenido el crecimiento del sector, pero hoy resultan menos flexibles frente a un mercado cada vez más digital, orientado a la experiencia del usuario y a la rápida evolución de los productos financieros. En este contexto, la tecnología dejó de ser solo soporte operativo para convertirse en un factor directo de competitividad.
El contraste con los neobancos evidencia este desafío. Mientras las nuevas entidades nacen con arquitecturas modernas, basadas en la nube y diseñadas para operar en tiempo real, buena parte de la banca tradicional continúa apoyándose en sistemas desarrollados hace varias décadas.
Este legado tecnológico limita la capacidad de innovación, ralentiza el desarrollo de productos y eleva los costos operativos. En un entorno donde los clientes esperan soluciones que evolucionen rápidamente, los sistemas heredados pueden convertirse en una barrera para la transformación.
En este escenario, las plataformas bancarias modernas permiten a las instituciones pasar de proyectos puramente tecnológicos a verdaderas estrategias de producto. En lugar de construir soluciones desde cero, los bancos pueden diseñar nuevos servicios combinando capacidades reutilizables.
Este enfoque reduce los tiempos de lanzamiento al mercado y facilita la adaptación a las necesidades de los clientes. Así, la tecnología se alinea de forma más directa con los objetivos de negocio y se convierte en un motor de innovación.
La Inteligencia Artificial (IA) también juega un papel clave en esta transformación. Más allá de la automatización tradicional, permite analizar grandes volúmenes de datos, identificar patrones de comportamiento y optimizar la toma de decisiones en tiempo real.
Estas capacidades no solo mejoran la eficiencia operativa, sino que abren la puerta a productos más personalizados y a respuestas más rápidas frente a los cambios del mercado.
En Colombia, el reto tecnológico también se combina con factores estructurales. Aunque el país ha avanzado en inclusión financiera, el uso del efectivo sigue siendo alto, lo que limita el alcance de los servicios digitales y evidencia la necesidad de plataformas más accesibles y eficientes.
La llegada del sistema de pagos instantáneos BRE-B representa un paso importante hacia una infraestructura financiera más integrada. Este modelo eleva las expectativas de los usuarios y exige plataformas capaces de operar en tiempo real, con altos niveles de disponibilidad.
Sin embargo, uno de los mayores desafíos para las entidades financieras es modernizar sus sistemas sin interrumpir sus operaciones actuales. Por ello, los modelos de coexistencia entre plataformas modernas y sistemas tradicionales se han convertido en una estrategia clave.
La experiencia internacional demuestra que las transformaciones más exitosas son aquellas que evolucionan gradualmente, integrando nuevas capacidades sin comprometer la estabilidad del negocio.
De cara a 2026 y más allá, la competitividad del sistema financiero colombiano dependerá de su capacidad para avanzar en esta modernización. No se trata solo de eficiencia tecnológica, sino de responder a nuevas formas de interacción digital y ampliar la inclusión financiera.
Para las instituciones financieras, el verdadero reto ya no es decidir si modernizar sus plataformas, sino cómo hacerlo de manera equilibrada, manteniendo la estabilidad del presente mientras construyen las capacidades del futuro.