Especialistas señalan que la exposición temprana y excesiva a dispositivos digitales puede afectar la atención, la autorregulación y el desarrollo social durante la primera infancia.
El uso cada vez más frecuente de pantallas en la infancia está abriendo un nuevo debate entre docentes, especialistas y familias sobre el impacto que la hiperestimulación digital puede tener en el desarrollo infantil, especialmente en habilidades como la atención, la concentración y la autorregulación emocional.
Desde las aulas, educadores aseguran que uno de los principales desafíos actuales es recuperar la atención de niños y niñas acostumbrados a estímulos digitales permanentes. La discusión cobra relevancia en un contexto donde celulares, tabletas y plataformas digitales hacen parte de la vida cotidiana desde edades cada vez más tempranas.
“Hoy muchos docentes sentimos que nuestra primera tarea es volver a captar la mirada y la atención de los estudiantes, que llegan acostumbrados a ritmos de estimulación mucho más acelerados”, señala Fayruz Khouri Saavedra, profesora de preescolar del British International School de Barranquilla.
Diversos especialistas han advertido sobre los efectos de la exposición temprana a pantallas durante los primeros años de vida, una etapa considerada clave para el desarrollo cerebral. El psicólogo clínico y educacional Arturo Clariá sostiene que los niños necesitan interactuar con el entorno real, explorar y desarrollar experiencias sensoriales fuera de las pantallas para fortalecer habilidades fundamentales.
En la misma línea, el pediatra Dimitri Christakis ha explicado que la exposición continua a contenidos digitales con cambios rápidos de imagen y altos niveles de estimulación puede condicionar el cerebro infantil a esperar ese mismo ritmo, dificultando posteriormente actividades que requieren mayor concentración, como la lectura o el aprendizaje en el aula.
Por su parte, la pedagoga María Couso advierte que el uso constante de dispositivos para entretener o calmar a los niños puede afectar el desarrollo de la autorregulación emocional, al limitar oportunidades para aprender a manejar emociones y tolerar la frustración.
Sin embargo, expertos y educadores coinciden en que el debate no debe centrarse en prohibir la tecnología, sino en promover un uso equilibrado y acompañado por adultos. Herramientas digitales utilizadas de manera moderada y con contenidos adecuados también pueden aportar al aprendizaje, fortalecer vínculos familiares y enriquecer procesos educativos.
“La conversación ya no es si la tecnología debe existir o no en la infancia, sino cómo lograr que los niños aprendan a relacionarse con ella sin perder habilidades esenciales para su desarrollo”, agrega Khouri.
Ante este panorama, especialistas recomiendan establecer límites claros en el uso de dispositivos, priorizar el juego libre, fomentar la interacción social presencial y promover espacios donde los niños puedan desarrollar atención sostenida, creatividad y autonomía fuera de las pantallas.
El debate se da en medio de una creciente preocupación global sobre los efectos de la hiperconectividad en las nuevas generaciones y sobre cómo equilibrar innovación tecnológica con el desarrollo integral de niños y adolescentes.