Por Camilo Arango, líder de expansión de Minka
Hubo una época en la que comprar tecnología para pagos se parecía a comprar un electrodoméstico. Uno elegía el modelo, el proveedor lo instalaba, entregaba el manual y se iba. Si algo fallaba, se llamaba al técnico. Si se necesitaba algo distinto, se compraba otro aparato. Y funcionaba. Funcionaba porque los ciclos de innovación eran largos, los reguladores se tomaban su tiempo y el mercado se movía al ritmo de quien controlaba la infraestructura.
Ese contrato implícito entre proveedor y cliente sostuvo la industria por años. El proveedor pensaba, diseñaba y decidía. El cliente recibía, operaba y pagaba. Nadie cuestionaba el modelo porque los incentivos estaban alineados: estabilidad a cambio de dependencia. Hasta que el mercado dejó de esperar.
Y no solo el mercado de pagos. El mundo entero se aceleró. Hoy, con herramientas como Lovable o Bolt, una persona sin experiencia en programación puede construir una aplicación funcional en horas. Con Claude Code, un equipo de desarrollo puede automatizar flujos completos de código, revisión y despliegue desde la terminal. Con Cowork, un profesional sin perfil técnico puede montar agentes de automatización en minutos y estos son solo un par de ejemplos, pero hay cientos de ellos.
Gartner proyecta que para este año el 75% de las nuevas aplicaciones se construirán con plataformas low-code o asistidas por inteligencia artificial. Lo que antes tomaba meses hoy toma días. Lo que antes requería equipos de 20 personas hoy lo resuelven 3 con las herramientas correctas. Piensen en las piezas LEGO cuando se compran abiertamente y no el LEGO específico. Nadie le dice a un niño qué construir. Le dan las piezas, le explican cómo encajan y lo dejan crear. Si quiere un castillo, lo arma. Si mañana quiere un cohete, desarma el castillo y reutiliza las mismas piezas. Las piezas no cambian. Lo que cambia es la imaginación de quien las usa.
La infraestructura del sistema financiero necesita exactamente eso. No soluciones predefinidas. No monolitos que obligan a depender del proveedor para cada ajuste. Componentes probados en ambientes de misión crítica que se ensamblen según lo que cada mercado necesita. Un ledger que no sea un producto terminado sino un protocolo de pagos de última generación, basado en eventos, con componentes flexibles que cada equipo pueda configurar para su caso de uso. Un motor de liquidación que se adapte a las reglas de cada red, no al revés. Un directorio de alias que se integre con la arquitectura existente sin exigir reemplazarla. APIs que permitan construir, no solamente consumir.
La diferencia parece sutil, pero es radical. Un proveedor de soluciones vende respuestas. Un proveedor de herramientas habilita preguntas.
Lo que el open source y la inteligencia artificial ya demostraron
La adopción de open source en servicios financieros creció un 30% en membresías y un 24% en contribuciones el último año, según la Fintech Open Source Foundation. No porque las instituciones financieras se hayan vuelto altruistas. Porque descubrieron que las herramientas abiertas, configurables, auditables, les dan algo que las cajas negras nunca les dieron: autonomía.
Y la inteligencia artificial está acelerando esa misma lógica. Los frameworks de AI no entregan soluciones terminadas. Entregan capacidades. Bloques que un equipo técnico puede orquestar, combinar y adaptar a su contexto. La explosión de agentes autónomos en el sector financiero, que ya gestionan flujos completos de cumplimiento, detección de fraude y conciliación, no nació de productos empaquetados. Nació de herramientas que equipos técnicos configuraron para resolver sus problemas específicos.
El patrón es claro. Los equipos más sofisticados del mundo ya no buscan soluciones. Buscan los bloques para construir las suyas.