Por: José Román González Rodríguez
Docente de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas
Universidad de América
Mientras la discusión pública se concentra en la inflación, las tasas de interés o el crecimiento económico, una decisión del Gobierno Nacional podría comenzar a sentirse silenciosamente en el bolsillo de millones de colombianos: el aumento de aranceles para más de 120 productos de uso cotidiano.
Aunque el debate parece técnico, sus efectos son profundamente cotidianos. Cepillos de dientes, colchones, almohadas, utensilios para el hogar, textiles, calzado y artículos escolares podrían experimentar incrementos de precio si prospera la propuesta del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo de elevar los gravámenes a productos importados provenientes de países con los que Colombia no tiene acuerdos comerciales vigentes.
La medida persigue un objetivo legítimo: proteger la industria nacional. Sin embargo, también abre una discusión necesaria sobre quién termina asumiendo el costo de esa protección.
Proteger la industria… ¿a qué precio?
Los aranceles son impuestos que pagan los productos al ingresar al país. Aunque formalmente recaen sobre los importadores, en la práctica gran parte de ese costo suele trasladarse al consumidor final.
Si un producto importado incrementa su arancel del 10% al 30%, el efecto no solo se refleja en el costo de importación. A ello se suman transporte, almacenamiento, distribución y márgenes comerciales. El resultado es sencillo: el consumidor paga más.
No se trata únicamente de bienes considerados «de lujo». Muchos de los productos incluidos en la propuesta hacen parte del gasto cotidiano de los hogares: artículos de higiene personal, utensilios domésticos, ropa, calzado y elementos para el descanso.
Individualmente el incremento puede parecer pequeño. Pero cuando varios productos aumentan de precio al mismo tiempo, el impacto acumulado termina afectando el presupuesto familiar.
Una apuesta que divide a los economistas
El proteccionismo económico no es una idea nueva. Países como Estados Unidos, China o Brasil han utilizado aranceles para fortalecer sectores estratégicos de su economía. Incluso en los últimos años, la política comercial estadounidense ha recurrido nuevamente a estas medidas para proteger industrias nacionales frente a la competencia asiática.
La evidencia internacional muestra que los aranceles pueden funcionar, pero bajo una condición indispensable: deben ir acompañados de inversiones en innovación, productividad, tecnología y fortalecimiento empresarial.
Proteger una industria sin mejorar su competitividad puede convertirse en un alivio temporal para los productores, pero en una carga permanente para los consumidores.
La Organización Mundial del Comercio (OMC) ha señalado que las restricciones comerciales suelen generar efectos mixtos: benefician a ciertos sectores productivos, pero también reducen la competencia, limitan la oferta y pueden traducirse en mayores precios para los hogares.
El impacto silencioso sobre el costo de vida
En Colombia, el contexto hace que esta discusión sea aún más sensible. Aunque la inflación ha mostrado una tendencia descendente durante el último año, muchas familias siguen ajustando sus finanzas tras varios periodos de elevados costos de vida.
Por eso, cualquier incremento en bienes de consumo frecuente merece atención.
El sector textil ilustra bien el dilema. La propuesta contempla mayores aranceles para prendas de vestir, textiles y calzado importado, especialmente provenientes de mercados asiáticos. El propósito es fortalecer a la industria nacional, que durante años ha enfrentado una fuerte competencia por precios.
Sin embargo, para miles de hogares colombianos esos productos representan precisamente la alternativa más asequible para vestir a sus familias. Cuando desaparecen las opciones de menor costo, la capacidad de compra también se reduce.
Más que proteger, el reto es competir
La verdadera discusión no debería centrarse en si Colombia necesita o no proteger algunos sectores estratégicos. El interrogante es otro: ¿cómo lograr que esa protección se traduzca en empresas más productivas y no únicamente en productos más costosos?
Si el aumento de aranceles impulsa inversión, innovación, generación de empleo y mejoras en la productividad, sus beneficios podrían compensar los mayores costos iniciales. Pero si la protección se convierte simplemente en una barrera para la competencia, el resultado será un mercado más caro sin mejoras significativas para la industria.
La competitividad no se construye únicamente restringiendo las importaciones. También depende de infraestructura, acceso al crédito, transformación digital, capacitación del talento humano y fortalecimiento de las cadenas productivas.
Una decisión que trasciende el comercio exterior
Los aranceles suelen parecer un asunto reservado para economistas o especialistas en comercio internacional. En realidad, terminan siendo una decisión que afecta directamente la vida cotidiana de cualquier ciudadano.
Porque detrás de cada punto porcentual adicional en un impuesto a las importaciones puede haber una familia que posterga la compra de un colchón, que paga más por el calzado escolar de sus hijos o que ajusta su presupuesto para adquirir productos básicos del hogar.
La protección de la industria nacional es una meta legítima y necesaria. Pero solo tendrá sentido si viene acompañada de una estrategia que permita producir mejor, innovar más y competir en igualdad de condiciones, sin trasladar indefinidamente el costo al consumidor.
En una economía que busca crecer de manera sostenible, el desafío no consiste únicamente en decidir cuánto importar. Consiste, sobre todo, en crear las condiciones para que lo hecho en Colombia compita por calidad, innovación y productividad, y no únicamente porque lo extranjero se volvió más costoso. Esa será la verdadera medida del éxito de cualquier política arancelaria.