Juan Pablo Soto, Ph.D. Vicedecano de Relaciones Corporativas Facultad de Administración Universidad de los Andes.
Durante décadas, un pregrado, acompañado de la experiencia adquirida en el trabajo, podía ser suficiente para mantenerse vigente a lo largo de una trayectoria profesional. Se seguía aprendiendo, por supuesto, pero buena parte de ese aprendizaje ocurría en el ejercicio cotidiano de la profesión. Con el avance tecnológico y la creciente complejidad de las organizaciones, esa combinación empezó a requerir nuevos complementos. Ya no bastaba con acumular experiencia: también era necesario actualizar conocimientos y profundizar en áreas específicas. Las especializaciones y las maestrías fueron adquiriendo así mayor importancia en el desarrollo profesional.
Hoy, esa necesidad de aprender se ha vuelto más intensa y permanente. Las transformaciones tecnológicas, entre ellas las impulsadas por la inteligencia artificial, están cambiando las herramientas que utilizamos, los problemas que enfrentamos y las capacidades que necesitamos para resolverlos. Si antes la actualización podía concentrarse en momentos puntuales de la carrera, ahora exige una atención continua. El pregrado, el posgrado y la experiencia siguen siendo valiosos, ya que aportan las bases para el ejercicio profesional, la profundización de conocimientos y el fortalecimiento de capacidades para abordar problemas más complejos. Su valor está en ofrecer marcos de comprensión que permitan interpretar los cambios y actuar frente a ellos.
Sin embargo, esa formación necesita complementarse. Los ciclos de actualización de los programas académicos no siempre coinciden con la velocidad a la que cambian las prácticas de una profesión. Por eso cobran importancia los cursos, programas de educación ejecutiva y otras alternativas de formación permanente, capaces de responder a necesidades específicas y acompañar distintos momentos de una trayectoria.
Aprender a lo largo de la vida significa reconocer que la educación no pertenece exclusivamente a la juventud ni termina con un diploma. Se nutre de programas académicos, pero también del trabajo, de la experiencia y del intercambio con otras personas. Para las universidades, esto supone ofrecer caminos flexibles que permitan volver a aprender sin tener que empezar siempre de cero.
Pero la vida no solo tiene longitud. También tiene amplitud.
Aprender a lo ancho de la vida implica reconocer que no somos únicamente lo que hacemos profesionalmete. También aprendemos en la familia, en la comunidad y en los espacios culturales; al explorar una disciplina distinta, desarrollar una afición o asumir nuevas responsabilidades. Una ingeniera que se acerca a la literatura o un profesional que aprende a cuidar a un familiar amplían sus posibilidades de comprender y participar en el mundo.
Además, los avances médicos están alargando la esperanza de vida y cada vez más personas llegan a la edad tradicional de jubilación, con la energía, la salud, la experiencia y los conocimientos necesarios para permanecer activos en su vida profesional o explorar nuevas formas de desarrollo personal.
Sin embargo, no es necesario esperar a jubilarse para explorar otros caminos. A cualquier edad podemos querer —o necesitar— cambiar de ocupación, emprender o descubrir un interés que habíamos dejado pendiente. El aprendizaje puede ayudarnos a transitar esos cambios con mayor autonomía y confianza.
Para las universidades, el reto consiste en acompañar tanto la continuidad como la transformación de estas trayectorias. En la Universidad de los Andes entendemos que nuestro papel también es estar presentes cuando las personas necesitan actualizarse, profundizar en un campo o explorar posibilidades más allá de su profesión. Se trata de ser un aliado en los distintos momentos y rumbos de la vida. Porque aprender no es solamente prepararse para seguir trabajando: también es abrir posibilidades para seguir eligiendo cómo queremos vivir.